Guerrillera en las calles y en la Sierra, constructora de sueños

Pastorita Núñez, sus recuerdos

KATIUSKA BLANCO

El padre, Don Joaquín Núñez Roque, hombre culto y humilde, esperaba en el jardín de la casa mientras el aire arremolinaba las hojas por el suelo y la penumbra se hacía más densa en el silencio de la calle Luisa Quijano, en el polvoriento Marianao de aquel día 27 de abril de 1921, a las once de la noche. Ansioso, el hombre recorría de uno a otro extremo el breve espacio, hasta que al fin Florinda González Álvarez, su Flora, alumbró a la nueva criatura.

La recogedora asomó su estampa en el portón y le dio la noticia de que Flora y la niña estaban bien. El padre, con su gentileza, cortó del jardín galanes de noche, maravillas y jazmines para entregarlos a la madre y luego, al obsequiar las flores, la besó feliz en la frente, sin dejar de mirar a la recién nacida. La niña no dejaba de llorar y llorar y llorar, y al fin, cuando comprobaron que estaba bien, alguien dijo: “esta niña nació rebelde”.

Pastorita Núñez desborda su carácter azul intenso como mar profundo y sigue siendo tan rebelde como aquel umbral de madrugada en que nació.

Su historia es la de una gran mujer, de una estatura vital y revolucionaria distinguida desde tiempos inmemoriales por Chibás, Ñico López, Abel Santamaría, Juan Manuel Márquez, Juan Manuel y Gustavo Ameijeiras, Armando Mestre; por tantos otros compañeros de lucha, y de manera muy especial por el pueblo y Fidel.

Escuchándole el espíritu por su propia voz, ahora que arriba a sus 85 años, confirmamos su presencia maravillosa: lúcida, generosa y leal. Todos los días hace ejercicios y no puede perder el tiempo. Confiesa que a las cuatro de la mañana se despereza para tomar un medicamento pues a esas horas surte mejor efecto. Con la amanecida hace la ejercitación —sentada en una silla desde que fue operada de la cadera. Nunca menos de una hora de esfuerzo. Luego limpia ella solita toda la casa colonial donde habita, rodeada de las edificaciones y jardines del asilo de ancianos Santovenia, para después dedicarse al resto de los múltiples quehaceres en que gira su mundo. Sigue la tradición de empeño de su madre: trabajadora inagotable, estricta en los horarios y la pulcritud, atenta a los pequeños y grandes asuntos de lo cotidiano. Como no pudo continuar laborando en el organopónico donde volcó sus energías y que creó por propia iniciativa al llegar a su nuevo hogar, fundó un aula del adulto mayor.

Desde el portal se escucha en las mañanitas el incesante teclear de su vieja y displicente maquinita mecanográfica. Sobre la mesa delicadezas de las monjitas: unas galletitas o una estampita —ellas, las monjitas, fueron quienes insistieron en que dedicara horas a la escritura—; bolígrafos en cajitas de perfume como portalápices, un pisapapel de barro esmaltado, volúmenes de José Martí que ha comenzado a leer, recuerditos, postales y quizás una taza del cafecito humeante que le deleita también a la hora de mirar los noticiarios o la Mesa Redonda. Pero temprano y en los mediodías, ella está ahí, persistentemente inclinada sobre el papel que se desborda del rodillo, mientras los pájaros cantan en los árboles que circundan la casa. Permanece horas en la oficinita junto a la sala, rodeada de sus recuerdos más entrañables: la mascarilla de Chibás, la carta de su padre, los libros, las fotografías junto a Fidel, Celia, Camilo y Che en la Sierra; sonriente en un retrato en la compañía de Raúl y Vilma, y especialmente feliz en otro, donde se estrecha en el abrazo de Fidel aquella vez que fue a verla, a visitarla, a expresarle su cariño y su admiración.

