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El discreto encanto de
la fascinación
Leyla
Leyva
Hace un tiempo que El
camino sobre las aguas, poemario de Laura Ruiz, editado por
UNIÓN, me ronda. Siempre visible, a la espera. Pocas veces puede una
darse el gusto de decir que un libro la ha seducido. Desde su supuesta
sencillez y su aire afable, este lo ha hecho.
La serenidad que transpira
El camino... confirma que la autora sabe cómo "trabajar" el
equilibrio. "Construirlo". No importa el tamaño, la extensión del
libro que se escriba. El suyo tiene exactamente treinta y un poemas,
en su mayoría cortos o medianos.
La sobriedad como estilo,
la contención como discurso, parece dictarnos El camino sobre las
aguas, aunque el asunto no creo que pueda simplificarse de esa
manera.
Leer la poesía de Laura
Ruiz (Matanzas, 1966) supone hacer la travesía hacia su sensibilidad
por el tramo más largo, si bien en una primera mirada no lo parezca.
Para percatarse de ello, le recomiendo al lector que hojee despacio y
medite el poema. En permanecer allí está la gracia, la conquista de
una lírica diestra, hermosa, que dura en el otro; sobre todo cuando
debajo de la natural apariencia se siente el pulsar de grandes,
inasibles ecos.
En este cuaderno la autora
no se interroga, no se cuestiona. Su poesía no es de ese tipo; por lo
menos no esta. Simplemente conoce lo que cuesta lidiar con la medida,
la proporción de imágenes y palabras. En su universo, donde lo
personal señorea y su experiencia de vida resulta esencial en la
comunicación, también hay voces altas, avatares, querellas,
intensidad, mucha; pero a gotas, a gotas de orfebre.
Cierto candor sí se
respira en El camino sobre las aguas. Por escasos momentos una
se tropieza con esos lugares más o menos comunes de la inspiración
poética, en los que intervienen el amor y las relaciones humanas.
Pero de la misma manera en que la autora nos lleva allí; de aquel
sitio nos alza en peso, con un enfoque redimensionado de la poesía,
de ese tipo de poesía que hemos terminado por extrañar y que Laura
Ruiz nos sirve, obviando las ceremonias, como una perfecta anfitriona.
Un hilo sutil estrecha
los cuellos. /Una hebra se extiende sobre las bocas fuera de sí. /Una
tela de araña cubre las heridas./Por un instante el dolor
desaparece/No saben si he gritado./O si un silencio acompañó el
gesto final./
No saben, amantes, qué
tarde de qué mes/ ni qué mes de qué año. / Una tela de araña
estrecha los cuellos./Hablan las bocas, las manos, los vientres./ Por
un momento, amantes, olvidan/ que los nombres, los fantasmas, la
trampa,/siguen allí, implacables,/fuera del delirio. (Los cuerpos
tristes, de El camino sobre aguas, 54 páginas).
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