Cine y conspiración

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT
rolando.pb@granma.cip.cu 

William Blum, en un formidable libro que lleva por título Asesinando la esperanza, expone cómo durante la férrea campaña llevada a cabo por el gobierno de Estados Unidos para impedir que Italia cayera en “manos de los comunistas” una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, el cine, manufacturado “en América”, fue un factor de primera magnitud para sembrar la duda en millones de votantes.

Ninotchka, de Billy Wilder.

Blum, quien en 1967 renunciara a su puesto en el Departamento de Estado de los Estados Unidos por oponerse a la guerra de Viet-Nam, ha escrito un enjundioso estudio acerca del papel de la CIA y de la mano militar del gobierno estadounidense en numerosos países, desde aquellos años cuarenta del pasado siglo, hasta nuestros días.

En 576 páginas impresas por la Editorial Oriente, Asesinando la esperanza, presentado en la última Feria Internacional del Libro de nuestro país, constituye una denuncia aplastante, tanto por sus razonamientos políticos como por la simple enumeración testimoniada de las atrocidades compuestas a dos manos por la CIA y su régimen progenitor: intervenciones militares, atentados (incluidos a jefes de gobiernos), chantajes, actos terroristas, guerras químicas y maniobras culturales de todo tipo.

Solo en una de esas maniobras, que ocupa cinco páginas del libro, me detendré.

No es un secreto que la lucha de los comunistas italianos contra el fascismo los hizo emerger con un gran prestigio popular tras concluida la Segunda Guerra Mundial. Todo hacía prever que el Partido Comunista Italiano, uno de los más grandes del mundo, unido al Partido Socialista Italiano, barrerían en las elecciones convocadas para el 18 de abril de 1948.

En este momento —escribe Blum— Estados Unidos comenzó a probar sus grandes cañones políticos y económicos sobre el pueblo italiano. Toda la buena experiencia yanki, todas las mañas conocidas en Madison Avenue para influir en la opinión pública, toda la parafernalia hollywoodense se pondría en acción en el mercado seleccionado.”

Habría que recordar que cuatro meses antes de las elecciones, Tom Clark, fiscal general, había declarado que “aquellos que no crean en la ideología de Estados Unidos no deben ser autorizados a permanecer en Estados Unidos”. Y en marzo, a unos días de las mencionadas elecciones, el Departamento de Justicia —teniendo en cuenta el peso de la inmigración italiana y los lazos familiares que esta mantenía, allende lo mares— determinó que “los italianos que no creyeran en la ideología estadounidense no serían autorizados a emigrar, o a entrar siquiera en Estados Unidos”.

Larga de enumerar sería tan solo la lista del plan de “maniobras culturales” dirigidas a evitar el triunfo de los comunistas, entre ellas las transmisiones radiales de la Voz de las Américas y otras emisoras, en las que artistas famosos, como Gary Cooper y Frank Sinatra, grababan programas diseñados para ganar amigos e influencias en Italia.

Pero en ese aluvión proselitista, el cine norteamericano demostraría, una vez más, por qué ha obtenido el blasón de ser el mayor colonizador cultural del mundo, título que —no nos engañemos— todavía pavonea.

Según William Blum, el Servicio de Información de Estados Unidos, empeñado en vender a una población que recién salía de la guerra y la miseria “el modo de vida americano”, presentó en barrios obreros un buen número de documentales y filmes de ficción, que más bien parecían cuentos de hadas madrina en lo relacionado a “las dulzuras del Norte”, y de horror y misterio en lo concerniente al “terror rojo” que se tragaría al país de votar por los comunistas. Y expone que “se estima que en el periodo inmediatamente anterior a las elecciones, más de cinco millones de italianos veían cada semana documentales norteamericanos”.

Pero el tiro de gracia propagandístico, en materia cinematográfica, correspondería a un filme de ficción dirigido en 1939 por Ernst Lubitsch y con guión de Billy Wilder, Ninotchka, en el que Greta Garbo interpretaba a una comisaria política soviética —dura y sin sonrisas— que viajaba a París, a supervisar la venta de unas joyas arrebatas a la nobleza, y allí descubría las maravillas de Occidente y el suave amor de un aristócrata debidamente perfumado.

La sátira, armada con el indiscutible talento de sus rea-lizadores, se salía de los marcos culturales para jugar una perfecta acción desestabilizadora en un momento de saturación propagandística y de muchas confusiones.

El análisis del asunto sería enriquecedor, pero también largo.

Quedémonos por el momento con lo que cuenta William Blum, en cuanto a que tras las elecciones, el comentario (quizá algo exagerado, pero real) de un obrero pro comunista lo decía todo: “lo que nos liquidó fue Ninotchka”.

 

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