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General de Cuerpo Ejército Sixto Batista Santana
La gratitud de este guajiro de Palma
(Tomado del libro
Secretos de Generales)
LUIS BAEZ
Hablando
en una ocasión con un alto dirigente de la Revolución, el General
de Cuerpo de Ejército Sixto Batista Santana le comentó que cuando
se jubilara, aspiraba a ser sereno de un cilindro para asfalto, pues
si se quedaba dormido y se lo robaban, al otro día lo encontraban a
las pocas cuadras.
Este oriental de 74
años es del criterio que es muy difícil dirigir. Ya que si usted
exige es malo y se busca problemas. Si no exige es débil y también
se busca dificultades. Nunca queda bien.
La conversación con
este hombre, que ha subido nueve veces El Turquino es fluida.
Quien
no lo conoce, puede pensar que es un amargado, berrinchoso; sin
embargo, cuando lo trata, se percata que es agradable, simpático,
siempre con un chiste a flor de labios.
Sixto Batista es de
los que dicen lo que piensan y no piensa lo que va a decir. No tiene
pelos en la lengua. Eso le ha ganado enemistades.
No le preocupa. Para
él lo más importante es su lealtad a Fidel y a Raúl. Y eso nadie
lo duda.
¿Hábleme de su
infancia?
Es larga la historia.
Nací en 1932 en un central que se llama Atillo, en el término
municipal de Palma Soriano; ese ingenio dejó de moler en el año
1928. Mis padres vivían en un barracón.
Papá era de Lanzarote,
una de las islas pertenecientes a Gran Canaria. Llegó a Cuba como
polizonte huyéndole al Servicio Militar. Era una gente de cierta
cultura, pienso que él había cursado el bachillerato. Vino solo.
Mi madre también era
isleña, de Las Palmas de Gran Canaria. Ella viajó muy joven con
sus padres y todos sus hermanos.
Vendieron todo lo que
tenían. Estuvieron tres meses viviendo en una cueva, hasta que
pudieron resolver el pasaje en un barco de tercera o cuarta
categoría.
¿Cuántos hermanos
son ustedes?
Once. Dos murieron muy
pequeños. No los conocí. Quedamos cinco varones y cuatro hembras.
Uno de ellos ya falleció. De los varones el único que aprendió a
leer y a escribir fui yo.
¿A qué edad empezó
a trabajar?
Sixto Batista, junto al Ministro Raúl y los generales Colomé y Julio Casas.
Prácticamente desde
niño. Ayudaba a mi padre en las tareas del campo. A las dos de la
madrugada me levantaba a enyugar los bueyes. Arriaba a las bestias
hasta las seis de la mañana.
A esa hora me relevaba
un hermano más chiquito. Me lavaba los pies, la cara, me ponía mi
ropita y para la escuela. Por el camino iba con los zapatos en la
mano. Me los ponía antes de entrar en el colegio.
El viejo me decía que
había que cuidarlos para que le sirvieran al hermano que me seguía
en edad. También mis hermanas trabajaban en la agricultura.
La escuela, ¿a qué
distancia quedaba?
A cuatro kilómetros.
Logré sacar el sexto grado a los doce años. El resto de mis
hermanos varones se alfabetizaron después del triunfo de la
Revolución.
De mis hermanas, una
logró hacer el primer grado. Escasamente sabía escribir su nombre.
Las otras no fueron al colegio.
Mi madre era analfabeta.
Aprendió a leer y a escribir después del 1ro. de enero de 1959.
Murió a los noventa y cuatro años.
De niño cogí la
poliomielitis. En el barrio caímos tres. El único que quedó bien
fui yo. Se lo debo a la perseverancia de mi padre.
¿Su padre vive?
No. Él murió de
cáncer hace algunos años. Papá era una gente muy trabajadora,
exigente, con mucha autoridad.
Aprendí mucho de él.
Por suerte o por desgracia. A veces las desgracias se convierten en
suerte.
¿Radicaron siempre
en el mismo lugar?
No. El viejo se movía
mucho en busca de trabajo. Eso nos hacia mudar.
