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Terror a pulso en Washington

NÉSTOR NÚÑEZ

Cuando la ultraderecha aposentada en la Casa Blanca habla de lucha contra el terrorismo, y bajo esa tela agrede a otras naciones, ocupa territorios foráneos, y cercena la privacidad y los derechos de sus propios ciudadanos, la cordura humana no puede menos que encabritarse.

Porque el terror ha sido y es intrínseco a la actuación del gran imperio. No puede olvidarse que los ideólogos del neoconservadurismo hecho gobierno con George W. Bush, propugnan el caos y la violencia como método para que las "élites" alcancen sus turbios propósitos internacionales, y a la vez se impongan en el seno de una sociedad carcomida por los temores y la angustia, que incorpora mansamente las exigencias y trampas de los círculos de poder.

Y en esa cuerda, historias de crímenes hay muchas en el devenir oficial norteamericano. Desde los reiterados magnicidios por desavenencias políticas, hasta la eliminación de figuras extranjeras incómodas a cuenta de los servicios represivos internos, compinches foráneos, y grupos violentos aupados desde la propia Oficina Oval.

Tal es el caso del asesinato, el 2l de septiembre de 1976, hace justo tres décadas, en plena ciudad de Washington, del ex canciller chileno Orlando Letelier y su asistente estadounidense Ronni Moffit.

Ambos volaron por los aires al estallar la bomba colocada bajo el auto del ex diplomático por contrarrevolucionarios de origen cubano, ligados a los cuerpos locales de inteligencia y al régimen tiránico de Augusto Pinochet.

Y no es una invención. Hoy se conoce en detalles de esa coalición reaccionaria y brutal que bajo el apelativo de "Operación Cóndor" extendió sus uñas por todo el cono sur latinoamericano, y accionó además en Europa y los propios Estados Unidos, país este último donde figuras como el secretario de Estado en funciones, Henry Kissinger, estimularon y justificaron semejante pacto criminal.

Letelier, quien durante el gobierno de Salvador Allende ocupó las carteras de exteriores y defensa, y fungió como embajador en Washington, viajó a esa ciudad en 1974 y se había tornado incómodo por sus campañas contra la represión en Chile y por la denuncia de la complicidad oficial yanqui con el régimen militar. Era un "enemigo peligroso" y la muerte a manos de terroristas resultó la salida adoptada por sus acusados.

Agentes de la Dirección de Inteligencia chilena, norteamericanos vinculados a los cuerpos represivos locales y contrarrevolucionarios de origen cubano, coaligados en un mismo sangriento propósito, llevaron adelante el crimen, con la certeza de que no serían molestados.

Nadie en USA les llamó entonces terroristas ni emprendió una investigación seria y profunda sobre el crimen. Era un "terror útil, beneficioso, permitido..." Y es precisamente esa brutal ilógica la que hoy sigue acompañando al Imperio, y acciona reiteradamente en sus planes de conquistas externas y presiones internas.

 

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