El paisaje según Ramos

VIRGINIA ALBERDI BENÍTEZ

Aun cuando las artes visuales en su evolución hayan transgredido una y mil veces el reflejo directo de la realidad, y coexistan hoy día también una y mil maneras de pintar, el paisajismo seguirá siendo una referencia ineludible.

Cuando se aprecia un paisaje, no solo se tiene una noción aproximada del entorno que el artista quiere hacernos admirar, sino, al mismo tiempo, una percepción del oficio y la pericia del autor, y, lo más importante, un registro de la sensibilidad y el estado anímico del realizador de la imagen.

Una buena oportunidad para comprobarlo está al alcance de quienes acudan por estos días al Edificio de Arte Cubano del Museo Nacional de Bellas Artes, donde se exhibe una colección de paisajes del pintor Domingo Ramos (1894-1956).

Su formación se refleja en sus cuadros: alumno de Armando Menocal en San Alejandro, estudios de perfeccionamiento en la madrileña Academia de San Fernando, prolongado contacto con los medios artísticos conservadores de la España del primer cuarto del siglo pasado.

De regreso a nuestro país, vio en la campiña cubana el costado bucólico de la naturaleza, procurando una suave armonía en la composición y prodigándose en las texturas cromáticas. De manera particular, quedó obnubilado por las visiones del Valle de Viñales y otros paisajes pinareños. El dato es importante para los estudiosos y seguidores de la historia de la pintura cubana contemporánea, puesto que en esa provincia se ha desatado en las últimas décadas un movimiento paisajístico sugerente y renovador, que asume y trasciende el legado de Ramos.

 

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