Siempre estará presente mi gratitud y lealtad a Fidel y a Raúl.
Durante bastante tiempo
vivimos a la orilla del camino entre Palma y San Luis en una casa de
guano, paredes de yagua y piso de tierra.
En una época trabajamos
en una finca del senador Arturo Illas Cuza. Era de dos caballerías
de tierra. El 40% de la producción era para el dueño y el 60% para
nosotros.
Ni siquiera ponía la
mano para vender el producto. Recibir el 40% era un alto nivel de
explotación.
Además, el año que no
había cosecha, por seca o por mucha lluvia, los que nos quedábamos
sin comer y empeñados, éramos nosotros.
A medida que fui
creciendo piqué caña, trabajé en minas. He hecho de todo.
¿Cómo se llamaba la
mina?
Piedra Pizada. Estaba en
el Municipio de El Cobre, en Botija, una zona de gran producción de
manganeso.
¿Cuánto ganaba?
Por lo que diera la
mocha. Buscábamos el mineral, si no había no ganábamos nada y
cuando lo encontrábamos era muy poco lo que recibíamos. Sacaba
unos cuarenta centavos diariamente.
Me alimentaba de
plátano, aceite y bacalao. Yo mismo cocinaba. También hice
carbón.
Trabajó duro...
El carbón es cruel.
Hacer sesenta sacos. Dejarlo apagado. Listos para envasar, te vas a
dormir y cuando te levantas ves que se ha quemado todo el carbón.
Es como para cortarse las venas.
¿Cortó caña?
Mucha. Caminaba cuatro
kilómetros para cortar caña. Me levantaba a la una de la mañana
para estar a las dos en el corte, cargar el primer camión a mano,
de madrugada; el segundo, al amanecer y de ahí cortar entre
doscientas, quinientas, seiscientas arrobas diarias sobre todo en
las zafras buenas. Un trabajo muy duro.
¿Qué otras cosas
hacía para subsistir?
Estaba todo el tiempo
inventando. Dos o tres días antes del cobro de la quincena compraba
un par de puercos de trescientas libras. Me costaban veinticinco
pesos cada uno. Los mataba.
Vendía la libra a
treinta y cinco centavos entre los cuarenta y cinco macheteros que
trabajaban en la colonia. Así iba viviendo. También fui capataz.
¿En qué momento?
A los diecisiete años.
Algunos de los obreros tenían cuarenta y cinco años. Debía llevar
las horas, la jornada del día, a mí me pagaban $1.50 y a los
trabajadores $1.30.
Había que trabajarme,
pues estaba cuidando mis frijoles. A veces me regalaban como
estímulo una botella de sidra "El Gaitero", que valía cuarenta
centavos.
Cuando la gente se
quedaba sin trabajo, como era capataz, siempre tenía algo que
hacer.
Uno de los problemas que
nosotros hemos tenido es que perdimos el jefe de escuadra. El jefe
está para organizar el trabajo y hacer que nadie pierda tiempo.
Jamás el mayoral permitió que, como capataz, cogiera un pico y una
pala para sacar un tronco. Si usted se pone en eso, las otras gentes
no trabajan.
A mí me pagaban para
hacer que la gente trabajara. Esas son enseñanzas que viví en el
capitalismo. También fui jugador.
¿A qué jugaba?
Desde la bolita hasta la
lotería. Yo era el dueño de los cartones. Por esa vía me entraban
algunos centavitos. Nos alumbrábamos con luz brillante pues no
había electricidad.
¿Era fanático de
las peleas de gallos?
Sí. También hice mis
trastadas con los gallos. Era la forma de vivir. El capitalismo
enseña de todo.
¿Cuéntame alguna de
esas trastadas?
Un amigo tenía un
gallito muy bueno. Había ganado siete u ocho peleas.
Hablé con el que le
ponía las espuelas, le decían "Sapo de Toro", para que se las
pusiera flojitas.
Además, cogimos el
gallo esa noche y lo metimos en una palangana en que el agua le
llegaba hasta las plumas. Eso se hacía para que el gallo se
entumeciera.
Ya en la valla, el gallo
salió favorito. Como es lógico le jugué al contrario.
