—Sí. Eso fue un interés de los Estados Unidos. Su misión principal
era reabastecer sus aviones que iban o venían de Sudamérica en
misiones de transporte y avituallamiento para los ejércitos aliados en
Europa y el Pacífico.
También construyeron la Base de San Julián. Estaba dedicada a los
aviones de la Marina de Guerra (U.S. Navy) Su misión consistía en
detectar los submarinos alemanes que se movían en las aguas del
Caribe. Además, contaban con la base de Guantánamo en el sur de
Oriente.
—¿Los pilotos cubanos tenían acceso?
—De ninguna manera. No solo no teníamos acceso, sino que para
sobrevolar dichas bases, teníamos que tener un permiso especial de la
Misión Militar Norteamericana radicada en La Habana.
—¿Participó en acciones contra submarinos alemanes?
—En unión del teniente Alfonso Silva Tablada participé en el
patrullaje por toda la costa norte de Oriente hasta el límite con
Camagüey. Teníamos que identificar los barcos que estaban navegando,
la cantidad, el nombre, la posición en que se encontraban y otros
datos, los cuales comunicábamos a nuestros superiores.
Uno de esos días en que sobrevolábamos alrededor de un barco, al
norte de la bahía de Nipe, nos ocurrió algo muy singular. Las nubes
estaban un poco bajas, había poca claridad, vi una silueta oscura que
sobresalía del agua y me dije: ¡Ahí está el submarino! Acto seguido le
tiramos las bombas y le dimos pases de ametralladoras. Pensamos que
habíamos hundido un submarino y resultó ser un cachalote. Por esa
confusión tuve que rendir cuenta.
—¿Cómo se enteró del golpe militar del 10 de Marzo?
—Yo estaba durmiendo en mi casa cuando recibí una llamada del
oficial de guardia del Cuerpo de Aviación, donde se me ordenaba la
urgente presentación en dicha jefatura. En los primeros momentos pensé
que se trataba de realizar algún vuelo especial, pues era costumbre
recibir este tipo de llamada y más cuando faltaba algún miembro de las
tripulaciones ya planificadas en días anteriores.
Cuando llegué a la posta de entrada detuvieron el auto. Observé que
el armamento que tenían eran ametralladoras de mano en vez de fusiles,
por lo que se notaba un reforzamiento en la protección del campamento.
Me comunicaron que debía presentarme en la jefatura del mando donde
se encontraba la mayoría de los pilotos con el coronel Eulogio
Cantillo, Jefe del Cuerpo.
—Al arribar a la Jefatura, ¿qué ocurrió?
—Me recibió el coronel Cantillo. Me informó que Fulgencio Batista
había entrado en Columbia. Que él estaba tomando medidas para no
perder el mando y con esa intención había enviado a la Base de San
Antonio en un C-47 al capitán Mario Cabrera.
Le propuse a Cantillo bombardear Columbia con los AT-6. Su orden
fue que nos mantuviéramos tranquilos hasta que regresara Mario.
Alrededor de las cuatro o cinco de la madrugada, empezaron a llegar
los tanques desde el campamento de Columbia hacia el campo de aviación
donde estábamos, haciendo un ruido tremendo en el silencio de la
noche. Se estacionaron en la pista para evitar que despegara ningún
avión. Minutos más tarde, arribaron varios automóviles con soldados
capitaneados por Pilar García.
Me encontraba al lado del Jefe del Cuerpo. Sabía que García estaba
retirado y que su visita no era para nada bueno. Arrestaron a
Cantillo, que no se había sumado al golpe. Cuando se lo llevaban pedí
ir con él. Accedieron.
—¿A dónde los condujeron?
—A la jefatura del Regimiento de Columbia. Al llegar al edificio
subimos una escalera. Ya en el primer piso pasaron a Cantillo a una
habitación. A mí me sentaron en una esquina del salón de espera, con
un soldado armado con fusil, cuidando que no me moviera. En aquel
cuarto estaba Batista. Allí estuve hasta que empezó a aclarar.
