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Bejarano
Soledades tatuadas en
lienzo
TONI PIÑERA
Cuando
la actitud deviene formas, el arte profundiza su sentido expresivo y
ahonda sus imágenes. Es lo que ocurre con la obra de Agustín
Bejarano, animada por una corriente interior que siempre —desnuda de
alegorías fortuitas— va tras una esencia testimonial. Entonces,
silencio/tiempo/soledad/dolor /enigma/infinito..., marcan sus códigos
de transferencia ante la carnalidad de una pintura, dibujo o grabado.
La
recién concluida 9na. Bienal de La Habana nos abrió las puertas a
una agradable sorpresa en una de las salas transitorias del Museo
Nacional de Bellas Artes —que aún se mantiene—: la muestra Abismos,
en la que el joven creador logra la síntesis más radical que cabe
esperar de un gesto artístico: una serie de trabajos, pertenecientes
a Los ritos del silencio (acrílico y caolín sobre tela, y
otras de pulpa de papel, acrílico y caolín sobre tela).
Cuando uno se acerca a la
obra de Agustín Bejarano sabe que está en presencia de algo
original, diferente. La vista recorre los intrincados laberintos
texturales de las superficies y luego se sumerge en la esencia de la
obra: el hombre con su vida. Aunque se hace evidente la universalidad
alcanzada por el lenguaje artístico, en él persiste la percepción
rural de sus comienzos. En las cicatrices de la tierra que se seca, y
que de alguna manera nos remiten a la misma textura del cuerpo humano,
está presente su modo de ver y una preocupación material que
conformó en el ámbito camagüeyano de su infancia. Todo ese sentido
de relación con la materia, que más adelante se pondría de
manifiesto en su adopción del grabado como primera de sus
dedicaciones profesionales en el medio artístico, se han continuado
expresando a la manera de un testimonio anatómico de sus propios
sentimientos, temores, desasosiegos y pensamientos.
DEL SILENCIO Y LOS RITOS...
Hay algo de radiografía
de un vasto teatro de situaciones, pero donde la estructura
subterránea emerge y se graba en la tela con un hermoso ritmo alado.
Es que en Bejarano, el valor de la materia no se dirige exclusivamente
a provocar sensaciones físicas en el individuo, muy a diferencia de
los denominados artistas matéricos, en él cada sustancia extendida
sobre la superficie del lienzo o la cartulina, posee vida, es como un
organismo animado que dialoga con su conciencia, y le sirve para
expresar una suerte de alerta (Abismos...) delante de los ojos.
Es curioso que este
creador se acerque cada vez más a lo aparentemente narrativo, a la
peripecia cotidiana, a la simbología de presencia ecológica, para
producir realmente un proceso de viraje en su labor plástica. De ese
modo, la obra avanza hacia un terreno de sugerencias, de palabras que
nunca se pronuncian, de lecciones destinadas a los espectadores, de
entre simples y enigmáticas parábolas dispuestas entre la reflexión
y la fantasía.
ABISMOS, ALAS, VUELO...
En el deseo de vuelo, el
descanso taciturno encima del ala del avión, el querer repetir la
ilusoria pertenencia de ascenso aéreo diseñada por Leonardo —solo
que en su caso los edificios mismos, aferrados a la tierra,
constituyen el recurso para volar—, se nota no solo el afán de
crecimiento propio de su personalidad, sino una búsqueda constante,
la pretensión de trascendencia y la necesidad de superar los límites
contextuales de la existencia.
El contraste y a la vez
completamiento entre el ala y el abismo, el sombrero que asegura la
razón de pertenencia, y el tronco que sirve para construir el
vehículo superador de inundaciones y otras aguas, hacen del discurso
del artista una especie de reflexión con claves en las que no falta
el sentido poético.
Un poco como hizo Chago
Armada con su Salomón, que era él mismo o lo que él hubiera querido
ser, en Bejarano (hombre desnudo, hombre de la tierra, hombre con
sombrero, hombre de la siembra, hombre de mundo, hombre de la
emigración, hombre sin fronteras), existe una tendencia clara a dejar
atrás la estrecha circunstancia local, y sin olvidarla, proyectarse a
un mundo de preocupaciones comunes, de dolores esgrafiados sobre la
piel del universo, de tatuajes abarrotados de noticias y anhelos
numerosos. El infinito se torna finito dentro de los círculos, los
óvalos y rectángulos de este artista; y allí, en la hondura de
muchos de sus cuadros, yace el afán de mirar la plenitud del bosque,
sin olvidar la identidad de cada uno de los árboles. Porque en él
late una vocación por la sencillez que constituye, en verdad, su modo
de asumir los grandes dramas con la temperatura de un cuento juvenil.
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