Al minuto las espuelas
se le habían caído y el otro dándole tremendo sube. Pero el
gallito era bueno, se calentó y a patadas estaba liquidando a su
adversario.
Me acerqué al amigo y
le dije que levantara el gallo, pues se le habían caído las
espuelas y lo iban a matar. Se tiró y levantó al gallo.
Ahí mismo gané mis
apuestas. También con un viejo analfabeto de mi barrio aprendí
algunos trucos.
¿Su familia llegó a
tener algún dinero?
El viejo, trabajando en
la finca con mis hermanos, logró hacerse de alguna plata. Compró
0,7 caballería de tierra. Me las arrendó. Hice un poco de agua y
carbón. Compré una bodega. Hablo de los años 1954-55.
¿Dónde fue eso?
En un lugar que se llama
Paraíso, dentro del contexto de Yarayagua, Atillo, Paraná
Paraíso. Me fue bien. También me gustaba jugar pelota.
¿Qué base jugaba?
Torpedero.
¿Tenía buenas
manos?
Buenas manos y buen
bateo. Nunca bajé de 300. Jugábamos en la Liga Jose Martí en la
que intervenían equipos de San Luis, Santana, Borjita y Dos
Caminos. Siempre fui seleccionado entre los mejores.
El 26 de julio del año
1953 cuando el ataque al Moncada, si mal no recuerdo era un domingo,
estábamos jugando pelota en un lugar llamado El Perú.
Era una zona de
campesinos muy luchadores por su tierra y dieron la noticia. Un
viejo que había allí dijo: "Atacaron el cuartel Moncada". Yo ni
sabía qué era el Moncada.
¿En qué momento se
incorporó a la Revolución?
En febrero de 1957.
Organicé un grupito con dos muchachos, dos hermanos de ahí mismo
donde tenía la bodega y empezamos a hacer algunas actividades, pero
sin un contacto con la dirección del Movimiento 26 de Julio.
¿Quién lo puso en
contacto con el Movimiento?
Yo conocía en Palma
Soriano al doctor Mariano Esteban Lora, eran dos hermanos, él y
Chin.
Los dos se alzaron y los
dos se fueron del país. Ese amigo me confirmó que pertenecía al
26 de Julio, que no era de la dirección, pero me puso en contacto.
Ya en relaciones con la
dirección incrementé mi grupo. Empecé a realizar actividades más
serias. Estoy hablando de marzo o abril de 1957.
¿A qué se
dedicaron?
A la quema de caña,
recogida de armamentos, sabotajes. El grupo creció. Llegamos a
veinte.
Un buen día el jefe de
la policía municipal le dijo a papá que me cuidara pues se sabía
que estaba metido en la Revolución.
Días antes de la huelga
del 9 de Abril del 1958, en unión de otro compañero, nos metimos
en la finca de Illas Cuza y nos llevamos algunas armas: dos M-1,
tres escopetas, cuatro revólveres, un Springfield y buena cantidad
de municiones.
Todo se lo entregué al
Movimiento en Palma Soriano. Me quedé con el Springfield.
Después vino el fracaso
de la huelga. De los dirigentes del Movimiento unos se alzaron, a
otros los mataron. Nos quedamos sin dirección hasta que se creó
una nueva.
¿En qué fecha se
alzó?
El 13 de junio de 1958.
Jamás se me olvidará. Ese día cumplía años mi madre.
¿Con quién se fue
para las montañas?
Me uní a un grupito que
estaba por las lomas, que pertenecía al Tercer Frente.
Más tarde pasé para
Ramón de Guaninao donde estaba la Capitanía. Ahí empecé la
lucha.
¿Por qué zona se
movió?
Palma Soriano, El Cobre
y San Luis. Eso estaba bajo la jurisdicción del Tercer Frente que
tenía como jefe al Comandante de la Revolución Juan Almeida.
Posteriormente, pasé a
la Columna 9 a las órdenes de Félix Duque. Almeida escogió a un
grupo de compañeros para llevar esa Columna hasta la región de
Majaguabo.