De pronto salió Cantillo. Me vio sentado con una escolta. Ordenó
que me dejaran libre y me dijo que lo siguiera. Montamos en un auto
que manejaba un oficial al que no conocía.
—¿Hacia dónde fueron?
—Nos llevaron para el edificio del Estado Mayor General donde había
mucho movimiento de oficiales.
Cantillo entró en la oficina de la jefatura donde se encontraba el
capitán Martín Díaz Tamayo, a quien comunicó que tenía ordenes
superiores de asumir la jefatura del Estado Mayor General del
Ejército.
Díaz Tamayo enrojeció. Hizo una llamada y salió del despacho.
Cantillo empezó a recibir oficiales y a impartir ordenes.
—¿Con usted qué pasó?
—Habló conmigo. Me manifestó que a partir de ese momento me
nombraba su ayudante.
Cuando le pregunté qué estaba pasando, me respondió que mantuviera
silencio referente a lo que había visto, que no hiciera preguntas ni
ningún tipo de comentario.
—¿Cómo interpretó sus palabras?
—Que debíamos esperar para actuar después. Esto fue lo que hizo que
me mantuviera junto a él en el nuevo cargo en que había sido nombrado.
Al mes, me ascendieron a Capitán Ayudante del Jefe del Estado Mayor
General.
—¿Qué tiempo permaneció en el cargo?
—Poco tiempo. Le pedí regresar al Cuerpo de Aviación. Accedió.
Comencé a volar nuevamente como yo deseaba.
—¿En qué momento comenzó usted a conspirar?
—En el mes de mayo de 1952.
—¿Mediante quién?
—Grande Benito, al que conocía de la Escuela de Cadetes, me
contactó. En esos momentos administraba la agencia de autos Dodge, en
Marianao.
Yo le había comprado un carrito a plazos. En la conversación, me
informó que Aureliano Sánchez Arango había entrado clandestinamente a
Cuba y quería verme. Le respondí afirmativamente.
—¿Tenía amistad con Sánchez Arango?
—Amistad no. Lo conocía debido a que en el gobierno de Carlos Prío,
Aureliano acudía a Columbia a recibir instrucción de vuelo.
También piloteé viajes a Nueva York, Costa Rica, Guatemala,
llevando delegaciones oficiales. Por esa época conduje un avión con
armas para el presidente de Guatemala, Juan José Arévalo.
—¿Llegó a reunirse con Sánchez Arango?
—Una mañana pasó a recogerme el doctor Ignacio Fiterre y me condujo
a una casa en Nuevo Vedado. De pronto salió un hombre disfrazado de
Jorge Negrete. Me quedé mirándolo. No sabía quién era. Entonces me
preguntó: "¿no me reconoce?". Era Aureliano, que me saludaba.
Me habló de diferentes planes para derrocar a Batista. Le manifesté
que estaba en disposición de ayudar. Me planteó que le hacía falta un
plano con los lugares de entrada y salida del Campamento de Columbia.
Le dije que no lo tenía, pero que trataría de conseguirlo.
—¿Lo pudo conseguir?
—Sí. Por intermedio del Departamento de Ingeniería Militar. Le
comenté a un amigo que trabajaba allí que queríamos reparar las pistas
de Columbia y me entregó un documento que tenía dibujados la pista y
otros lugares de dicha fortaleza.
Volví a ponerme en contacto con Aureliano y se lo entregué. Me
manifestó que tan pronto tuviera alguna novedad me avisaría.
Pasó mucho tiempo y no me llamó. Posteriormente, me enteré que
Aureliano se había ido del país. Esto me decepcionó.
—¿Ahí terminaron sus inquietudes?
—De ninguna manera. Algún tiempo después fui enviado a Washington a
pasar un curso intensivo de inglés. El coronel Ramón Barquín era el
agregado militar. Hablamos de la situación en Cuba. Le comenté mis
preocupaciones.
