Soledades en el umbral

AMADO DEL PINO

Como parte de la Semana de Teatro Alemán que ha enriquecido la vida escénica de nuestra capital, el grupo Teatro D'Dos acaba de estrenar La noche árabe, de Roland Schimmelpfennig. El espectáculo —que puede verse todo este octubre en la sala Llauradó— tiene que ver con la estética del grupo que dirige Julio César Ramírez en cuanto a lo escueto del elenco, la sobriedad en los elementos escenográficos y la indagación en la relatividad y complejidad de las relaciones humanas.

Sobre el argumento ha precisado el teatrólogo Omar Valiño en las notas al programa: "Un edificio y sus correspondientes vericuetos, anclado en cualquier lugar del mundo, es el territorio físico de un espacio escénico que tomará total autonomía en un extraño juego espectacular. Tres personajes que suman características, relaciones y acontecimientos de los cinco del original de Roland Schimmelpfennig. Tres individuos que se adentran en un viaje de sensaciones, de revisión de la memoria como refugio ante el hastío de la cotidianidad, persiguiéndose sin encontrarse, varados en sus respectivas soledades. Como en una casa de espejos, se pierden entre los distintos rostros que el azogue les devuelve; buscándose a sí mismos surgen los reflejos del pasado y las proyecciones del futuro como coartadas ante la incomunicación".

Ramírez apela a un diseño de escenografía y de luces que reafirma lo que de abstracto, cerebral e imaginativo sugiere el original. Los espacios comienzan a corporizarse cuando los personajes los habitan a través de un juego pulcro y eficaz. La sobriedad en el ámbito sonoro y la precisión en el movimiento de los actores son otros puntos a favor de una puesta en escena que se propuso un diálogo maduro con una obra que se mueve entre el desgarramiento y la contención.

Difícil resulta la labor de los tres intérpretes, tratándose de una relación casi todo el tiempo oblicua donde apenas existe la esgrima de la réplica y la contrarréplica. El consagrado Raúl Pomares regresa a la escena después de varios lustros en que ha sido conocido, sobre todo, por sus formidables desempeños en la televisión y el cine. Pomares nos recuerda que es un teatrista de larga trayectoria y le imprime a su personaje el carisma que le caracteriza. Lástima que en la función a la que asistí se apreciaran algunos titubeos que —aunque los suple con organicidad y encanto— pueden restar algo a la atmósfera de precisión que la puesta requiere. Mientras tanto, el joven Miguel G. Ortiz —quien firma además la versión dramatúrgica— derrocha energía y ligereza, pero no diferencia suficientemente los similares pero específicos estadios de su atormentado rol.

Párrafo aparte merece el desempeño de Beatriz Viña. Esta actriz, de poderosos y variados recursos físicos y vocales, logra convertir en metáfora concreta el precario equilibrio entre cierta alucinada dosis de sensualidad y la árida angustia, la perenne incomunicación que el dramaturgo plantea.

 

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