El gastado truco del interventor

MARIAGNY TASET AGUILAR

Estados Unidos siempre ha despreciado la capacidad y autonomía de Cuba en sus asuntos. Las nuevas represalias políticas, económicas y diplomáticas contenidas en la reciente versión del Plan Bush, suman ingredientes a su habitual manía de engañar al mundo con la falsa creencia de que los cubanos "no sabemos hacer bien las cosas".

Charles Magoon, autor de los más sucios y escandalosos negocios durante la primera ocupación militar norteamericana en la seudorrepública.

Durante años, en su intento de quitarnos toda libertad, algunas tretas se repiten. Entre ellas la del "indispensable" interventor. Esta vez en la figura del señor Caleb Mc Carry, quien, a juicio del gobierno norteamericano, "coordinará la transición y reconstrucción" de nuestro país. Un truco nada nuevo. Un rol escénico desempeñado por antiguos "artistas" políticos para protagonizar la destrucción de la Isla.

Ejemplos sobran. Basta remontarnos a un día como hoy, hace un siglo atrás, cuando el "gobernador provisional" estadounidense Charles Magoon asumió el mando, durante la primera intervención norteamericana amparada en la Enmienda Platt.

En un informe a sus superiores sobre el pluripartidismo en la República expresaba: "Los lazos de los Partidos no ligan mucho a los individuos en Cuba. Pocas son las bases, si es que hay algunas, que envuelvan puntos esenciales de la política nacional o verdaderas diferencias de principios políticos". Un desprecio total a nuestro derecho de pensar con autonomía.

Magoon llegó supuestamente a imponer el orden, pero ocurrió al revés. En realidad pretendía enriquecer a los empresarios yankis. Y lo logró. Los historiadores Scott Nearing y Joseph Freeman cuentan en La diplomacia del dólar cómo los intereses económicos estadounidenses crecieron ampliamente en la Isla, durante aquella y las posteriores intervenciones. De 50 millones de dólares en inversiones en 1898, ascendieron a 141 en 1909, y luego se dispararon espectacularmente hasta 1 250 millones, a mediados de los años veinte.

Cuando el entonces presidente cubano Tomás Estrada Palma entregó sin miramientos la República, ponía en manos de Estados Unidos "la fruta" lista para ser comida sin reparos. Tal injerencia se caracterizó por la represión a la clase obrera, el despilfarro de los fondos públicos, la corrupción política y administrativa, el endeudamiento y las transacciones exorbitantes.

Esta intervención duró dos años y cuatro meses, tras los cuales Magoon dejó sin saldar un empréstito de casi 17 millones de pesos para obras en el alcantarillado de La Habana. Y habiendo recibido del anterior gobierno más de 13 millones, solo entregó a su sucesor poco más de dos, de los cuales un millón consistía en bonos de la deuda exterior.

En fin, conocemos de sobra el ya gastado truco del interventor. Bien expresó Martí en su carta de vindicación a Cuba lo que hoy cada revolucionario reafirma: "Ningún cubano honrado se humillará hasta verse recibido como un apestado moral, por el mero valor de su tierra, en un pueblo que niega su capacidad, insulta su virtud y desprecia su carácter".

 

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