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El ritmo sube al final
AMADO DEL PINO
El principal repleto con las funciones de Delirio habanero,
por Teatro de la Luna, y los niños y adultos gozando con El
barrio de la Martina, del legendario grupo Los Cuenteros de
provincia de La Habana grafican el cierre del XI Festival Nacional de
Teatro de Camagüey que se ratifica como un punto de encuentro
imprescindible para la escena nacional.
Delirio
habanero, por Teatro de la Luna.
Los Cuenteros, de Félix Dardo, constituyen un ejemplo de fidelidad
a una estética signada por lo musical y por la pasión hacia lo
popular. Esta vez, aunque con menos solidez dramática que en aquel
Romelio y Juliana, de la edición anterior, se sostiene el
virtuosismo de la manipulación y la singular mezcla de precisión y
desenfado. Hubiese preferido un prólogo menos extenso o más
oportunidades para algunas escenas de diálogos que se ven
interrumpidas frecuentemente por la deliciosa música. Con todo, se
trata de uno de los espectáculos que más agradecieron el público y los
teatristas presentes en la Ciudad de los Tinajones.
Con otras dos puestas en escena de fuera de La Habana debo
reconocer que he pensado largamente antes de emitir un criterio. Me
refiero a El ogrito, del Teatro Guiñol de Holguín, e
Historia sobre el camino, del camagüeyano Teatro del Viento.
Miguel Santiesteban acude a un texto reciente de la dramaturga
canadiense Susanne Lebeau y despertó tal vez las más encarnizadas
polémicas del evento. Dentro de un panorama de teatro para niños que
sigue prefiriendo el juego, la ligereza, la participación activa de
los pequeños, el director holguinero opta por el otro extremo. A pesar
de matices y posibles lecturas, la historia incluye fuertes elementos
de crueldad. Más allá de que consideremos legítimo o no proponerle a
este público semejante crudeza, se trata de un montaje de hermosa
visualidad, complicada y laboriosa manipulación, a la vez que de un
acto de valentía artística que debe respetarse.
En la otra cara de la moneda, el también riguroso grupo local que
dirige Freddy Núñez Esténoz insiste en una estética voluntariamente
edulcorada, a caballo entre lo poético y lo demasiado evidente en
relación a lo sentimental. La Historia... se torna menos
intensa por la preferencia que concede el espectáculo al cuidado del
vestuario, el protagonismo de la coreografía y el "dulce" énfasis de
un elenco por lo demás bien entrenado y cada vez más profesional.
Vagos rumores, del Teatro Rumbo de Pinar del Río, bajo la
dirección de Reinaldo León, significa un momento importante para el
teatro dramático en esta provincia y se destaca por el uso inteligente
de los espacios, las luces y los sonidos. Deberán trabajar más en el
virtuosismo de la proyección escénica y los matices en el decir, pues
se trata de un gran texto. Por cierto, nuestro dramaturgo mayor,
Abelardo Estorino, compartió con su humildad habitual las funciones de
esta obra suya y de muchas otras ajenas, a la vez que celebramos
juntos la aparición del primer tomo de su Teatro completo por
Ediciones Alarcos, que además presentó las brillantes reflexiones del
director Carlos Celdrán, con el título de La escena transparente. |