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Alicia según Pilar Ruiz
Cecilia
Crespo
Una
noticia recogida de una página de sucesos, un recorte de realidad que
lleva dentro de sí el misterio suficiente como para poder fabular
sobre ella, es la historia que nos propone la realizadora española
Pilar Ruiz Gutiérrez con su ópera prima, Los nombres de Alicia.
Escena de Los nombres de Alicia en la que aparece su protagonista.
La joven directora,
sobrina del reconocido cineasta amigo de nuestro país, Manuel
Gutiérrez Aragón, estrena en las salas cubanas este thriller
psicológico escrito a seis manos e inspirado en una crónica negra
aparecida en un diario de Santander.
Muy bien acogido por la
crítica en varios festivales europeos, este filme del 2005 se
estrenó ayer en el cine Yara y recorrerá las principales salas del
país antes que las de su propia patria.
Narra la historia de una
joven extranjera que llega para convivir con una familia cuyos
miembros, uno a uno, como en un juego infantil, van cayendo en las
redes de su misterio y se convierte en el vórtice de todos los deseos
de estos. Nada es lo que parece y ella misma resulta atrapada en su
propia tela de araña.
Esta historia cuenta lo
que ocurre cuando lo subterráneo, lo furtivo, lo sumergido en las
profundidades —siempre presente— sale a la superficie.
Influenciada por obras de los maestros del género como La sirena
del Mississippi, de Francois Truffaut, cuenta con la actuación
protagónica de la aclamada actriz portuguesa Ana Moreira y del
español Pep Molina.
La violencia no se ve,
pero esta ahí, se respira, lo envuelve todo, como el mar plácido de
verano en una quieta ciudad de provincia, donde las palabras ocultan
lo que en realidad son estos personajes, curtidos en el disimulo y que
solo pueden traicionarse en los detalles, en su propia e íntima
contradicción.
La llegada de una mujer es
capaz de perturbar ese orden establecido, ella no es más que el
espejo donde todos encuentran su propio reflejo, deformado, pero es
tanta la atracción y el vértigo por verlo, que hará saltar en mil
pedazos las vidas de todos.
“Matamos
lo que amamos”, dijo en una ocasión Oscar Wilde. En el borde de la
autodestrucción, las fuerzas incontrolables del deseo, el miedo y la
desesperación; el temblor entre lo que somos y lo que nos gustaría
ser, el descubrimiento de la orilla oscura que lleva todo lo humano y
que arrastra como un imán hacia territorio desconocido y peligroso,
constituyen algunas de las zonas en las que indaga la cinta.
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