Reenganche con la muerte

ELSON CONCEPCIÓN PÉREZ
elson.cp@granma.cip.cu

Presisamente el día 18 de octubre, cuando la muerte de otros 11 militares norteamericanos en Iraq hacía ascender la cifra de fallecidos a 2 780, el secretario de Defensa, Donald H. Rumsfeld, aprobó un plan no anunciado para volver a llamar al servicio activo y enviar de vuelta al país árabe a reservistas del cuerpo de infantes de Marina que ya han prestado servicios allí.

Se trata, ni más ni menos, de un reenganche con la muerte, por cuanto ninguno de estos u otros uniformados que participen en esa guerra, pueden sentirse confiados del regreso a casa sin que este sea dentro de un ataúd cubierto por la bandera de las 50 estrellas.

De acuerdo con reportes del Pentágono, es la primera vez que batallones de combate de reserva —unidades de varios cientos— serán enviados a Iraq para una segunda misión, que podría ser en el año 2008, aunque su movilización es a partir del 2007 para recibir el entrenamiento requerido en tales circunstancias.

Como argumento para tal determinación se señala que el cuerpo de infantes de Marina ha decidido dar este paso inesperado para aliviar un problema que tanto a ellos como al Ejército ha estado afectando: el desgaste de las fuerzas en servicio activo, las cuales tienen mucho menos tiempo para recuperarse y reentrenarse del que a Rumsfeld y al propio Bush les gustaría.

Ya varias semanas antes, los nuevos pedidos de Washington de "más soldados para Iraq" se enfrentaban con una realidad, especie de muro de contención, ante la negativa de muchos jóvenes norteamericanos de enrolarse en una guerra sin justificación y cargada de una alta dosis de sangre y destrucción.

Además, aunque al Gobierno norteamericano le resulta imposible reconocer cuán empantanado se encuentran sus 147 000 militares dislocados en aquella nación, los últimos reportes de muertes, heridos, mutilados, y hasta de los suicidios entre los soldados ocupantes, reflejan una realidad que no es para nada la que expresa el señor Bush en sus reiterados discursos asegurando que en Iraq la situación "marcha bien".

La retórica empleada por los principales halcones de la Casa Blanca, el Pentágono y el Departamento de Estado, no se corresponde ni un ápice con la vida cotidiana en una nación ocupada, con un 1 800 000 desplazados (300 000 de ellos en Bagdad), 818 000 niños en edades de enseñanza primaria sin poder ir a la escuela, y una cifra de civiles muertos o heridos que oscila, según distintas fuentes, entre los 300 000 y los 650 000.

Estas circunstancias solo la puede explicar una política irracional y falta de escrúpulo, como la de George Bush, que choca con el reclamo universal de que cese la ocupación.

No podría ser de otra forma para que, mientras casi 3 000 familias en Estados Unidos lloran a sus hijos muertos en aquella contienda, Bush pide más uniformados para Iraq, a sabiendas de que se convierten en carne de cañón en una cruzada perdida desde su concepción misma, basada en ambiciones imperiales con olor a petróleo.

En esos avatares, y sin poder controlar una situación cada día más caótica, el mandatario estadounidense se escuda en su fanfarria cotidiana de querer demostrar al mundo que la transferencia de mando a fuerzas iraquíes en algunas regiones es un indicio de control y tranquilidad, cuando en realidad es todo lo contrario.

Bagdad, la semidestruida y aun carente en muchas áreas de agua potable, instalaciones sanitarias y hasta electricidad, se ha convertido en un gran cementerio, donde las morgues están abarrotadas de víctimas de bombardeos o disparos desde tanques o helicópteros con etiqueta Made In USA, o por la exacerbada violencia interétnica, los ajustes de cuentas, los grupos paramilitares y otros, que parecen enrumbar hacia una guerra civil de impredecibles consecuencias.

En este contexto nada tranquilo, el Pentágono reclama al Gobierno iraquí que destine al menos 3 000 nuevos militares para mantener el dispositivo de seguridad en Bagdad.

El general James Thurman, comandante de las fuerzas de Washington en la capital iraquí explicó a la prensa local que el pedido tiene el objetivo de evitar que soldados ya en servicio deban dejar otras regiones desprotegidas para acudir a Bagdad.

Estados Unidos tiene actualmente unos 15 000 militares en aquella ciudad, a los que se suman 9 000 soldados locales.

No hay duda de que la administración Bush se sabe en un atolladero, y con el llamado de nuevos uniformados —norteamericanos o iraquíes— está "pidiendo agua por señas", como para lavar parte de su cara embarrada de sangre, mentiras, crímenes y torturas.

Y a ese reenganche con la muerte han sido convocados ahora hasta los propios Marines, fuerza elite dentro del sistema militar norteamericano.

 

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