También
el cine aprende con la vida.Ni pensar a esta altura del juego en
recurrir a cintas como Boinas verdes, filmada en parte en un
estudio y con un John Wayne imbatible en un Viet nam cuya población
recibía con cariño a los invasores.
Aunque se siguen fabricando y consumiendo por amantes de las
palomitas de maíz y las emociones fuertes liberadas de cualquier
razonamiento moral o político, cada vez cuesta más trabajo tragarse
los héroes de cartón, incluso para los que crecieron alimentándose
de ellos.
Hay que revestir de complejidades hechos y personajes, buscar que
el escenario bélico se presente como la vida misma y máxime en
tiempos de destapes, como el Fahrenheit 9/11, de Michael
Moore.
Hace poco menos de un año se estrenó en los Estados Unidos un
serial que narraba las peripecias de un pelotón de marines en el
Iraq de nuestros días. Tuve la oportunidad de ver unos cuantos
capítulos y de sopesar su trama hábilmente elaborada para mostrar
hombres "de carne y hueso".
Entre los componentes del pelotón, en los que no faltaban los
buenos casi irreprochables, pero nunca de una sola pieza, se
conjugaban las personalidades más diversas y asuntos tan reales como
el miedo, el exceso de alcohol, alguna que otra palabrota de
connotación racista y hasta el gatillo alegre, no apretado
precisamente contra el enemigo.
Tan verídico como la vida misma, pudiera pensarse.
Y sin embargo, batallas y conflictos morales de los personajes se
diluían en medio de una trama de noble entrega, en la que los
muchachos no se preguntaban ni una sola vez qué diablos hacían en
aquellas tierras y en nombre de qué luchaban (y asesinaban). El
subrayado moral al final de cada capítulo resultaba obvio para los
que en casa, en estelar horario nocturno, veían el serial: gracias a
soldados como aquellos, alguno imperfectos, desde luego, pero duros,
jugándose el pellejo a diario frente a un enemigo taimado,
América, y el mundo, respiraban más tranquilos.
Sí que aprende el cine con la vida.
Por estos días se estrena en los Estados Unidos lo que se anuncia
como un original documental de una directora debutante. Aunque no se
ha podido ocultar la cooperación abierta del Pentágono para la
realización de The War Tapes, se le ha dado al filme la
connotación de obra "libre y original", a partir de que la directora
no fue al campo de batalla, sino que le dio la cámara a un sargento
para que filmara durante un año (y sin dejar de combatir) las
peripecias de él mismo y de dos de sus muchachos, incluida una
visita a los hogares, captada con abundantes lágrimas y palabras de
aliento.
"La misión del filme fue mostrar las voces de los soldados, no
ofrecer un comentario político personal", comentó la realizadora
Deborah Scranton.
Zack Bazzi, sin embargo, que fue el sargento de la cámara,
reconoció que "la mayoría de los soldados son conservadores y están
de acuerdo con la política ‘neocón’ y la estrategia de nuestro
gobierno".
Eso sí, dejó claro que hay quienes como él tienen "perspectivas
distintas de la guerra", pero no por ello "creo que soy mejor que
ellos, ni tampoco soy más o menos patriota".
Otra vez el balance, la pretendida objetividad, la promesa de
estar retratando el panorama tal cual.
No me gusta hablar de películas que no veo, pero huele a gato.
O al menos, a lo mucho que sigue aprendiendo el cine (el bueno y
el manipulado) con la vida.