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Llevar a Yeyé sobre el pecho
SILVIO RODRÍGUEZ (*)
Llevar
a Yeyé sobre el pecho es una invitación a ser honestos, a ser
humanos cabalmente y acaso a disparar verdades a la redonda, como el
Che la quiso a ella y se lo dijo. En los fueros de cada uno de
nosotros, llevar a Yeyé sobre el pecho tiene un extra, o varios, que
cada cual sabrá. En el mío consiste en hundir más, si cabe, aquella
única dedicatoria que me hizo en vida: "Silvio, compréndeme y
quiéreme".
Para los que invariablemente la quisimos, causa regocijo que
exista una distinción con el nombre de Haydée Santamaría Cuadrado,
aun cuando pensemos que la gloria de Haydée trasciende las medallas.
Su nombre dignifica al país que tanto amó, si la honra se trata de
dimensión humana. Abel, Haydée, Aida, Aldo y Adita. Estirpe acaso
trágica por avatares de la suerte, mujeres y hombres de un
patriotismo y de una fidelidad ejemplares. Ahora mismo me parece que
está aquí, a mi lado, diciéndome: no te lo creas, Silvio, no me
cristalices, yo no soy algo inmóvil, yo sigo siendo un alma
creadora. Y pienso entonces que Haydée, nuestra Yeyé, sin duda no es
un símbolo inerte, como tampoco lo sería, para quienes le
conocieron, el activo párroco Félix Varela, o aquel ardoroso joven
universitario llamado Julio Antonio Mella.
Llevar a Yeyé sobre el pecho me conduce a Rubén por aquello de
que "el Gran Culpable / se alberga tras la sabia protección de la
frente". Y es que la dimensión de Haydée se nutre de muchos
manantiales. Junto a la heroína del Moncada reluce su contribución a
la unidad latinoamericana, con la gran obra de su vida, que es esta
Casa de las Américas. Cada vez que un cubano cante a Violeta Parra,
ahí estará Haydée —y también siempre que un artista no sea
estigmatizado por criterios mediocres. Quizá algún día la Argentina
inaugure la medalla Francisco Urondo. Puede que en El Salvador
llegue a existir la distinción Roque Dalton, no solo para los
mejores poetas de su tierra sino también para sus mejores hijos. En
toda esa y en mucha otra justicia por venir, estará Haydée
Santamaría Cuadrado. Todo ese y mucho otro bien que podríamos
enumerar, representa esta medalla que, por cierto, no entiendo cómo
Roberto Fernández Retamar no lleva entre los primeros.
Llevar a Yeyé sobre el pecho, estoy seguro, va más allá de lo
imaginado por cualquiera y mucho más de lo que yo creo merecer. Lo
acepto, respetuoso de algunas costumbres, pero la verdad es que
prefiero seguirla llevando un poco más adentro, vigilante de las
miserias que puedan acecharme —propias y ajenas—, para seguir
atendiendo sus regaños maternos y sus alertas amorosas. No importa
si discutimos. Con un ser semejante, lo mismo da quién tenga la
razón. Dice Alfredo Guevara que le gustaría faltar alguna vez a la
promesa que le hizo, para poder sentir cómo Yeyé le hala los dedos
de los pies alguna madrugada y, aunque sea de esa forma, seguir
conversando con ella.
Todos los que conocimos su humanidad quemante, su esencia piadosa
y su pasión por la justicia estamos en las mismas. El vacío que nos
dejó tiene una dimensión irremplazable. Por eso estamos contigo,
Alfredo, esperando a que la transparente hermandad de Yeyé se nos
aparezca. Ojalá que sea pronto.
(*) Palabras en la ceremonia de imposición de la Medalla
Haydée Santamaría, en nombre de los condecorados: Armando Hart,
Eusebio Leal, Alfredo Guevara, Harold Gramatges, Pablo Milanés y el
propio trovador. |