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Tercer tabloide de Cien horas con Fidel
Rebelde con causas
PEDRO DE LA HOZ
pedro.hg@granma.cip.cu
Una lectura ortodoxamente determinista de la historia sacaría una
falsa conclusión de la personalidad y la trayectoria vital de Fidel
Castro: hijo de terrateniente, nacido en un medio rural en la
periferia de la modernidad de su época, educado en colegios
religiosos de reglas rigurosas, no debía ser un revolucionario. Sin
embargo nadie, ni siquiera los adversarios, pone en tela de juicio,
ni por asomo, sus extraordinarios y consecuentes aportes a la teoría
y la práctica del socialismo, la transformación de la realidad
cubana bajo su liderazgo y su proyección paradigmática a escala
mundial. En una de las presentaciones de la segunda versión,
ampliada y enriquecida de Cien horas con Fidel, Ignacio
Ramonet confesó precisamente que desentrañar esa aparente paradoja
estaba entre sus intereses ya desde la etapa de preparación de las
conversaciones con el líder cubano. Quería saber, como tantos
muchos, cuál era la prehistoria de Fidel, cómo llegó a ser lo que
es. El capítulo 2, "La infancia de un líder", y el 3, "La forja de
un rebelde", constituyen un apasionante viaje a la subjetividad, a
la formación de un carácter y al crecimiento espiritual de una
personalidad. Cuando Fidel mira retrospectivamente aquellos años de
la infancia en Birán, Santiago y su primera etapa en La Habana, se
tiene una idea de los factores que contribuyeron a modelar su
percepción de la realidad: el entorno empobrecido de los
trabajadores del campo, la victimización de los braceros haitianos,
la reacción ante el autoritarismo, y el seguimiento por la prensa de
los avatares de la Guerra Civil Española. Pero también cuentan las
pequeñas historias, las del día tras día, con sus imperceptibles
pero decisivas influencias en un espíritu que se fue haciendo tenaz,
insumiso y con sentido de la autodisciplina. Siempre pudoroso ante
preguntas que apuntan a la revelación del ser íntimo, hay en estas
páginas, sin embargo, pasajes de conmovedora luz interior. La
evocación de Lina Ruz, su progenitora, estremece por la carga de
amor filial contenida en sencillas palabras nacidas de la más
entrañable fibra humana. El diálogo nos permite acceder al
conocimiento de las aficiones y gustos del niño y adolescente —desde
el coleccionismo de postalitas y el seguimiento de las series de
tiras cómicas hasta la práctica del montañismo y otros deportes— y a
un relato de las vicisitudes de los años escolares. Una buena
lectura complementaria sería la del libro Todo el tiempo de los
cedros, de Katiuska Blanco, que ofrece un intenso reflejo del
ámbito familiar de la infancia del revolucionario. El Fidel de hoy
comprende así al de entonces: "Por ahí se habla de `rebeldes sin
causa', pero a mí me parece, cuando recuerdo, que yo era rebelde por
muchas causas, y agradezco a la vida haber seguido, a lo largo de
todo el tiempo, siendo rebelde. Aún hoy, y tal vez con más razón,
porque tengo más ideas, más experiencia, porque he aprendido mucho
de mi propia lucha, y comprendo mejor esta tierra en que nacimos y
este mundo en que vivimos". |