Entonces me reveló que en otros oficiales de Academia también
existía inquietud por lo que estaba ocurriendo en el país. Me pidió
que permaneciéramos en contacto.
—¿Mantuvieron el contacto?
—No. Pero eso no impidió que, cuando el cuatro de abril de 1956 se
descubrió la conspiración liderada por Barquín, fuera interrogado y
puesto en libertad por falta de pruebas.
En ese complot militar bautizado como "Los Puros" había oficiales
muy valiosos como Enrique Borbonet y José Ramón Fernández.
—¿Dónde lo sorprendió el ataque al cuartel Moncada?
—En Montgomery, Alabama, pasando un curso para oficiales superiores
y primeros oficiales en la Air University.
Un día se me acercó un oficial norteamericano con un periódico de
la ciudad, que traía un titular sobre el ataque al
cuartel Moncada. Más abajo decía que estaba liderado por el
doctor Fidel Castro.
En esos momentos vino a mi mente el nombre de Fidel al recordar que
era el estudiante que en el año 1946, había sido acusado de participar
en los sucesos del Bogotazo, en Colombia.
—¿Qué ambiente había en la Fuerza Aérea cuando se produjo el
desembarco del Granma?
—La declaración de Fidel en México en 1956 de: "Seremos libres o
mártires", agudizó las tensiones en los mandos de las Fuerzas Armadas.
Se incrementaron las patrullas aéreas alrededor de la Isla con aviones
del Ejército y la Marina y unidades de superficie.
Los datos confeccionados por el Servicio de Inteligencia Militar (SIM)
sobre embarcaciones sospechosas nos eran entregados por el
departamento de operaciones de vuelo.
Cualquier embarcación que viéramos con estas características
teníamos que reportarla inmediatamente.
A mí me tocó trasladar desde Oriente hacia Isla de Pinos a los
sancionados por los sucesos del 30 de noviembre de 1956 y el
desembarco de Granma.
—¿En qué momento el Movimiento 26 de Julio hizo contacto con usted?
—A mediados del año 1957, por conducto del teniente Álvaro Prendes
Quintana. Solicitaron mi colaboración para cuando se llevara a cabo
una acción. Expresé mi conformidad.
Después supe que la acción estaba relacionada con un plan para
derrocar a la dictadura, el 5 de septiembre, en el que participarían
oficiales de la Marina de Guerra y militares pertenecientes a otros
cuerpos. Por esos hechos fui detenido y condenado. Estuve en prisión
hasta el 1ro. de Enero de 1959 en que triunfa la Revolución.
—¿Cuáles fueron las primeras tareas en que intervino después del
triunfo revolucionario?
—En las investigaciones de los pilotos de la tiranía que
bombardearon a la población campesina, a pueblos y ciudades.
—¿Cómo se realizó dicha investigación?
—Tomando la información encontrada en los archivos de operaciones
de la Fuerza Aérea del Ejército de Cuba (FAEC), donde aparecían los
reportes de los vuelos realizados por los pilotos, los lugares que
atacaban y los daños causados.
En esos reportes confidenciales estaban registradas las acciones de
bombardeo y ametrallamiento, por cada una de las cuales les pagaban
veinticinco pesos a los pilotos, catorce a los artilleros y diez a los
mecánicos.
También trabajé en la depuración de la Fuerza Aérea, donde se
requería, junto a la actitud revolucionaria, una mayor preparación
profesional del personal, principalmente de los pilotos.
—¿Recuerda su primer encuentro con Fidel?
—A mediados de 1959, en una visita que él hiciera a la jefatura de
la Fuerza Aérea del Ejército Rebelde en Ciudad Libertad. También
estaba el Comandante de la Revolución Juan Almeida, quien había sido
nombrado jefe de ese cuerpo.
Fidel nos reunió a los pilotos que habíamos estado presos. Miró
para mí y me dijo: "Carreras, tú eres el más viejo, el de más
experiencia; la tarea que te voy a dar es la de preparar a los futuros
pilotos que necesitamos para defender la Revolución desde el aire.