La idea era operar por
Matayegua, El Cristo, Puerto Boniato y toda esa región. Para llegar
había que entrar por Majaguabo. Fui de guía pues me conocía esa
zona como la palma de mi mano. Había que cruzar la carretera
Central, entre Palma y Santiago.
Antes de partir, Almeida
nos dijo que no podía sonar un tiro. Pasamos. En la noche dormimos
en un cafetal.
Era una Columna de
ciento cincuenta hombres bastante bien armada. Llegamos sin sonar un
tiro.
¿Cuál fue el
combate más intenso en que participó?
En la emboscada de
Puerto de Moya, para impedir que un convoy del ejército pasara el
puente Ventura, en la Carretera Central, rumbo a Palma.
El combate empezó a las
nueve de la mañana. Terminó después del mediodía. Los guardias
no pasaron.
Cuando el ejército
comenzó a retirarse, nos dirigimos a la carretera a recoger los
camiones y el armamento que habían dejado abandonados. Incluso,
capturamos una tanqueta. También había muchos guardias muertos. Me
acerqué a uno de los cadáveres y le quité el pantalón y la
camisa, que no me pude poner porque estaba manchada de sangre.
Tenía una situación
muy mala de ropa al igual que el resto de los compañeros. Pero me
busqué tremendo lío.
¿Por qué?
Cuando comenzó la
entrega de heridos y cadáveres al padre Bernardo Rodríguez Solís,
párroco de El Cobre, al ver Duque a uno de los muertos sin ropa,
preguntó quién la había cogido.
Respondí que yo. Me
mandó a quitarme el pantalón y ponérselo al difunto. Me dejó en
calzoncillos. También me desarmó. Me metió una descarga que
todavía la recuerdo.
¿Con qué grados
terminó la guerra?
Primer teniente.
Después del combate del Puente de Moya, la misma noche que Fidel
ascendió a Duque a comandante, este me hizo primer teniente. Fue el
16 de diciembre de 1958.
Cuando me comunicó la
noticia me entregó una ropa de caqui y un fusil M-1 con tres peines
de treinta tiros cada uno.
¿Cómo se enteró de
la caída del régimen?
Estaba con otros
compañeros acostado en un colchón, en el piso de una casa, y como
a las seis de la mañana, nos dijeron que Batista se había ido. No
creí la noticia. Puse el radio y comprobé que la información era
cierta.
¿Qué instrucciones
recibió?
Al principio, de no
movernos. Por la noche se nos ordenó avanzar hacia la capital
oriental.
No fuimos por la
carretera. Cogimos por Matayegua, salir a El Escandel, Caney,
Santiago.
En El Escandel, Fidel se
reunió con un grupo de oficiales del Moncada. Entre ellos, se
encontraba el jefe militar de Oriente (PSR), coronel José Rego
Rubido.
Le solicitaron a Duque
una gente para hacer guardia. Me escogieron a mí.
Me pusieron en la posta
principal del lugar donde se efectuaría el encuentro.
¿Ya conocía a
Fidel?
Nunca lo había visto.
Era la primera vez que estaba cerca de él.
¿Qué órdenes le
dieron?
Los oficiales tenían
que entrar desarmados.
¿La cumplió?
Sí. Había una mesita
para que fueran dejando las armas. Algunos traían tabaco para
regalárselo al Jefe de la Revolución. Cuando entró el primer
grupo sin su armamento, Fidel salió encabronado.
¿Qué pasó?
Preguntó que quién
había dicho que les quitaran las pistolas a los oficiales. Ordenó
que se las devolvieran inmediatamente.
¿Usted qué hizo?
Me quedé calladito. Se
reunió con ellos con sus respectivas armas encima. Me puse a
escuchar lo que decía Fidel. Aquello parecía un sueño.
¿Qué les dijo?
Fidel les planteó que
se tenían que rendir sin condiciones; que quien no estuviera
comprometido con hechos de sangre no tendría problemas, pero el que
tuviera un crimen que pagar, sería sancionado. Todos aceptaron.
Después de la
reunión, ¿adónde fue usted?
A Santiago. Antes pasé
por el Moncada. Veía a los guardias con sus fusiles. Me pellizcaba
y pensaba: "Esto es mentira".
