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Con un minuto de silencio, el ulular de las sirenas y una nueva lista
con miles de nombres de víctimas, Nagasaki recordó hoy el aniversario
LXI del ataque atómico con una condena a Estados Unidos.
Más de cinco mil personas, entre ellas víctimas, familias
sobrevivientes y el alcalde, Itcho Ito, participaron en la ceremonia
anual en el parque de la Paz de esta ciudad mártir, en el suroeste del
superpoblado archipiélago nipón.
En su Mensaje de Paz, Ito criticó a Estados Unidos por no hacer lo
suficiente a favor de la no proliferación nuclear, pese a su
responsabilidad histórica con Nagasaki e Hiroshima, y que hoy posee el
mayor arsenal de su tipo en el mundo.
El alcalde japonés subrayó que "no se ha visto ningún progreso"
desde que en mayo pasado la Conferencia internacional sobre el Tratado
de No Proliferación de Armas Nucleares terminara sin ningún acuerdo
sustancial.
Ito denunció además los planes de Washington de un posible ataque
con armas atómicas contra varios países y expresó su horror "con esta
serie de acciones unilaterales del gobierno de Estados Unidos".
Afirmó que pese a la destrucción causada por la explosión nuclear y
las consecuencias de la radiación, existen en el mundo unas 30 mil
cabezas nucleares con fuerza muy superior a la lanzada en Nagasaki,
listas para su uso.
El alcalde manifestó su gran preocupación por la corriente
militarista que gana terreno en Japón, donde el gobierno apuesta por
cambiar en un futuro cercano la Constitución pacifista para dotar a
las fuerzas niponas de un poder militar real.
Ito urgió al Gobierno a preservar la Carta Magna, que prohíbe
acciones militares en el exterior, y a recoger en una ley los tres
principios adoptados sobre armas atómicas: no producir, poseer armas
atómicas, y no permitir la presencia de ese armamento en el país.
En la fatídica mañana del 9 de agosto de 1945 a las 11:02 (hora
local) un bombardero B-29 lanzó su carga mortífera, bautizada
jocosamente como "el gordo" (fat man), que estalló en el aire encima
de esta ciudad.
La bomba mató directamente a unas 73 mil 800 personas e hirió a
cerca de 75 mil. En total unas 126 mil 630 fallecieron desde ese
entonces por efectos de la bomba y sus radiaciones.
Tres días antes, el 6 de agosto, las fuerzas estadounidenses
arrojaron sobre Hiroshima, a unos 300 kilómetros de Nagasaki, la bomba
atómica "Little Boy" (muchachito).
Más de 65 mil edificios, viviendas y hospitales y 70 mil personas
se volatilizaron instantáneamente. Otras 110 mil fallecieron poco
después carbonizados o mutiladas. Hiroshima quedaba borrada del mapa.
Nagasaki e Hiroshima figuran hoy entre las más modernas y prósperas
ciudades de Japón, aunque las cicatrices del genocidio aún no están
cerradas.
Miles de sobrevivientes (Hibakusha) y sus descendientes mueren
anualmente, de los 350 mil que padecen diversas enfermedades
producidas por las radiaciones nucleares.
Por eso, cuando el 6 y el 9 de agosto se guardó un minuto de
silencio, sonaron las sirenas, oraron los asistentes, soltaron palomas
en los Parques de la Paz y los familiares depositaron listas con miles
de nombres de los fallecidos, sólo cumplieron el ritual de homenaje.
Sin embargo, para los cientos de miles de hibakusha de Hiroshima y
Nagasaki persiste aún el horror experimentado en carne propia o
transmitido a sus descendientes sobre el día que a Estados Unidos se
le ocurrió chantajear al mundo.