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Kapuscinsky y su
retirada de Iraq
ROLANDO PÉREZ
BETANCOURT
rolando.pb@granma.cip.cu
a
ryszard kapuscinsky García Márquez lo ha llamado maestro,
mientras Ramonet no vaciló en certificar que el polaco —ahora en
sus setenta y cinco años de edad— elevó "el reportaje a la
categoría de obra de arte".
Kapuscinsky no quiere ser
"cartero" de EE.UU.
Solo dos opiniones
importantes en relación con un profesional a quien desde hace años
no se le escatiman reconocimientos en las latitudes más disímiles y
para quien jugarse el pellejo, en campos de batalla, ha sido algo tan
usual como su compromiso con la verdad.
América Latina, Europa,
Estados Unidos, los territorios de la antigua Unión Soviética y en
especial África, el continente al cual más se siente unido, fueron
escenarios recogidos por Kapuscinsky en sus reportajes y luego
madurados en libros. Un total de diecisiete títulos entre los que
resaltan los clásicos Ébano, donde deja constancia de su
posición junto a la "silenciada voz de la pobreza" y La guerra del
fútbol, acerca de la contienda sostenida entre El Salvador y
Honduras en el año 1969.
Un estilo
periodístico-literario el de Kapuscinsky en el que a partir de
experiencias personales es capaz de trasponer las más complicadas
situaciones políticas de un país. Y la sugerencia como principal
vehículo para hacer que hasta el menos informado entienda. Este
fragmento, tomado de La guerra del fútbol, es un buen ejemplo
de su estilo. El autor se encuentra arañando la tierra, en medio de
un combate en la selva, junto a un soldado raso:
—Señor,
¡mire cuántos zapatos!
Clavó la vista en las
botas de los soldados de la compañía que se arrastraban, entornó
los ojos, reflexionando con gravedad acerca de algo que le preocupaba
y, finalmente, habló con una voz llena de desazón:
—Toda
mi familia anda descalza.
(...) El tiroteo
amainó por unos instantes (...) Me dijo con voz jadeante que lo
esperara mientras él volvía hasta el lugar donde acababa de
producirse el último combate de su compañía. Los vivos seguramente
ya se habrían alejado de allí (...) y en el campo de batalla sólo
quedarían los muertos, que ya no necesitaban zapatos. Él iría hasta
aquel lugar, descalzaría a algunos muertos, escondería las botas
entre los arbustos y señalaría el escondrijo. Cuando terminara la
guerra y lo licenciaran, regresaría y calzaría a toda su familia. Ya
había calculado que por un par de botas militares le darían tres
pares de zapatos de niño, y él era padre de nueve criaturas.
Títulos honoris causa,
premios literarios y otros reconocimientos, además de unos cuantos
años sobre la espalda, no frenaron a Ryszard Kapuscinsky a la hora de
preparar un maletín y partir hacia el Iraq invadido por Estados
Unidos.
Pero tras comprobar lo que
en un principio se negaba a creer, se fue.
El porqué de la partida
se lo acaba de explicar, con no poco de pesimismo, a un periodista
español: "El Estado Mayor norteamericano trata de mantener a los
periodistas fuera del campo de batalla. Es una doctrina
norteamericana: antes de la acción hay que limpiar el terreno, los
bombardeos. Por eso no permiten a los periodistas investigar antes.
Esos periodistas están en hoteles y solo les dan los comunicados
oficiales. Eso no es periodismo. De la guerra de Iraq, que fue en la
primera en la que se aplicó esa doctrina, me fui, porque eso es el
fin del periodismo de guerra. En esas circunstancias, el periodista no
puede moverse libremente y se convierte en correo postal de
comunicados oficiales".
Aunque Kapuscinsky
reconoce que tanto en Afganistán como en Iraq "hay colegas que han
perdido la vida, toda guerra está siempre vinculada con la mentira, y
la profesión requiere de un sentido de alta responsabilidad".
Y como las manipulaciones
y engaños no se pueden desmontar desde las habitaciones de un hotelÁ
y como Kapuscinsky ya no tiene edad (ni talento) para convertirse en
cartero de Estados Mayores, volvió a abrir el maletín de viaje,
guardó adentro las escasas pertenencias que suelen acompañar a un
corresponsal de guerra, y sin despedirse se marchó.
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