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Cazador de bandidos
Texto y foto:
GABRIELDÁVALOS
Donde
se acaba la calle y comienza el terraplén espera un hombre a
caballo. Típico guajiro. Hace ademanes con los brazos para que lo
sigan cuesta abajo, allí convergen los antiguos riachuelos de la
montaña, ahora secos. El camino está arrugado por huellas de
animales, de algunos hombres y de su propio caballo. El Condado,
Sancti Spíritus, rumbo al lugar donde ese guajiro, Osvaldo
Hernández Villazón, halló colgados de un árbol al maestro
alfabetizador Manuel Ascunce y al campesino Pedro Lantigua, en 1961.
AQUEL DÍA
Hacíamos
emboscadas de noche a las orillas de las casas, comienza a narrar
Osvaldo. Pasamos por aquí a eso de las ocho de la noche, ya casi
sin luz. "Ten cuidado, Pedro, que son tus compañeros, —le dijimos—,
porque él siempre daba un alto con su metralleta".
El que cuidaba los
puercos les comunicó a los bandidos qué decir para que Lantigua no
disparara. Ni 15 días después llegaron Carretero, el jefe, y
Felucho Lemus, el antiguo dueño de la finca. Pedro estaba comiendo
con la familia y el maestro. Les salió al paso, pero no disparó
porque, traicioneramente, le dijeron que eran sus amigos.
Según Ana, la esposa de
Lantigua, el campesino llegó muerto al árbol; lo acuchillaron
repetidamente, con saña, narra gesticulando ante la cámara. A lo
largo de 150 metros lo torturaron, lo golpearon, lo arrastraron.
Caímos por su casa como
a las cuatro de la mañana. Ana nos contó que se los habían
llevado presos en aquella dirección, señala. No podíamos hacer
nada porque no se veía aún. Sobre las seis salí a caminar; y los
vi, asesinados, en el árbol.
INFILTRADO
A riesgo de mi vida me
infiltré. Uno de los principales bandidos de la zona era primo
hermano de mi mamá. Tenía que atrapar como fuera a los asesinos de
Pedro y del niño maestro, recuerda.
Era prácticamente
analfabeto; apenas un quinto grado en las escuelas rurales. Solo se
había superado con la Campaña de Alfabetización. Tenía 21 años
cuando se infiltró. Hoy tiene 66 años.
Durante varios meses
preparé la redada. Solo sentí un poco de miedo dos días antes de
la acción, asegura. Fui a avisarle al jefe de las milicias, que ya
tenía todo listo. Cuando llegué me dijeron que no estaba y bueno,
tuve que regresar con los bandidos. Pensé que me iba a quemar. Al
otro día regresé, hablé con el jefe y volví a entrar en las
filas contrarrevolucionarias. Por suerte nunca dudaron de mí. Al
tercer día, la banda cayó en el cerco.
OFICIO PARA SIEMPRE
Desde el año 1960 hasta
noviembre del 1965, Osvaldo participó en la Lucha contra Bandidos
en las montañas donde nació. Diez años después viajó a Angola,
seleccionado por su experiencia, para vencer dos años limpiando
montes y sobrevivir a no menos de 10 emboscadas.
Cuando no estaba en
combate, dirigía granjas cañeras, pecuarias y de frutos menores.
Eso hizo hasta que se retiró, hace poco. Pero con la Seguridad del
Estado no he terminado nunca. Y no hay miedo, porque el peligro no
es el que mata. Soy cazador de bandidos. |