Eran los días difíciles de la reconstrucción en un país dividido en
graves extremos, y el somocismo, como el resto de las dictaduras en
América Latina, alentaba a brutales acciones de resistencia al cambio
progresista. Nicaragua, en las adversas condiciones de "educación en
pobreza", guerreaba contra los lastres de un modelo educativo
elitista, cómplice de antiguos paradigmas de exclusión étnica y
cultural.
En aquellas circunstancias, era claro que la paz se convertía en el
más importante factor de cambio social. Pero la nueva conciencia de un
hombre también nuevo amenazaba los planes del imperialismo en la
región. Sin perder un solo minuto, la contrarrevolución planeó un
implacable cerco mediático, y la emprendió contra la presencia de los
internacionalistas cubanos, causando revuelos propagandísticos que la
atribuían a fines militares del "gobierno comunista".
"Sí, son tropas especiales de la educación, de la cultura, de la
moral, de la dignidad", diría el Comandante en Jefe Fidel Castro, al
recordar la valentía de aquel contingente de hombres y mujeres
expuestos a las más duras condiciones de existencia, en los más
recónditos parajes de una volcánica geografía.
Años después, la agresión había cambiado la realidad concreta de
aquella sociedad, y sus verdaderos efectos, los traumáticos e
irreversibles, se contaban en escuelas destruidas, aulas clausuradas,
centenares de maestros muertos, secuestrados o torturados. Nicaragua
se desangraba por sus escuelas, por sus cientos de miles de
analfabetos, por el más vulnerable flanco de su pobreza.
La guerra sucia contra Nicaragua desangró al país y resultó la
razón fundamental para la derrota electoral del FSLN. Aquella paz
ensangrentada y los gobiernos que le siguieron fue el marco propicio
para desmantelar las principales conquistas de aquella revolución.
Tres administraciones consecutivas consiguieron, con fórmulas
neoliberales, reimplantar el analfabetismo y elevarlo hasta el 30% de
la población.
Pero el ejemplo de Pedro Pablo y Bárbaro volvía por sus fueros con
el método cubano Yo, sí puedo, que se aplica a miles de
nicaragüenses iletrados en municipios gobernados por el Frente
Sandinista.
Por eso, cuando este octubre más de dos millones de hombres y
mujeres alfabetizados habían dicho "Yo, sí puedo" en América Latina,
los mártires de Zelaya volvían por los caminos de Siuna, como árboles,
como predijo el Apóstol de aquellos que por maravillosa compasión de
la naturaleza, como se dan, crecen.