El alto vuelo popular de Fúster

VIRGINIA ALBERDI BENÍTEZ

Cuando se define como "guajiro de costa", lo hace con humor y claridad meridiana. Con el gracejo de la más acendrada cubanía y pleno conocimiento de causa. José Rodríguez Fúster, o simplemente Fúster, a la altura de sus sesenta, ha logrado una envidiable doble pertenencia al panteón del arte popular de la Isla y, a la vez, al tiempo de revelación de las esencias de nuestra cultura visual más exigente.

Cinco palmas, óleo sobre tela de Fúster.

Estas palabras que escribo no nacen únicamente del entusiasmo. Vista hace fe: allí está, al alcance de todos, la exposición que la galería La Acacia abrió este verano bajo el sintético título Fúster 60, dedicada a su obra pictórica. (Podrían haber sido dibujos, grabados, piezas cerámicas o fotografías de lo que ha logrado en su cuartel general de Playa Jaimanitas, un proyecto comunitario que insufla belleza a cada minuto de la existencia de los habitantes del lugar). Cada cuadro que se muestra tiene la resonancia de una fiesta, está asistida por la savia que nutre de gozo las pupilas. Pero detrás del estallido fáustico, palpita una manera de entender y transmitir depuradas esencias y saberes, hondas convicciones y ardientes cábalas.

Detengámonos, a guisa de ejemplos, en tres de sus obras. Dominó pudiera parecer, en primera instancia, una estampa costumbrista, alusiva al popular pasatiempo que todo cubano ha practicado al menos una vez en su vida. Tres rostros, simétricamente dispuestos, se asoman a una mesa de amarillo radiante en la que se arman las fichas. La clave está en el cuarto rostro, de mirada abierta en uno de los extremos del mueble. Su fijeza icónica no participa en la acción de la partida, sino forma parte de este, del azar del juego. Su predominio en la composición convierte en metáfora la identificación del espectador con su sino: pequeña señal filosófica que trasciende la crónica de costumbres.

La última cena es una imagen recurrente en Fúster. Siempre vuelve a ese tema mítico y clásico, permeándolo de los aires de una fiesta campesina. La que ahora presenta en La Acacia acentúa las aristas de la tradición del jolgorio familiar cubano: no es un ritual de despedida, sino de comunión entrañable, de estrecha solidaridad. Más que estilización o depuración de los elementos, el artista consigue una condensación del mito, mediante una formidable economía de gestos pictóricos que demuestran su atinado oficio.

Otro nivel de simbología, quizá el de mayor alcance, esté en Cinco palmas. Por cierto, que otra reciente representación sobre el tema, halló incomprensión en una de las galerías del Parlamento Europeo de Estrasburgo, donde no cayó bien que esas palmas tan femeninas llevaran los atributos de la masculinidad expuestos a manera de declaración de principios sobre el valor que Fúster le da a la rebeldía y a la resistencia revolucionaria. Estas Cinco palmas integran una alegoría, no un panfleto. En el número habita la alusión histórica a uno de los momentos fundacionales de la Cuba de hoy. Pero hay mucho más: un canto a la identidad, al sentido de pertenencia, al optimismo irradiante de la realidad de la que se nutre el artista.

 

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