Cuba entre las garras del Cóndor

MARIAGNY TASET AGUILAR
mariagny@granma.cip.cu

Treinta años son apenas un instante para un pueblo que no puede olvidar. El horrendo suceso de 1976 en Buenos Aires, cuando "el cóndor cabeza de águila" le devoró dos hijos más a Cuba, permanece tatuado en la memoria de cada revolucionario, como tantos otros crímenes a lo largo del tiempo.

Crescencio Galañega Hernández.

Era el 9 de agosto de aquel año sangriento para casi toda América, blanco de la más grande transnacional del terror. La capital argentina respiraba entonces ese aire inquietante que sopla en las ciudades cuando la muerte se hospeda en ellas. Jesús Cejas y Crescencio Galañega, funcionarios acreditados en la embajada cubana en esa nación, caminaban tranquilos por la calle Virrey del Pino, según aparece en el libro Welcome Home, escrito por periodistas cubanos.

Metros después, frente al parque Belgrano, cuentan los testigos que ambos jóvenes fueron interceptados por automóviles y decenas de hombres armados. Forcejearon. Ofrecieron feroz resistencia. Pero finalmente fueron sometidos y arrancados de la vista de todos. Era la cotidianidad impuesta por la Operación Cóndor sobre miles de inocentes, bajo la guía y anuencia de Estados Unidos, y el empleo de mercenarios de distintas latitudes.

El mundo no volvió a saber de ellos. Sobrevivientes de la tenebrosa cárcel clandestina de Buenos Aires, conocida como Automotores Orletti, pues se ocultaba tras la fachada de un simple taller de automóviles, creen que allí fueron torturados y luego ultimados estos muchachos nuestros que no alcanzaron a vivir tres décadas.

Jesús Cejas Arias.

Años más tarde se confirmó, mediante una declaración de Juan Manuel Contreras Sepúlveda, ex jefe de la DINA, que el agente de la CIA Michael Townley y el terrorista cubano Guillermo Novo, viajaron expresamente a la nación sudamericana para participar en la tortura y asesinato de Jesús y Crescencio.

El criminal Orlando Bosch manifestó luego el estrecho vínculo existente entre el CORU, la CIA, y las dictaduras de Argentina y Chile para perpetrar tal crimen, al tiempo que otro de igual calaña, Luis Posada Carriles, celebraba la barbarie como otra más de sus "victorias".

Cuenta el coronel Manuel Hevia Frasquieri, uno de los autores de Welcome Home, que los secuestradores quisieron luego sembrar la duda, e hicieron circular cartas supuestamente escritas por ambas víctimas, en las que figuraba el abandono de sus misiones como causa de la desaparición. El enemigo intentaba ocultar, una vez más, otro hecho de terrorismo evidente contra Cuba, con una mentira dirigida a contrarrestar los efectos de la reacción nacional e internacional.

 

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