Hay que decir que el
primero de enero Raúl Castro entró al cuartel Moncada cuando
todavía estaban los guardias.
El mismo Raúl se subió
a una mesa, descolgó un retrato de Batista y lo desbarató.
¿Conocía Santiago?
Había estado dos veces
con el viejo, pero realmente no la conocía. Fui a parar a la calle
San Jerónimo.
Por la noche participé
en el Parque de Céspedes en el acto donde habló Fidel. Después
salí con Duque hacia la capital.
¿Cuándo llegó a La
Habana?
El 4 de enero. Fuimos a
dar al Quinto Distrito. Esperamos a Fidel que entrara el día ocho
por el Cotorro y lo acompañamos hasta Ciudad Libertad. El día
quince pasamos para Managua.
¿Cómo le fue en
Managua?
Fue un proceso de
aclimatación. Hay un hecho de aquellos días que se me quedó fijo
en la mente para siempre.
¿En qué consistió?
Un día, al entrar al
campamento, nos dicen que no podemos pasar. Respondimos: "bueno, nos
vamos". La posta nos planteó que tampoco podíamos irnos.
Figúrate, presos por
nuestra propia gente. Finalmente, nos dejaron pasar.
Cuando estábamos dentro
nos encontramos con tremendo rollo. Se había comenzado a darle pase
a la gente para que fueran a ver a su familia. Algunos hacia más de
un año que no las veían. La orden era que solo se podían llevar
las armas cortas. Ahí se formó la bronca.
Al otro día se
apareció Fidel. Reunió a todo el mundo en el campo de pelota.
Empezó diciendo: "Así que ustedes quieren hacer lo que les da la
gana. No quieren ir a sus pueblos o a sus barrios si no es con el
fusil. ¿Por qué tienen que ir exhibiendo las armas?".
De buenas a primeras
ordenó que todo el que tuviera un arma tenía un minuto para
tirarla al suelo. No en un
minuto, en un segundo
estaban las armas en el piso.
Entonces, Fidel fue para
donde estaba Duque y le preguntó: "¿Quiénes de tus oficiales
están metidos en el problema?".
¿Usted estaba en el
lío?
No. Pero lo más
probable es que si hubiera estado en el Campamento también me
hubiera metido en la bronca.
A los que estábamos
fuera del potaje nos dieron quince días de vacaciones y cuarenta
pesos. Me fui para Oriente.
Un hermano mío, que era
soldado, estaba en el lío. Era analfabeto. Le dije: "Bueno caballo,
te jodiste". A los tres días se apareció en Oriente.
¿Se fugó?
Eso mismo pensé yo. El
problema es que Fidel había vuelto. Llevó unos fusiles nuevos.
Los invitó a ir al
campo de tiro. Estuvieron tirando con él. Cuando terminó, les dio
pase a todos.
¿Qué le impactó de
ese hecho?
La personalidad de
Fidel; como sobresale por encima de todos nosotros. En un segundo
resolvió el problema. A los dos meses fui trasladado para las
Fuerzas Tácticas de Santiago.
¿Participó en
operaciones?
Sí en la búsqueda y
captura de diversos grupos de mercenarios que desembarcaron por
Baracoa. Me hicieron jefe de compañía.
Estando en Yerba de
Guinea, en un lugar llamado Tranquilidad pegado a la Sierra Loreto,
se apareció el capitán Ricardo Arturo Cisnero Díaz, más conocido
por Jotor, que era jefe de la División, un compañero muy valiente
que perdió un ojo durante la guerra; quien al vernos nos comunicó
que recogiéramos todas las pertenencias, pues nos íbamos para
Minas del Frío y de ahí para El Turquino. Estábamos castigados.
¿Cuál era la causa?
Raúl nos castigó.
Entró en la Maya y se encontró a un grupo de soldados rebeldes que
estaban borrachos. Decidió mandar toda la División para el
Turquino pero desarmados.
¿Qué tiempo?
No duró mucho ya que se
produjo el cambio presidencial en Estados Unidos. Volví a Yerba de
Guinea. En esa ocasión como jefe de batallón.
