|
La familia se mira al espejo
AMADO DEL PINO
Lilian Susel Zaldívar de los Reyes pertenece a una hornada de
dramaturgos que ha ido alcanzando notoriedad en la última década.
Podrían citarse también los nombres de Ulises Rodríguez Febles, Abel
González Melo, Edgar Estaco, Norge Espinosa y Nara Mansur. Ahora
Lilian Susel ha visto subir a las tablas Retratos, la obra con la
que obtuvo el Premio que otorga —para autores cubanos emergentes— la
prestigiosa compañía inglesa Royal Court.
La puesta en escena de Fernando Quiñones —que se presenta en la
sala El Sótano, desde hace más de cuatro décadas espacio habitual de
la compañía Rita Montaner— apuesta a la vitalidad de un argumento
que plantea el latente tema de la emigración económica, de los
contrastes de perspectivas entre los que permanecen y los que salen.
La dramaturga subraya un costado original, inesperado, pero
auténtico de esa dinámica. Sobresale entre los méritos del texto la
coherencia, la fluidez y el desenfado del sistema de diálogos. Ese
encanto de la mayoría de los parlamentos permite que el debate de
las ideas y la abundancia de confrontaciones no desemboquen en
retórica.
Quiñones mueve su espectáculo en un hermoso y expresivo ámbito
escénico, que firma Adán Rodríguez Falcón, y cuenta con una banda
sonora expresiva, aunque demasiado insistente en los efectos de
lluvia, a cargo de Fernando de Jesús. Las sencillas composiciones
resultan agradables y limpias, con la excepción de algunos momentos
en que un sentido en extremo natural de la relación entre los
personajes obliga a los intérpretes a desplazamientos largos y poco
significativos. La presencia del abuelo muerto aporta dinamismo y
hasta cierta tensión cuando se mantiene como "cuadro viviente" o
testigo de la subjetividad, pero se torna artificiosa su aparición
en otras escenas. El decisivo momento del almuerzo en familia está
resuelto con singular gracia y con un ritmo interior que se
agradece.
Un montaje como este, que se apoya en la palabra, depende
básicamente del rigor y la pulcritud en las actuaciones. La joven y
talentosa Yanelsy Gómez da pruebas de energía, temperamento y hasta
resultan creíbles muchas de sus transiciones. Lástima que suba
demasiado el tono de sus parlamentos y no dosifique la pasión del
personaje. Yaité Ruiz caracteriza a una madre entre la cotidianeidad
y la imagen esquemática. Logra momentos de íntimo y sereno decir que
muy bien hubiesen venido a otros personajes a tono con la esencia de
la obra original. También en la búsqueda de lo conversacional,
Estela Gutiérrez lleva adelante su rol. Estela se comunica con
precisión pero le faltan matices emocionales a la hora de defender
sus verdades. En Arianna Tejeda la buena disponibilidad física y la
fuerza de su juventud se ven empañadas por un decir monocorde y una
proyección bastante mecánica. Por último, Carlos García resulta
simpático y contribuye a la ligereza del espectáculo, pero deberá
cuidarse de no llevar a terreno ajeno una obra escrita para desatar
la reflexión y el debate.
Retratos asume el eterno tema de la familia y lo hace con agudeza
y sensibilidad. El público ha acogido con entusiasmo una propuesta
que le habla de problemas y disyuntivas que le son tan inmediatos y
entrañables. |