La fiesta de escribir un Manifiesto

Asalto a la emisora Cadena Oriental de Radio: el plan paralelo

CÉSAR GÓMEZ CHACÓN

Se miró por enésima vez al espejo, y se alisó con ambas manos el cabello resplandeciente por la brillantina. Lucía requetebién dentro de aquel traje claro, el ventiúnico, el mismo de aquella fotografía, que Edita le había hecho unos días antes, donde parecía todo un galán de películas. La misma foto que —años más tarde— sería publicada infinidad de veces.

Raúl Gómez García.

Estaba a punto de salir con su hermana y su novia para una fiesta ansiosamente esperada, cuando tocaron a la puerta. Él mismo fue a abrirla. Chucho apareció en la entrada. "Ahí está Fidel —le dijo—, quiere hablar contigo".

Raúl Gómez García no necesitaba más explicación. El nombre de Fidel en boca de Jesús Montané, su camarada de los últimos quince meses de aciaga lucha clandestina, era suficiente para saber que la anhelada velada acababa de ponerse en peligro. Chucho advirtió su embarazo, y, como el excelente amigo, que también era, le dijo: "No te preocupes, hermano, que yo llevo a Edita y a tu hermana a la fiesta". Era la noche del 22 de julio de 1953.

Virginia García, la anciana de quijotesca figura, y probada estirpe mambisa, era la única en aquella casa que tenía alguna idea de las andanzas revolucionarias del menor de sus seis hijos. En estos últimos días de julio del 53, ella ponía y quitaba su camita, segura de que él no vendría en toda la noche. Jamás hizo comentario alguno al resto de la familia. "Lo único que te digo es que te cuides", le exigió en uno de aquellos momentos íntimos, cuando Raúl trató de restar importancia al peligro que corría.

Fue precisamente ella quien lo recibió dos días después, el 24 de julio, también al anochecer, cuando el hijo llegó a la casa, en compañía de Boris Luis Santa Coloma.

¿Tú eres de la pandilla también?— le zumbó de un tirón al joven, mientras Raúl se cambiaba de ropa.

Sí, ¿por qué? —respondió medio turbado Boris Luis.

No, por nada, para conocerte —dijo Virginia con una sonrisita cómplice en el rostro.

Raúl salió al instante, y los dos jóvenes marcharon tranquilos, como si nada estuviera pasando. Virginia los acompañó al portalito y los siguió con la mirada hasta que se fundieron con la oscuridad de la noche. Fue la última vez que vio a su hijo.

EL OTRO PLAN

Muchos años después se supo para qué quería Fidel a Raúl Gómez García aquella noche del 22 de julio de 1953. El poeta del Moncada, en su condición de periodista, escritor y pensador preclaro de aquel grupo de jóvenes revolucionarios, recibía del jefe del Movimiento, el abogado Fidel Castro Ruz, el encargo más trascendental de su vida: escribir, en nombre de la Generación del Centenario, el Manifiesto a la Nación.

Paralelo a los asaltos a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, había otro plan menos conocido, que preveía la toma de la emisora Cadena Oriental de Radio, cercana a la fortaleza santiaguera, para informar al pueblo los anhelos y objetivos de los participantes en la acción, y sumar a ella, en primer lugar, a los habitantes de la Ciudad Héroe.

Miriam Fernández, especialista de la Casa-Museo Abel Santamaría, afirma que muchos de aquellos futuros combatientes recuerdan todavía hoy a Raúl, dando entusiastas teclazos en su pequeña máquina de escribir, en medio del ajetreo casi festivo, que por esos días se vivía en el apartamento de 25 y O, del Vedado.

Al referirse al traslado de los asaltantes desde La Habana hasta Santiago de Cuba, aquel 24 de julio, Miriam confirma que la única persona que salió en el auto con Fidel y su chofer, desde Jovellar 107, e hizo junto al líder de la Revolución el primer trayecto de este recorrido, fue Raúl Gómez García. Es obvio que era el momento cuando ambos dieron el último repaso al Manifiesto, y al plan para su difusión.