Eso fue en diciembre de
1960. Hasta que me enviaron a pasar una escuela política.
¿Dónde?
En Siboney, Santiago de
Cuba. Era clandestina. Había algunos compañeros del Partido
Socialista Popular (PSP). Yo no era del Partido. Ahí participé en
mis primeros círculos de estudio. Hasta que se produjo la invasión
de Girón.
¿Lo movilizaron?
Pasé a trabajar como
oficial de operaciones del Ejército. También estuve al frente de
una división que se había creado para tiempo de guerra, hasta que
me mandaron para el curso de oficiales de Matanzas.
Al terminar el curso,
¿para dónde lo enviaron?
A Santiago, y
posteriormente Baracoa, donde permanecí quince meses. Volví a
trabajar en operaciones.
Después de pasar la
Superior de Guerra fui para la Brigada de la Frontera, primero al
frente del Estado Mayor y después como jefe.
A los seis meses, me
sacaron y nombraron jefe de la sección política del Ejercito
Oriental.
En 1972 me mandaron a
pasar un curso de cuatro meses en la Unión Soviética.
Al poco tiempo de estar
de regreso, fui nombrado jefe de la Sección Política del Ejército
Occidental hasta 1976, en que me mandó a buscar Raúl.
¿Para qué?
Cuando a uno lo mandan a
buscar a ese nivel empieza enseguida a revisarse de arriba a abajo
buscando en qué ha fallado.
Al verme, el Ministro me
dijo: "Tú estás pensando que te mandé a buscar para mandarte para
Angola". Le respondí: "No había pensado en eso, pero si me manda
me voy".
Entonces me comunicó
que iba a trabajar con él como ayudante para las cuestiones
angolanas.
Ahí tuve bastante
contacto con Fidel, pues iba diariamente al Puesto de Mando sobre
Angola que se había montado en el edificio del MINFAR.
A veces llegaba a las
cuatro de la tarde y se iba a las tres de la madrugada.
Raúl se mantenía
permanentemente, salvo que se le presentara alguna situación.
Nosotros dormíamos
solamente cuatro horas. A las ocho de la mañana teníamos que tener
redactado un informe de la situación militar para los Sustitutos
del Ministro.
Fidel estaba atento
al más mínimo detalle...
Es cierto. Además,
conocía más de Angola que la gente nuestra que estaba allí. Él
estudiaba, analizaba cada paso que se iba a dar.
El Comandante en Jefe
tiene la virtud de tener un amplio panorama del mundo y prever el
resultado de los acontecimientos.
En una ocasión,
escuché a Fidel hacer un análisis de las causas que impedían que
el imperialismo yanki se metiera en esa bronca.
¿Como cuáles?
Empezó por la derrota
de Estados Unidos en Viet Nam. El síndrome que eso había creado en
la población norteamericana; porque había un hombre en la
presidencia, Gerald Ford, que no había sido elegido; la
devaluación del dólar y otras causas. Un domingo, Raúl le
comentó a Fidel que no había que seguir mandando fuerzas, que con
lo que había ya era suficiente. El Comandante en Jefe dijo estar de
acuerdo.
Esa mañana había una
carrera de motos en la Plaza de la Revolución. Desde la ventana se
podía contemplar el espectáculo.
De pronto Fidel se viró
para Raúl y le dijo: "Este mundo es del carajo. Cada loco con su
locura. Estos corriendo ahí y nosotros metidos en la guerra".
¿Llegó a ir a
Angola?
Sí. A mediados de marzo
de 1976. Ahí estuve algún tiempo hasta que me ordenaron regresar y
me nombraron jefe de la Dirección Política de las FAR,
responsabilidad donde me mantuve hasta el año 1984.
¿También estuvo en
Etiopía?
Sí. Eso fue siendo jefe
de la Dirección Política. Nuestra ayuda consistió en el envío de
un grupo de oficiales para asesorarlos y ayudarlos a preparar las
Milicias.
¿Cómo se enteró de
que iba para Etiopía?
Me citaron a una
reunión en la oficina de Raúl. Se había decidido comenzar la
ayuda. Se analizó la situación.
