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Una ley para matar
MARIAGNY TASET AGUILAR
"Las vìctimas de Weyler se conocían por el vientre abultado, la faz
cadavérica, los ojos hundidos y apagados, el habla sutil y quebradiza,
el estupor pintado en el rostro... y las ropas cayéndose a pedazos.
"Todo individuo macilento y andrajoso que anduviera por la ciudad o
por los despoblados, alcanzaba del observador este juicio: ¡debe ser
un reconcentrado!"
Algunos
reconcentrados sobrevivían a expensas de la caridad en las ciudades.
Así describe el cronista José Miró Argenter en sus Crónicas de
la Guerra imágenes de horror dejadas por la Reconcentración, que
se inició en Cuba el 21 de octubre de 1896 por orden del militar
español Valeriano Weyler y Nicolau, entonces Gobernador General de la
Isla. Desde su arribo al poder en enero de ese año, había establecido
severas medidas para evitar el apoyo de la población rural a los
insurrectos mambises.
Como resultaron infructuosas, decidió dictar el criminal Bando de
Reconcentración, mediante el cual todos los campesinos ubicados fuera
de las líneas fortificadas se reconcentrarían en ocho días en los
pueblos ocupados por las tropas españolas. Se prohibió, asimismo, la
extracción y transportación de víveres fuera de estos poblados sin
permiso de las autoridades.
Fue entonces cuando la crueldad, la muerte y la miseria se
extendieron a todo el país y el hecho se convirtió, como tiempo
después lo calificó Fidel, en antecedente de los campos de
concentración nazis. También constituyó el mayor genocidio cometido
por el colonialismo español durante el siglo XIX.
El investigador Raúl Izquierdo Canosa narra en una entrevista cómo
en pocos días los poblados ocupados militarmente se convirtieron en
grandes cárceles para ancianos, mujeres y niños, sin las mínimas
condiciones de vida. Los españoles arrasaban con todo, quemaban las
viviendas, destruían sembrados y sacrificaban los animales que no
podían llevarse, para eliminar todo sustento al Ejército Libertador.
Esta política se extendió oficialmente hasta el 30 de marzo de 1898
y fracasó en su intento de extinguir la insurgencia. Aunque no se ha
podido determinar con exactitud el número de personas, que murieron
como consecuencia de la brutal ley, se estima que la cifra rebasa los
300 000.
Más tarde Argenter escribiría: "El calvario de los reconcentrados
excede en horror a cuanto pudiera decirse: fue el más estudiado de los
martirios públicos, el más persistente y cruel de los azotes, aplicado
por el despotismo de una autoridad que quiso obtener la triste gloria
de exterminar la población cubana".
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