Pedro Trigo, asaltante al Moncada, recordó también durante una reciente entrevista, detalles interesantes de esta parte menos conocida de la acción:

"Serían la una y quince de la madrugada, estando ya todos alojados en la Granjita Siboney. Fidel llama a Abel y me llama a mí. Nadie sabía exactamente hasta ese momento qué es lo que íbamos a hacer con exactitud. Salimos los tres. Abel manejando, al lado Fidel, y yo en el asiento de atrás. Allí es donde me entero del plan.

(...) "Llegamos a la Plaza Marte en Santiago de Cuba, entonces Fidel me dice: `espérame aquí; empieza a deambular discretamente, pero no te muevas de aquí de la Plaza Marte, que yo voy al encuentro con Luis Conte Agüero', quien era a la sazón un conocido comentarista de la radio en Oriente.

"Como a los 45 minutos, que a mí me parecieron siglos, veo que Fidel regresa serio, muy serio, y le pregunté: `Fidel, ¿y Luis Conte, qué?' Me responde: `Él se comprometió conmigo, pero la madre me dijo que hace dos días que está para La Habana.' Dígole yo: `¿Y entonces, Fidel?' `No te preocupes —me aclara—. Yo temía que esto podía suceder, por eso me puse de acuerdo con Raúl Gómez García, y él está debidamente preparado.'

"Entonces, Fidel me dice: "tú, con varios compañeros más (...) tienen que ir a tomar la Cadena Oriental de Radio..."

LOS GOLPES DE LA VIDA

Muchas veces se ha dicho que Fidel quería, por sobre todas las cosas, preservar la vida de Abel Santamaría, el segundo jefe del Movimiento. De ahí que lo enviara, junto a las dos mujeres, y a otro grupo de valiosos compañeros, a combatir en el lugar donde el peligro se preveía mucho menor: el Hospital Civil Saturnino Lora, desde donde debían dirigir su fuego hacia uno de los costados traseros del Moncada.

No es casualidad que dentro de ese grupo estaban también dos figuras clave para el plan paralelo de la toma de la estación de radio: el doctor Mario Muñoz Monroy, en su condición de técnico de radio (era un experimentado radio aficionado), con la tarea de garantizar que se mantuviera al aire la emisora, y Raúl Gómez García, encargado de dirigir y protagonizar aquel programa de difusión al pueblo.

En el auto donde viajaban Melba Hernández, Haydée Santamaría, Gómez García y tres compañeros más, desde la granjita Siboney al hospital Saturnino Lora, iban, junto a las armas para combatir, varios discos con música especialmente escogida para la ocasión, una grabación del último discurso de Eduardo Chibás, y una copia del Manifiesto a la Nación.

Contrariamente a lo planificado, los asaltantes del hospital Saturnino Lora, rodeados e incomunicados del grupo principal, combatieron hasta quedarse sin balas, y solo entonces cayeron en manos del enemigo. La mayoría del grupo, entre ellos Abel Santamaría, el doctor Mario Muñoz, y el poeta y periodista Raúl Gómez García, fueron brutalmente torturados, y los primeros asesinados por los guardias de la tiranía, ese mismo día.

El plan para la toma de la Cadena Oriental de Radio, aquel 26 de julio de 1953, nunca llegó a cumplirse. El manifiesto encargado por Fidel a Gómez García quedó para la historia como el testamento político de los caídos, y la bandera de lucha de quienes sobrevivieron a los hechos del 26 de julio.

Aquella noche del 22 de julio de 1953 el joven poeta no pudo acompañar a su novia a la fiesta. En su lugar, debió escribir —sin saberlo entonces— uno de los más importantes documentos de la historia patria.

Cuatro días después, cuando en las mazmorras del Moncada los golpes de los verdugos apagaban su desfallecido corazón, Raúl Gómez García sabía que había hecho bien aquella, y todas las otras, las muchísimas noches cuando su alma y su pluma se pusieron al servicio del más grande y bello de todos sus amores.

 

| Portada  | Nacionales | Internacionales | Deportes | Cultura |
| Cartas | Comentarios | Ciencia y Tecnología | Lapizcopio| Especiales |

SubirSubir