El jefe de Artillería,
José Morfa, le expuso a Fidel que cada grupo debía tener
doscientos sesenta hombres. El Comandante en Jefe le respondió que
unos cincuenta y dos deberían ser cubanos y el resto etíopes.
También se vieron otros pormenores de la ayuda.
Como a la hora y pico
Fidel me echó el brazo por encima de los hombros y me preguntó: "¿Qué
tú piensas?". Le respondí: "Bueno, Comandante, soy del criterio de
que se deben mandar dieciocho choferes porque para el movimiento de
las piezas son decisivos".
Fidel se quedó
mirándome y expresó: "Tú no me entiendes, viejo". Me dije para
mis adentros: "debo haber metido la pata". Cuando volvió a tomar la
palabra me reveló: "Es que Raúl y yo decidimos anoche que te vayas
para Etiopía".
¿Qué día llegó a
Etiopía?
El 9 de diciembre de
1977. Fui como jefe de la Sección Política. El veintiocho llegó
el primer batallón de tanques cubanos al Frente.
En enero, Raúl visitó
Etiopía y me mandó a buscar al Frente. Cuando aquello, todas las
noches había tiroteo. Me pidió que lo acompañara a Moscú. Al
llegar, me dio un sobre grande con la encomienda de que se lo
entregara a Fidel. Tan pronto llegué a la capital cumplí la
misión.
No permanecí 72 horas
en La Habana. Regresé a Moscú. Vi a Raúl en el aeropuerto. Le
entregué todos los papeles que le mandaba Fidel en sobres lacrados.
Cuando leyó el contenido de uno de ellos me dijo: "Coño, pero tú
vienes nombrado segundo jefe de la Misión de Cuba en Etiopía". En
ese momento también me enteré de mi designación. Ahí permanecí
hasta que se terminó la guerra.
Fidel condujo la guerra
de Etiopía al igual que la de Angola, atento a la más mínima
precisión. En una ocasión preparamos una gran operación en dos
direcciones para que no se nos fuera a ir ni un solo somalo. Luego
se la enviamos para su aprobación.
Al otro día teníamos
un cable diciendo que la decisión era muy buena pero que, en su
opinión, había que dar un solo golpe, tener un buen segundo
escalón para evitar que el enemigo recibiera apoyo de un país
árabe y nos golpearan a nosotros. Que si los somalos se iban, que
se fueran. Enemigo que huye, puente de plata.
Para mí, la guerra de
Etiopía resultó una de las acciones más lindas de la Revolución.
¿Qué significó
para usted estar al frente de los CDR?
Una extraordinaria
experiencia. En el contacto directo con el pueblo se aprende mucho.
En la masa hay mucha
sabiduría, una sólida firmeza revolucionaria y una lealtad sin
límites a Fidel. Constituyó un inolvidable honor, al igual que
preparar la Operación Tributo.
Algo muy
emocionante...
Indiscutiblemente. A mí
me dio Raúl la tarea de organizarla. Se logró hacer la Operación
como la planificamos, simultáneamente en todo el país. Fue una
conmoción. Resultó un plebiscito de apoyo a la Revolución.
Eso lo considero como lo
más grande que he hecho en mi vida. Le dediqué meses. Fueron
semanas sin dormir. Se hicieron ciento sesenta panteones. Todo
quedó muy bien. No se recibió una sola queja.
Además, resultó
emocionante recibir a nuestros hermanos caídos. Son momentos que no
se olvidan.
¿Qué importancia le
concede a haber sido Miembro del Buró Político?
En la vida de los
hombres hay cuestiones que resultan impactantes. Jamás me pasó por
la mente llegar a esa posición. Fue una deferencia y un estímulo.
¿Qué sintió cuando
salió?
Ha habido compañeros
que la salida del Buró los ha traumatizado. A mí no. Lo estimo un
tránsito en mi vida, como pudo haber sido que corté caña, peleé
gallos o trabajé en una mina.
Lo que sí estará
siempre presente es mi gratitud y lealtad a Fidel y a Raúl por la
confianza que depositaron en este guajiro de Palma Soriano. |