Sabemos que tarde o temprano nos van a atacar".
Le respondí que estaba en la mejor disposición, pero que era
necesario irnos de Ciudad Libertad. Días después, Almeida me dio la
orden de recoger todos los aparatos que estaban en Libertad y
llevármelos para San Antonio de los Baños. Ahí comenzamos a dar las
primeras clases. En medio de las dificultades y con grandes esfuerzos,
se forjaron esos primeros pilotos que pasaron a integrar la primera
unidad combativa de nuestra Fuerza Aérea. Muchos de ellos serían
después jefes de escuadrillas, de escuadrones e inclusive de bases
aéreas.
La preparación de nuestros pilotos debe estar ligada siempre a la
lucha sobre el mar, pues siendo Cuba una isla, nuestra fuerza aérea
debe estar preparada para combatir, tanto sobre tierra como sobre el
mar.
Puedo decir, sin temor a equivocarme, que la aviación de combate
revolucionaria nació y se crió en la Base Aérea de San Antonio de los
Baños.
—¿Mantuvo el contacto con Fidel?
—Sí. Él nos visitaba mucho en San Antonio. Hablaba con los técnicos
y pilotos.
En esas conversaciones nos dijo: "Miren, esos aviones destartalados
que ustedes vuelan, deben dislocarlos y no tenerlos aglomerados, de
manera que, si se produce un ataque aéreo, el enemigo destruya los
aparatos dados de baja. Pónganlos distantes unos de otros con el fin
de confundirlos y preservar nuestras máquinas. Estoy seguro de que nos
atacarán. Muévanse rápido antes de que vengan". Así ocurrió.
—¿Con cuántos pilotos contaban?
—Las FAR contaban con diez pilotos de combate, pero solo tres
éramos experimentados.
Los demás tenían pocas horas de vuelo en los diez aviones dados de
alta, por el tesón de los técnicos y mecánicos, que hacían
adaptaciones para que volaran aquellos vetustos equipos, prácticamente
a riesgo de los tripulantes.
—En los momentos en que se está produciendo el desembarco de Girón,
¿habló con Fidel?
—Sí. Eso ocurrió en la madrugada del 17 de abril. A las 04:45 Fidel
llamó a la base y pidió que me pusiera al teléfono. Me recogieron en
un jeep.
Al llegar a la Torre de Control tomé el auricular y respondí: "A
sus órdenes, Comandante en Jefe".
—Fidel, ¿qué le dijo?
—"Carreras, en Playa Girón se está llevando a cabo un desembarco.
Despeguen y lleguen allí antes del amanecer. Húndanme los barcos que
transportan las tropas y no me los dejen ir. ¿Entendido?".
"A sus ordenes, Jefe", respondí esperando ansioso unos segundos.
"¿Eso es todo?".
A mi requerimiento agregó: "¡Patria o Muerte!".
"¡Venceremos!", contesté lleno de entusiasmo.
—¿Qué sintió en esos momentos?
—¡Imagínate! Yo era un simple capitán y de repente estaba
recibiendo las ordenes directamente del Comandante en Jefe.
Para mí, no en aquel momento, hoy en día si me vuelve a llamar, me
siento profundamente emocionado.
Me habló con una firmeza, un entusiasmo, que me dejó estremecido
por dentro y realmente me inyectó más valor para cumplir la misión que
me había encomendado porque, de verdad, nuestros aviones estaban
destartalados.
—Al comenzar las hostilidades, ¿cómo estaba la correlación de
fuerzas?
—Cuatro días antes del inicio de la agresión, la correlación con el
enemigo era aproximadamente a su favor 5-1 en el caso de los aviones,
y 12-1 en el de los pilotos.
—¿Cuántas misiones realizaron?
—En menos de setenta y dos horas, diez pilotos con ocho
desvencijados aviones, realizamos setenta misiones.
