Sobre el libro Fiebre de invierno de Marilyn Bobes

MIGUEL BARNET

Siempre he creído que la literatura cubana hecha por mujeres posee una cualidad sui géneris. ¿Cómo definirla? Diría más bien que es una literatura a flor de piel, donde los sentimientos afloran descarnados, donde pocas veces se percibe un freno o una autocensura; donde la audacia es una fuerza intrínseca. Me gusta ese brío femenino en que las contradicciones no necesitan explicación, en que se vive en la boca del volcán y ya. Quizás por la propia historia de la mujer en la sociedad, víctima de la discriminación y el relegamiento, su literatura, como una explosión de los sentimientos reprimidos, se muestra tan desnuda y perturbadora.

He aquí un caso, Fiebre de invierno, la novela de Marilyn Bobes, Premio Casa de las Américas 2005. En un acercamiento metafórico a la misma la he definido como el dilema cuasi testimonial de una rosa erguida —la protagonista— frente a una rosa encorvada —uno de los personajes—.

La autora con los recursos naturales de su muy personal talento, nos ha legado un fresco de su época con las sístoles y diástoles que la han marcado.

Sin máscaras, sin ambages, sin estridencias, Marilyn Bobes, minimalista en su estilo, se ha situado con esta obra en el cenit literario cubano. Directa y precisa, como un proyectil, ha sabido reflejar ese mundo convulso de los sentimientos en cada uno de sus registros.

Fiebre de invierno es mucho más que las tribulaciones de una mujer —Jacqueline— despechada en pleno climaterio. Es el mundo interior de una escritora reflexiva que, sin embargo, no hace en ningún momento alardes teorizantes ni cae en citas innecesarias para mostrar su caudal de cultura.

Ni erudita ni ingenua, en Fiebre de invierno hay desgarramiento, sensaciones encontradas, ambiciones y desilusiones de un personaje al filo del abismo. Hay, además, dolor callado y catarsis, pero todo vertido en la página en blanco con una sobriedad y una ironía que no dejan el más mínimo espacio al melodrama y al mal gusto.

Esta novela refleja un estado del ser que nos conduce a posibilidades extremas. El acento literario y la indagación psicológica transfiguran lo cotidiano, que por la magia de la poesía, se vuelve extraordinario.

Entre Dylan Thomas, Raymond Carver y Emilio Ballagas —arco de perfecto equilibrio estético— se sostiene este texto que como otros de la autora ha aportado a la literatura cubana un sabor muy personal sin rehuir referencias sociales y de época, hurgando con una óptica profunda en las entretelas de lo cubano.

La muerte de su perra Virginia, conmovedora por su realismo, la infancia morbosa y cómplice compartida con Marcelito, la amistad con Julia Ballester, un fantasma de muecas grotescas, el amor platónico con Luis Enrique; todo se agrega a una argamasa sutil de sensaciones encontradas que convierten a Fiebre de invierno en un texto excepcional, un texto refugio, un texto espejo cóncavo, un texto salvación. ¿Para qué otra cosa si no sirve la literatura? Creo que la autora lo ve bien claro. Ella siempre tiene ganas de escribir como lo afirma a lo largo de la novela. Ganas de establecer ese puente de comunicabilidad que completa su obra con la recepción del lector. Y siempre es madura y original, con esa mirada a través del ojo de la cerradura que nos hace descubrir zonas desconocidas de nuestra existencia, porque también para eso sirve la literatura.

Gracias a esa mirada vive y nos hace vivir.

 

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