|
Una mujer en el espejo
Rapsodia en azul para
Pamela y piano, de la argentina Ana María Radaelli. La novela se
presenta en la Biblioteca Nacional José Martí, el viernes 9 de
junio, a las 2 pm.
STELLA CALLONI Especial
para Granma
Este
es en realidad un libro de poesía más que de prosa poética. Ana
María Radaelli se deja atrapar por las palabras, sus juegos y sus
magias, sin barreras, rompiendo esquemas, astillando espejos. Se
hunde, como en un río, en esta historia en la que me reconozco y en
la que muchos argentinos nos reconoceremos siempre y por eso es la
poesía la que mueve mis manos para trazar estas líneas.
Rapsodia en azul para
Pamela y piano tiene un tono irrepetible, el mismo que pudo ver
Aitana Alberti en un prólogo luminoso. Con ambas, yo recorrí los "laberintos
de la memoria" cuya salida es, en este caso, un inmenso acto de amor
que derrota los tiempos del horror. Las marcas de las dictaduras bajo
las cuales hemos vivido son laberintos diversos en la memoria, como lo
son las clandestinidades o las huidas.
El mundo del regreso que
plantea Ana María es también un largo, sinuoso y sorprendente viaje
por laberintos. Como lo es el exilio. Quien ha vivido el destierro
sabe que hay muchos exilios y que la vida se reinicia en forma
constante, pero siempre las intemperies azotan. Ana María comienza el
regreso desde un mundo cálido y protector y eso cambiará todas sus
percepciones. Y necesita el espejo que siempre coloca frente a ella,
donde sea que vaya. Así puede ser ella misma y desdoblarse en la
otra, la que verdaderamente quedó encerrada y sin salidas. Ana es Ana
y es Alejandra a la vez, una dualidad impecablemente resuelta en su
literatura. Por todo eso, la novela aborda los destellos de una imagen
en el espejo. Hay destellos del pasado, quebrados, hechos pedazos en
las manos también rotas. La desesperada carrera del regreso está
determinada por el plazo, un tiempo del otro que se acaba, y por los
obstáculos, como un sueño en círculos. Y de eso se trata los
caminos cortados por ríos desbordados, por inundaciones que lo
arrastran todo y que dejan huellas y marcas y convierten el paisaje en
espacios irreconocibles.
Para la autora, que está
en el camino del retorno y la búsqueda de la hermana y la familia
perdidas, de su propio paisaje también arrasado, la tragedia de la
inundación es su propia tragedia. Como aquel puente maldito que
atraviesa, que es en realidad el puente hacia una Ciudad Nueva, la
ciudad de la degradación (Ciudad del Este), fundada por el ex
dictador Alfredo Stroessner, en Paraguay. Ana María queda atrapada en
esa Triple Frontera (Argentina, Brasil y Paraguay) en un sitio
imposible de describir como lo es toda ciudad del mal. Y siente que
por allí, por esos caminos pasaron también los desaparecidos que los
dictadores del Sur se intercambiaban como objetos.
Sin saberlo, las
inundaciones que la retienen son como piadosas barreras que le van
dando señales incomprensibles para ella en ese momento. Le dicen las
señales que no siga, que no cruce ese puente, al menos por un tiempo,
hasta que pueda rearmar sus recuerdos y continuar su camino de
regreso.
Ella es Alejandra-Ana, o
Alejandra-Pamela-Ana la que escribe la novela, la que se desdobla, la
que es la otra, amada y desconocida, luchando dentro de ese otro
escenario de amores y desamores. Y la frontera es un espejismo cuando
todo parece estar muy cerca, una ilusión eterna, que está a la mano,
pero es a la vez inalcanzable. La protagonista corre jadeante para
nunca llegar, porque todo la retiene en el camino.
Finalmente esa mujer,
siempre doble, traspasa la Ciudad Nueva. Detrás de este espejismo
está Pamela y Ale, las dos, las hermanas, simbióticamente unidas por
tragedias, por complicidades, adormecidas por otros miedos. Y está la
madre que nunca quiso serlo y que les dejó la señal del desamor como
una imagen bíblica, látigo y castigo, y el padre, a la vez
idealizaciones y una demanda nunca respondida del amor ausente. Y hay
otra imagen desoladora y perversa: la del peregrino. El sacerdote que
acompañaba a los prisioneros condenados a muerte por los dictadores y
les ofrecía una confesión redentora, que en realidad pudiera servir
para cazar a otros. Y les pedía arrepentimiento para luego bendecir a
sus verdugos.
Ese sacerdote es real, tan
real como lo fue en su niñez. Todo cabe en el laberinto del regreso,
en los recuerdos que se mezclan con la nostalgia por la tierra que
dejó y que a veces Ana-Alejandra-Pamela ve con los miedos de haber
decidido por la vida. Con un lenguaje extraordinario, distinto, que
bucea en los caminos de Alejo Carpentier, la autora anda por regiones
bellísimas o duras, despiadadas, adivinando, detrás, los paisajes de
la niñez. Y así logra una superposición maravillosa de imágenes.
Hacia el final, Ana María va despojándose de las culpas,
reencontrándose con sus hermanas, que eligieron caminos muy
diferentes: la que decidió por lo aparentemente estable, en suma por
la frustración, y la que se largó al mundo desafiante optando por la
vida.
La novela de Radaelli
marca una decisión, un compromiso con la vida. Eso es lo que
significa el regreso. Entonces hace su duelo frente a lo que tenía
que dejar atrás para vivir con lo nuevo, lo que renace cada día. Y
su despedida del pasado tiene que ver con el rito de la liberación de
los cuerpos, de la armonización de los dolores, y el retorno a su
eterna lucha sin otros lastres que los dolores auténticos.
Hay en esta novela espejos
rotos y enterrados y otros que brillan para reflejar transparentemente
la cara de Alejandra, salvada de aguas y lodos, cuando, despojada,
deja atrás el pasado para vivir con plenitud en otro paisaje, el que
ella cinceló, y con hermanos y hermanas verdaderas que en su nueva
tierra "sin males", como en los mitos guaraníes, la esperan como para
siempre.
|