Fútbol y cultura

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT
rolando.pb@granma.cip.cu 

Ni se imaginen que leerán lo que están pensando.

Es cierto que desde hace unos días, al calor de los entusiasmos que vive el mundo, pensaba escribir algo que relacionara el fútbol con la cultura y hasta con la política, sin que faltara el conveniente aderezo histórico, aquellos tiempos de finales del XIX en que los ingleses, inventores del deporte, le daban vía libre hacia América Latina, donde el dichoso balón crecería hasta convertirse en el fenómeno de masas que desde hace rato es.

Puro reto para sociólogos en el que no faltaría el aspecto religioso, como el que acaba de recordar una amiga brasileña, cuya llamada llega mientras escribo, y comenta sobre el debut de su país en el Mundial y la actuación de este y de aquel jugador, bastante bien todo —dice— pero por si acaso su tío, y la familia de su tío, que viven en Bahía, hicieron sonar tambores antes del juego.

Por estos días, además de ver partidos, he leído bastante al respecto. Análisis y opiniones en los que aparecen aseveraciones tan estremecedoras como esta: "El fútbol no es ni vida ni muerte, es más que eso".

En fin, que pensaba hablar de identidades culturales manifestadas mediante el fútbol y de la influencia de este deporte en las más diversas ramas artísticas, ¡todas!, incluyendo el ballet, y de su temprana aparición en el cine silente y de la numerosas películas filmadas, incluyendo una del inmenso John Huston, del año 1981, acerca de un partido entre nazis y prisioneros y donde Stallone (¡bien dirigido!) es el portero y Pelé, como actor, el jugador que en el último minuto anota el golazo de la victoria.

Pero viendo el fútbol se me ocurrió llamar a Olivia y decirle:

Mira que cosa más linda este juego.

Cuando jueguen Piolín y el gato Silvestre —fue la respuesta presuntuosa.

Pero logré sentarla, y tratando de hacerle más fácil la comprensión le expliqué, en términos absolutos, que los rojos eran los buenos y los azules los malos.

En el deporte no hay enemigos, hay contrarios —contestó, y ahí mismo el orgullo de padre se disparó cual gol dorado, porque en "mi época" ningún niño de cinco años hubiera sido capaz de decir algo semejante.

Pero Olivia se fue interesando y mientras le explicaba aspectos del juego, caí en cuenta que el inmenso terreno, y el público de las graderías, eran como un escenario en donde transcurrían actos perfectamente equiparados con la vida. Lucha, violencia, bondad, risas y lágrimas, aplausos y abucheos, equivocaciones y enmiendas, caídas y levantadas... y no poco teatro, por supuesto, todo en un solo único que muy bien pudiera relacionarse con el concepto de universalidad de ese deporte.

Desde aquella noche, Olivia no solo ve fútbol por televisión, sino que quiere jugarlo. Igual a como lo ve hacer a los niños que en estos días disparan patadas contra balones improvisados en cualquier lugar de la calle.

No está bien, sin embargo, que una niña de cinco años se vaya a corretear con esos fogosos aprendices de estrella. De ahí que su padre, todas las tardes, al salir ella de la escuela y sin dejar de pensar en el trabajo titulado Fútbol y cultura que debe escribir, se convierta en el portero de Argentina, Italia o Irán, mientras la niña, por arriba y por abajo, por la derecha o por la izquierda, de azul o de rojo, vocifera eufórica y chutea.

 

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