—¿Cuántos aviones derribaron?
—Nueve bombarderos B-26. Hundimos dos barcos de transporte de
tropas, tres barcazas LCT de transporte de tanques y cinco barcazas de
desembarco.
—¿Conoce el número de bajas enemigas?
—Solo en sus aviones murieron catorce pilotos. De ellos, cuatro
instructores norteamericanos.
—Durante la Crisis de Octubre, ¿qué misión le asignaron?
—Representé a la aviación ante el Jefe de Operaciones de las
Fuerzas Armadas, capitán Flavio Bravo, en el puesto de mando del
Comandante en Jefe. Algunos años después, viajé a Viet Nam en medio de
la guerra al frente de una comisión de la DAAFAR.
También he sido diplomático al representar a Cuba como agregado
militar, naval y aéreo en Perú, Portugal y México.
—¿Cómo valora la capacidad de los pilotos cubanos?
—La demostración de nuestros pilotos en Angola y en Etiopía refleja
su alta calidad. Los pilotos cubanos están preparados, listos para
combatir en cualquier continente y en cualquier condición
meteorológica. Tienen una alta disposición combativa.
—¿Cuándo realizó su último vuelo?
—En febrero o marzo de 1988. No recuerdo bien la fecha.
—¿Cómo reaccionó cuando la comisión médica le informó de la
decisión?
—Realmente la comisión médica no fue quien me lo comunicó. Ellos
sabían que iba a rechazar la decisión por el cariño, el amor, el olor
a kerosén de los aviones. Volar era una necesidad para mi vida. Lo que
hicieron fue informarle al mando superior. El mando superior fue el
que me dijo que ya era hora que dejara de volar.
—¿De qué manera se lo comunicaron?
—En una recepción que se estaba celebrando en la embajada de la
Unión Soviética se me acercó el General de División Senén Casas y me
planteó la situación.
Me habló de que no cometiera el error de seguir volando. Que si me
pasaba algo la responsabilidad no era mía, sino del Ministro de las
Fuerzas Armadas, Raúl Castro. Cuando me dijo eso, le respondí que si
le estaba creando problemas al Ministro dejaba de volar
inmediatamente. Días después hablé con Raúl y le comuniqué mi
decisión.
—Ya que ha mencionado a Raúl, ¿nárreme cómo lo conoció?
—Por intermedio del capitán Arturo Lince, quien estaba recibiendo
entrenamiento como piloto y había estado con Raúl en el II Frente. Ahí
nació una entrañable amistad que se mantiene hasta el día de hoy.
Raúl visitó mi casa, conoció a mi familia, a mis hijos, a mi
suegro. Por primera vez había visitado mi casa un jefe de ese nivel,
de esa historia.
Me sentía como el hombre que había recibido un gran premio al tener
en el seno de su hogar a un revolucionario de la estatura del Ministro
de las Fuerzas Armadas. Me sentí muy orgulloso. Fueron momentos
inolvidables.
Después me pidió que le diera clases de entrenamiento para piloto.
En los momentos libres, él venía y me localizaba. Preparaba el avión,
un avión primario. Para aprovechar mejor el tiempo, iba volando hasta
las unidades que tenía que visitar en el interior, hasta que llegó el
día en que ya estaba listo para volar solo, pero no me atrevía a
dejarlo.
Es la segunda figura de la Revolución. Sentía que tenía una
responsabilidad muy grande y me preocupaba que le fuera a ocurrir
algo.
—¿Llegó a volar solo?
—Sí. En un descuido mío. Al llegar a la pista de Ciudad Libertad me
apeo del avión y veo que él acelera el motor, pensé que estaba
probando los magnetos y de repente observo que despega. Por cierto, lo
hizo muy bien. Dio la vuelta y empezó a maniobrar sobre la pista.
En esos momentos llegó su escolta y preguntó dónde se encontraba.
