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Nuevo capítulo musical
JORGE FIALLO
La clausura, este fin de semana, del XXI Festival de La Habana de
Música Contemporánea en el Teatro Auditorium Amadeo Roldán con el
concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional dirigida a cuatro manos
—dos directores alternando el podio: los maestros Guido López Gavilán,
presidente del evento, y Roberto Valera—, lejos de cerrar un capítulo,
abre otro vinculado al desarrollo de esta manifestación en Cuba.
Ya en comentario reciente referí lo que marca la imagen de la
creación de concierto, la falta de ensayos de nuestra sinfónica. Hice
alusión —y con pena debo señalar que esta vez se repitió el mismo
caso— al mínimo apoyo que en materia de transporte está encontrando
nuestro máximo organismo sinfónico: en los dos casos comentados faltó
uno de los ómnibus que debe transportar a los músicos, con
instrumentos y todo, razón que unida en este nuevo caso a otras
incidencias, restringieron más la posibilidad de ensayar todo lo
necesario.
Consecuencias: se suprimió del programa la anunciada y esperada
Obertura cubana, de Alejandro García Caturla, compositor que justo
recibía el homenaje del festival en el centenario de su natalicio. Y
lo que supuestamente era una gala para cerrar con broche de oro se
convirtió en un ensayo con público cuando el maestro Roberto Valera se
vio precisado a repetir el tercer movimiento en el estreno mundial del
Concierto para orquesta, del joven Mitchell Rivero, pidiendo
disculpas por el accidente debido a la falta de ensayos que ya había
señalado él mismo al presentar la obra, sobre la cual informó que fue
la tesis de graduación de su autor en el 2004 al culminar los estudios
del Instituto Superior de Arte.
Con un tanto de mejor suerte navegó la alumna de cuarto año del
propio Instituto, de quien escuchamos el también estreno mundial de la
suite infantil La ciudad de los presagios, que tuvo otros
atractivos adicionales, como un acordeonista y un payaso que desafinó
a troche y moche silbando con micrófono una melodía que para su
desgracia se alternaba con la orquesta. De ellos no supimos ni los
nombres debido a las deficiencias sobre las cuales escuchamos las
debidas disculpas.
También bogó mejor para su estreno en Cuba la obra Ritmotiv,
de Guido López Gavilán, descrita por su autor con una imagen figurada,
como la parla simultánea de un grupo de cubanos que, al final, todos
se entienden.
Claro que al final todos nos entendemos. Y claro que siempre nos
cabe disculpar a tantos sacrificados nadadores contra la corriente.
Que nos disculpen también la crítica, que no debe callar lo que clama
perfeccionamiento y es perfectible. En este caso, ante todo, la
decisión de darle el momento más importante del evento a dos jóvenes
que apenas comienzan, con obras complicadas, como era también la del
propio López Gavilán, que acapararon la mayor parte del esfuerzo,
dejando fuera la de Alejandro García Caturla.
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