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Hitler paisajista
Rolando
Pérez Betancourt
rolando.pb@granma.cip.cu
Aparecieron 21 acuarelas pintadas por Hitler en una granja de
Bélgica durante los días en que el regimiento del joven soldado
Adolfo estuvo emplazado en Flandes, durante la Primera Guerra
Mundial.
Son acuarelas, principalmente paisajes, y pruebas diversas
demuestran que no hay duda de su autenticidad.
Los felices propietarios —siempre en el anonimato— acaban de
sacar las obras en subasta y se espera una buena concurrencia
monetaria, teléfono mediante.
Recuerdo haber leído un libro, hace bastantes años, cuya tesis
era que el joven Adolfo se convirtió en el mortífero Hitler tras la
impotencia neurótica que le sobrevino al ser rechazado como
estudiante en una academia de pintura de Austria.
Algo tan simple como despintar con cañonazos las naturalezas que
el talento no le permitió captar en todo su esplendor.
La tesis, que no solo ha aparecido en aquel libro, se encamina en
parte a defender la idea del "Hitler loco", fenómeno de exclusiva
individualidad frente al hombre que, paso a paso, fue previéndolo
todo, y a quien la Gran Depresión de 1929 le abriría las puertas de
las maniobras más perversas (raza superior, destino más
sobresaliente y para ello la necesidad inaplazable del Lebensraum, o
"espacio vital").
Y después, todo lo que vino y sabemos.
Tras la guerra, los paisajes del joven Hitler fueron calificados
de "muy malos"; más tarde de "mediocres" y hoy no faltan los que
coinciden en afirmar que "se defendía", un concepto que quizá
pudiera suscribirse viendo alguno que otro de esos paisajes: nunca
hubiera figurado su nombre en enciclopedias ni en antologías, pero
el artista en ciernes, más allá de gustos y clasificaciones
estéticas, a veces, "se defendía".
Como es de esperar, la anunciada subasta internacional ha
motivado críticas y perspicacias: ¿quién colgaría en casa las obras
imperfectas de un asesino?
No se hace por el valor artístico de las obras, sino el
histórico, se ha apresurado en declarar un portavoz de la casa
vendedora.
Es de esperar que los compradores, al igual que los vendedores,
queden en el anonimato. De ahí lo difícil de conocer las
interpretaciones que cada uno de ellos haga, más de la Historia, que
del arte. |