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Cuando La Palma se quedó con un médico
Pasajes de una historia que debe ser conocida y
recordada por las generaciones de hoy
Ronal Suárez Ramos
PINAR DEL RÍO.— La vida del doctor Aldo García Delgado muy bien
pudiera representar la diferencia entre el ayer y el hoy de los
servicios médicos cubanos.
Aldo
y su esposa Haleé Calzada rememoran los tiempos duros de los servicios
de salud.
Graduado en 1956 de la Escuela de Medicina de la Universidad de La
Habana, la única de esa especialidad que existía entonces, fue a parar
al poblado de La Palma un año después, y allí lo atrapó el amor para
hacerlo testigo y protagonista de las grandes transformaciones que se
avecinaban.
Hoy con 81 años de edad, jovial y conversador, recuerda que aunque
natural de Viñales, visitaba La Palma porque su padre era abogado
allí. Entonces había un solo médico en la Casa de Socorros, y cuando
llegaban los enfermos no lo encontraban e iban a verlo a él.
Así me fui haciendo de una clientela, precisa, y como también me
enamoré, abrí mi consulta particular. Para todo el territorio existían
hasta ese momento un médico en la zona del central Niágara (hoy
Sanguily), el de la Casa de Socorros, y otro, también privado, en la
cabecera municipal.
Cuando triunfó la Revolución los dos primeros abandonan el país,
como parte del plan del gobierno de los Estados Unidos para quebrar
los ya precarios servicios de salud.
El
policlínico de La Palma, remozado y ampliado.
Aldo fue el primer galeno de Pinar del Río que renunció a la
medicina privada, para atender junto al doctor Pedro Borrás Falcón la
Casa de Socorros. Este último era director de Salud Pública en el
municipio.
"Yo me encargaba de los niños y embarazadas. Hacía partos todos los
días, y nunca olvidaré una ocasión en que en dos y media horas, atendí
tres alumbramientos."
El propio centro servía de funeraria, pues como no había ninguna en
La Palma, generalmente los fallecidos se velaban allí, rememora el
profesional de la salud.
Poco tiempo después de que el doctor Pedro Borrás perdiera a su
hijo, de igual nombre, durante la invasión de Girón, enfermó de las
cuerdas vocales y se trasladó para La Habana. "Fue cuando me quedé
solo.
"Vivía prácticamente en la consulta. A la hora que fuera,
atendíamos al que llegaba. Después empezaron a entrar nuevos médicos".
Antes del triunfo de la Revolución, La Palma vivía fundamentalmente
de los tres o cuatro meses de zafra del central, y de algunas
producciones de viandas y tabaco. Había un alto índice de mortalidad
infantil y materna, pues la mayoría de los partos, sobre todo en el
campo, los hacían improvisadas parteras.
Narra Aldo que cuando tenía la consulta particular, a muchos
pacientes les regalaba medicinas, "muestras" que le obsequiaban los
representantes de laboratorios privados.
NUNCA SOÑÉ CON ESTA MARAVILLA
Ahora lo que tenemos aquí no es un policlínico, sino un hospital,
dice al referirse al Pedro Borrás Astorga, centro remozado y ampliado
donde se brindan 29 servicios, incluida una moderna sala de terapia
intensiva, y cuya plantilla asciende a 42 especialistas.
"Nunca soñé con esta maravilla; si en aquellos tiempos a alguien se
le hubiera ocurrido decir que tendríamos un policlínico así, y que
aquí mismo podrían formarse nuevos profesionales, seguramente lo
hubiesen tildado de loco".
Mi mayor satisfacción —confiesa—, fue erradicar la tuberculosis y
otras enfermedades que cobraban vidas, fundamentalmente de niños,
gracias a las campañas de vacunación que puso en práctica la
Revolución.
Si azarosa ha sido su vida profesional, más aún lo fue hacer la
carrera de Medicina, que solo pudo iniciar cuatro años después de
terminar el bachillerato en el Instituto de Pinar del Río, pues no
disponía de recursos.
Un hermano que laboraba en Obras Públicas en La Habana, le cedió su
puesto. Y así pudo comprar parte de los libros, que eran caros, y
otros se los prestaron compañeros que ya los habían utilizado. Con
muchos esfuerzos logró graduarse cuando ya pasaba de los 30 años de
edad.
Entre 1978 y 1981 cumplió misión internacionalista en Libia; allí
pudo revivir las dificultades de los primeros años de la Revolución en
Cuba. En el municipio que me tocó, recuerda, también había un solo
médico y debía arreglármelas sin traductor.
TODAVÍA VIENEN A VERME
Aldo se jubiló en 1992, cuando ya La Palma no se parecía, ni
remotamente, a la que lo atrapó en 1957. Asegura que todavía de vez en
cuando lo visita algún paciente. Él le da un posible diagnóstico, pero
le aconseja que vaya al policlínico.
Entre los reconocimientos recibidos guarda celosamente un álbum con
la firma de todas las federadas palmeras, el cual le regaló la
dirección de la Federación de Mujeres Cubanas en 1964, cuando ganó la
condición de mejor médico de la provincia. |