Guanajay se viste de gala

Tres de sus genuinos pobladores regresaron de Paquistán

Texto y fotos: JUVENAL BALÁN NEYRA Enviado especial

Por estos días Guanajay, en la provincia de La Habana, se viste de gala. No por celebrar sus fiestas tradicionales o inaugurar una obra social. Tampoco porque el parque esté engalanado y las mujeres caminen en dirección contraria a los hombres. Tres de sus genuinos pobladores coincidieron en regresar a la Patria tras cumplir con decoro la misión de prestar la ayuda solidaria a las víctimas del terremoto del 8 de octubre del 2005, en Paquistán.

Madre e hijo comparten la alegría del deber cumplido con los colegas paquistaníes.

Ascendieron la escalerilla del IL-96 que los transportó a la tierra amada con la alegría en el rostro por el deber cumplido. La doctora Yudelkis Noa Hernández dejó atrás un grato recuerdo en los campamentos de refugiados de Gonda y Lahore House este último de niños huérfanos víctimas del sismo.

La técnica en laboratorio María de los Ángeles Prieto Castellano dejó su huella por el hospital de campaña de Bissiam, en la región de Balakot, y después en el hospital de Battagram, donde los propios paquistaníes, por el amor y cariño con que ejerció sus funciones se empeñaron en llamarla Fátima Bibí y hasta le mandaron a confeccionar un traje típico a su medida como agradecimiento a tan noble labor.

En este último hospital compartió las intensas jornadas junto al más pequeño de sus hijos, Rasec Lázaro Milián Prieto, de 30 años, quien es enfermero general intensivista. En su pueblo natal, donde a María de los Ángeles la conocen por Lucet, gracia de su madre, ambos laboran en el hospital docente José Ramón Martínez.

En todo momento María y Rasec prestos para ayudar al necesitado.

Madre e hijo están orgullosos por haber tenido la oportunidad de estar juntos en una misión tan noble y humana, ya que la primera que cumplió María fue en Haití, y hasta un mes estuvieron sus hijos sin tener noticias de ella. El mayor de los dos, ginecólogo de profesión, Armando Javier Ruiz Prieto, de 36 años, va por su segunda misión médica, la primera en Gambia y ahora en sus 24 meses en Guyana.

Cuando María de los Ángeles regresó de Haití, ya Armando había partido para Guyana, y cuando este fue a Cuba en sus segundas vacaciones ya ella estaba en tierra pakistaní, junto a Rasec.

El último día en el campamento de Battagram es recordado con agrado. La música cubana acompañaba las labores culinarias de dos enfermeras, una güinera y otra guantanamera. María era pura actividad con su mano derecha vendada por una quemadura con caramelo caliente, haciendo un flan para sus colegas.

Los paquistaníes que conocieron de cerca la tenacidad y laboriosidad de los miembros del Contingente Internacionalista Henry Reeve, se despedían como si algún familiar muy cercano partiera. Alegría y sentimiento se mezclaban en un todo.

María de los Ángeles habla con denuedo de los dos nietos que verá próximamente, mientras en un aparte, en la misma tienda de campaña que dio cobija a madre e hijo, Rasec confiesa a Granma que “Mi madre lo es todo. Ha sido madre y padre. Todo lo que somos mi hermano y yo se lo debemos a ella. La adoramos. Ahora, que tuvimos la posibilidad de cumplir juntos una misión tan importante, me recreo en sus gestos, forma de ser, sus costumbres, por eso me compré una cámara fotográfica y nos hemos tirado fotos para tener un recuerdo de este inolvidable momento. Así la quiero recordar siempre, llena de vida, ayudando a quien lo necesite”.

 

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