Le dije: arriba, a la vez que les señalaba hacia el aeroplano. Me
pidieron que le comunicara que aterrizara. Les informé que la nave no
tenía radio.
Ellos se preocuparon. Yo también tenía mi preocupación, pero
internamente me sentía tranquilo, pues sabía que él estaba preparado;
lo que me faltaba era la decisión de dejarlo ir solo.
Al regresar a tierra, la preocupación general se convirtió en
alegría. Le pusimos las alas de piloto. Él nunca supo de esas cosas,
hasta hace un tiempo atrás que se las conté.
—Raúl, ¿volvió a pilotar?
—¡Qué va! El Comandante en Jefe se enteró de lo que había sucedido
y le prohibió volver a volar. Siguió volando como pasajero.
—¿Mantuvieron las relaciones?
—Sí. Seguí siendo su piloto. En los viajes hablábamos mucho.
Aprendí mucho de él. Me esclareció cuestiones dentro de la Revolución
que no conocía. Siempre me habló con mucho optimismo del futuro.
En mi mente no puedo separar a Vilma Espín de mis relaciones con
Raúl.
El tiempo va pasando y hoy en día cuando nos encontramos, ya no
conversamos de nosotros, sino de nuestros hijos y nietos.
Raúl es muy familiar, simpático, es un verdadero cubano. Hay mucha
equivocación con su personalidad. No lo conocen. Pero cuando usted lo
trata, se percata de que está frente a un ser humano extraordinario.
Eso sí, no le falle. En mi vida no he tenido un jefe mejor que Raúl.
—¿También Che era un aficionado a la aviación?
—Mucho. Ese era su hobby. A cada rato iba a volar a Ciudad
Libertad. Su instructor era el capitán Orestes Acosta. Cuando este no
se encontraba, Che me buscaba. Le gustaba mucho la acrobacia.
Recuerdo que Che siempre andaba con el cabo de tabaco en la boca y
en el avión no se puede fumar. No sabía cómo decirle que botara el
cabo. Entonces, estando en el aire, le dije que se lo aguantaba.
Me respondió que no me preocupara pues estaba apagado y que lo
usaba para contrarrestar el asma. Eran aviones ligeros.
Posteriormente, cuando pasó a volar a Santa Fe, perdimos el contacto.
—¿Qué significa para usted ser Héroe de la República de Cuba?
—Es la máxima responsabilidad que puede tener un revolucionario.
Jamás pensé llegar a ostentar ese gran honor que me ha conferido la
Revolución. Me siento con una gran responsabilidad ante mi pueblo y
ojalá la vida se me alargue un poquito para poder ayudar más. Me
siento muy orgulloso de poder llevar esa estrella en mi pecho.
—¿Pensó alguna vez llegar a General?
—Nunca. Mi aspiración, te voy a decir la verdad, era llegar al
grado de capitán. Para mí, todos los ascensos que me han dado han sido
sorpresivos. En el acto de ascenso en que me hicieron General de
División —19 de marzo de 1994—, invitaron a toda mi familia, a mis
compañeros. Cuando vi a Raúl poniéndome por un lado los grados y por
el otro a Almeida, me vino a la mente cuando conocí a aquellos jóvenes
que acababan de bajar de la Sierra. Sentí una profunda emoción.
Algunos me han preguntado si no me pesan mucho las estrellas. Les
he respondido que el peso que llevo sobre mis hombros es el mismo peso
que llevan todos los revolucionarios.
—En su trayectoria como piloto, ¿en qué momento ha sentido miedo?
—En varias ocasiones. El miedo existe. En los combates de Girón me
dañaron dos veces. Me impactaron en el cilindro número uno del Sea
Fury. Tuve muchas probabilidades de morir.
También un encierre que me hicieron entre dos B-26 que me
perforaron el tanque del ala izquierda, pero por suerte, ya se había
consumido el combustible. En esos momentos sentí miedo, pero aun en
esa situación, recordé la llamada de Fidel y me dije: Bueno... estamos
cumpliendo.