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Céspedes Fornaris y el teatro cubano
ALDO DANIEL NARANJO
Nadie discute que la principal figura
de la dramaturgia bayamesa, durante el siglo XIX, fue José Fornaris y
Luque (1827-1890), quien también cultivó la poesía con general
aplauso. Sin embargo, saltan a la vista varias preguntas: ¿cuándo se
fundó el primer teatro en Bayamo?, ¿qué otras personas cultivaron
este género?, ¿cuáles fueron las agrupaciones locales?
Carlos Manuel de Céspedes.
Las batallas por la educación y la
cultura resultaron muy difíciles en los tiempos de la colonia. El
despotismo no tenía límites, pues privaba a los cubanos de todos sus
derechos. No se les concedía otro recurso que callar y obedecer. Para
mediados del siglo XIX, la monotonía y la calma sofocaban a los
habitantes de Bayamo.
Decía Fornaris que el silencio
infundía pavor, porque las autoridades no permitían gimnasios,
imprentas y periódicos, es decir, "nada de lo que pudiera vigorizar
el cuerpo ni dar luz al espíritu". Por su parte, José Joaquín Palma
denunciaba que los crímenes más perseguidos en la Isla en esa época
eran "la virtud y el talento". En otras palabras, España perseguía a
los hombres liberales con inteligencia y capacidad creadora.
No obstante, los cultos bayameses,
buscando cambiar aquella zozobra, dirigieron la ofensiva a crear un
ambiente más civilizado con la creación de centros culturales y
artísticos. El plan era hacer un teatro, una sociedad cultural
criolla y la circulación de un periódico. En estas actividades se
destacaron Carlos Manuel de Céspedes, Pedro (Perucho) Figueredo,
Francisco Vicente Aguilera, Esteban Estrada, Ramón de Céspedes,
José Fornaris, Eligio Izaguirre, Francisco y Lucas del Castillo y
Eugenio Oduardo, entre otros.
El bachiller Francisco V. Aguilera
quería cubrir por sí solo la construcción del teatro, ascendente a
poco más de 81 000 pesos, pero los demás exigieron su derecho a
hacer importantes aportes. La institución comenzó a erigirse en la
manzana 29 que se interponía entre el callejón de Burruchaga (hoy
calle General Antonio Maceo) y la Plaza de Armas (hoy de la
Revolución).
Una junta encabezada por Céspedes,
Fornaris y Aguilera, redactó el reglamento de dicha institución,
documento del cual se cuenta con pocas noticias. Una de las ideas
rectoras era destinar parte del dinero al hospital de caridad San
Roque.
Para ser llevadas a las tablas, Carlos
M. de Céspedes tradujo y adaptó dos importantes obras de dramaturgos
franceses: El cervecero del rey, de Florencio Dancourt
(1661-1725), y Las dos dianas, de Alejandro Dumas (1803-1860).
El pionero de los coliseos bayameses
fue inaugurado con mucho colorido, el 25 de julio de 1845, durante las
fiestas de Santa Cristina y Santiago. Se ha dicho que fue con un drama
de Céspedes, montado por la compañía de Bruno Martínez.
Tal fue la popularidad de las
adaptaciones de Céspedes, particularmente Las dos dianas, que
Martínez, entusiasmado, ofreció sus buenos oficios para presentarlas
en una prestigiosa institución cultural de la capital. Por razones
desconocidas, el dramaturgo rechazó la petición.
Del año 1849 ha quedado la
información de que Céspedes escribió y montó una obra dramática
propia, titulada El conde de Montgomery, la cual
lamentablemente no ha sido localizada. El tema giraba en torno a la
vida del poeta escocés Alexander Montgomery (1545-1598), quien
dedicó todos sus esfuerzos a la lucha por la libertad de su pueblo.
Por esa rebeldía perdió todos sus bienes y murió proscrito.
José Fornaris.
Sin duda, los ilustrados bayameses
comprendían que el género teatral sería de mucha utilidad, pues a
la par que recreaba al pueblo, devenía una fuente para inculcar actos
nobles y generosos, así como el rescate de valores autóctonos.
Por su labor subversiva y ansias de
libertad, desde 1851 Céspedes sufrió prisiones y destierros,
teniendo que establecerse definitivamente en Manzanillo, donde
participó en la fundación de un teatro, creó un grupo dramático,
montó nuevas obras de su autoría, e incluso acudió a puestas en
escena en Bayamo y Holguín. O sea, fue un género que siempre le
apasionó y al que, como hombre creador, hizo aportes.
También por estos tiempos se montaron
en Bayamo, obras teatrales de Fornaris, las cuales han llegado hasta
nuestros días. En primer lugar, el drama La hija del pueblo
(más conocido como Lola la Tejedora), en tres actos y en
versos; y, seguidamente, Amor y sacrificio, otro drama en tres
actos y lírico. Ambos fueron publicados por la imprenta La Antilla,
en La Habana, en la década de 1860.
En las piezas de Fornaris vibra la
época colonial, esencialmente las costumbres de los diversos grupos
sociales. Sus personajes son humildes, rudos, golpeados con violencia
por el régimen español. Este autor muestra un buen oficio
dramático, a la altura de la Avellaneda y Luaces. El ritmo, unas
veces accidentado y otras galopante, mantiene el alma en vilo,
esperando que algunos personajes salgan adelante por su gallardía y
limpieza moral.
Existen referencias sobre el posible
cultivo del teatro por Perucho Figueredo y Francisco del Castillo,
pero faltan fuentes más precisas. Por ello resulta muy difícil
seguir la trayectoria de la dramaturgia bayamesa en esos años.
El 12 de enero de 1869, el incendio
corajudo y glorioso de la ciudad por sus propios habitantes, destruyó
el edificio del teatro. En sus muros los patriotas dejaron un
contundente mensaje a los asombrados hombres del Conde de Valmaseda:
Plaza de la Revolución.
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