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Transferencia musical
JORGE FIALLO
La
Orquesta Sinfónica Nacional cerró sus conciertos en el marco de
Cubadisco 2006 actuando bajo la batuta del joven director venezolano
Yuri Hung, como anticipo a la dedicatoria que se le hará a su país
el próximo año. Fue un programa corto, pero sustancioso y
significativo, considerando que junto a la Sinfonía no. 35,
Haffner, de Mozart, figuraban dos obras de compositores
latinoamericanos: la Bachiana brasileira no. 7, de Heitor
Villa-Lobos, y la Fuga con pajarillo, del venezolano Aldemaro
Romero.
Cuando se nos pregunta si
conviene más a la Sinfónica que pasen por ella tantos directores
invitados o tener una batuta estable que cohesione y defina su estilo,
tal vez se pueda disentir sobre la cantidad, pero la presencia de
alguien como el maestro Yuri Hung alerta sobre un detalle: el reto
planteado a nuestros músicos en ese pajarillo fugado deja un
tesoro invaluable.
Lo fueron dominando en
gradual simpatía con la manera de dirigir del venezolano, que
reacciona con sus movimientos a los impulsos contenidos en la música
(cuando debía ser al revés: que esta brotara con el impulso de su
gesto), y se metieron de lleno en la imagen estilizada de esa variante
del joropo venezolano, como no lo harían con otro director
ajeno a esas fuentes.
Cabe también un viva por
nuestros músicos, primero por su capacidad para dominar el repertorio
"universal" (malentendido como europeo y su tributario), junto al
continental y nacional. Pero también por su manera de respirar con la
música incluso cuando el director con la batuta, brazos y todo el
cuerpo, bailando sobre el podio, se olvida con frecuencia de marcar
exactamente el punto de arranque y el punto en que cesa cada impulso
y, con ello, de facilitar el acople general en ataques o cierres y la
unidad de intenciones expresivas.
De todos modos Villa-Lobos
es un reto, porque se trata de un compositor genial captando la
multiplicidad de paisajes que conoció, entre la selva, el pastoreo
del ganado, las serenatas, París... Y como nunca se olvidó de sus
raíces, en su música hay ese desenfado que lo lleva familiarmente
desde aquellos parajes al contrapunto de Bach que, por cierto, algunos
recursos polifónicos no son ajenos a ciertas manifestaciones
folclóricas de su tierra por la influencia de los jesuitas, solo que
llevan un pulso bien diferente.
Aquella sintonía fue bien
captada por el joven maestro venezolano, que a la hora de configurar
su programa optó por los contrapunteos también frecuentes en el
folclor de sus llanos, en este caso con el sostén de varios planos y
la interacción melódico-rítmica, de modo que había bastante savia
nutricia en el concierto para llenar el oído y el alma.
El Mozart de Hung quedó
con un nivel de expresividad y un carácter que denotan la presencia
de verdaderos artistas, cada uno en su lugar, más allá de los
incidentes puntuales que forman parte de cualquier interpretación en
vivo porque, por mencionar un ejemplo de su lucimiento, si en el
segundo movimiento, Andante, la entrada y luego repetición del
propio motivo tuvo su desfase por la falta de un movimiento preventivo
preciso, entre todos, casi como para hacer olvidar aquello, le
pusieron alma, corazón y vida a lo que hicieron después. Queda
entonces el saldo a favor en la memoria y un impulso que a la larga
resulta estimulante, un tomar y un dar que nos reanima y enseña por
igual, si le sabemos sacar buen provecho a esa transferencia.
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