Cuenta que conoció a Fidel en mayo de 1948 en medio de la intensa campaña de Chibás por la Presidencia. Reparó en él al escuchar su interés por el programa del futuro Gobierno, pues todo no podía ser únicamente fundado en la honestidad administrativa. Ese día conversaron largamente después de que Paquita Vivar los presentara. Nació entonces una relación de la cual guarda anécdotas entrañables. Recuerda cómo recién acontecido un acto en febrero de 1952, en el pueblito de San Antonio de Río Blanco, llegó Fidel y la gente que ya estaba dispersa se avisó y reunió nuevamente y entonces sí que fue un acto encendido, por las denuncias de Fidel, publicadas por aquellos días en la prensa, en las que aportaba pruebas irrefutables de que todo lo que Chibás había afirmado en sus alocuciones antes de su aldabonazo final, era cierto: no había que ir a Guatemala para demostrarlo, porque la corrupción del Gobierno de Prío era evidente en Cuba.

Pastorita escribe y escribe sin cansancio porque siente la necesidad de hacerlo, de contar en cuartillas lo vivido, intenso y hermoso, como algo íntimo. Me lo confiesa en una visita que le hago con el interés de sostener conversaciones minuciosas y devela sus anotaciones con recato, casi se disculpa: “no fueron escritas para la lectura”, insiste. Quedamos en trabajar todas las mañanas y así lo hicimos las semanas del último diciembre. Me deja repasar lo anotado en voz alta, porque así no tiene ella que leer fijando la vista. La emoción a veces nubla los ojos y calla las palabras. Insisto porque esas estampas o pasajes de su memoria tienen extraordinario valor para la historia de la Revolución, es —le digo— como una nueva obra que ha edificado.

Y entonces llega el asombro, porque lo que ella llama modestamente apuntes es realmente un libro, un libro que recuenta su vida, la de la combatiente de las calles y la Sierra, la que recaudó dinero para el Ejército Rebelde sin que se le perdiera un centavo, la que dirigió el Instituto Nacional de Ahorro y Viviendas y edificó una obra perdurable, un sueño revolucionario. De ese libro que anclará, como la propia Pastorita, en el alma de los cubanos, publicamos hoy algunas de sus inéditas páginas:

En la Comandancia con Fidel

De la tiendecita de la Maestra, donde tuve el encuentro con Fidel, nos dirigimos al día siguiente a la Comandancia de La Plata. Lo primero que hizo fue redactar el impresionante parte de guerra de la batalla de El Jigüe, transmitido el 22 de julio por Radio Rebelde, cuyo texto —en deferencia que mucho le agradecí— pude conocer antes de ser difundido.

En la Comandancia recibí el honor de su hospitalidad hasta el 21 de agosto. En ese tiempo hablamos largamente de las incidencias políticas; de la falla de algunos ortodoxos de la alta dirigencia del Partido del Pueblo Cubano, y de la lealtad y valentía de los seguidores de Chibás en las filas del pueblo; de la farsa electoral propuesta por Batista, y de la inutilidad de elecciones amañadas, que se estrellarían contra el bastión de la Sierra Maestra.

El Comandante había pensado —según me dijo— destinarme a prestar servicios en el hospital de Pozo Azul, dirigido por el capitán René Vallejo. Después analizó la conveniencia de que mis gestiones se encaminaran a la búsqueda de recursos monetarios, pues no había dinero siquiera para enfrentar las necesidades de la recogida de café, que el Ejército Rebelde debió asumir, frente a la ofensiva del ejército de la dictadura, que tenía bloqueados los accesos de entrada y salida a la Sierra.

El 18 de agosto, muy contento, nos llamó: “Celia y Pastorita, vengan acá”. Nos presentamos ante él, y como si se tratara del itinerario de un viaje de vacaciones, nos dijo: “Ya lo tengo todo. Voy a hacer la orden de cobro del Impuesto de Guerra. Pastorita va a recorrer uno a uno todos los centrales azucareros, y en un mes tendremos contante y sonante todo el dinero que necesitamos para comprar armas, para el avituallamiento de la tropa y para pagar la cosecha de café”. Celia le dijo: “¿Tú crees, Fidel?” “Claro que lo creo. Estoy seguro”, le respondió él.

Como la habitación era pequeña y sus pasos eran largos, llegaba y viraba de la puerta a la cama, y de la cama a la puerta, en más de quince veces, gesticulaba, mordía el tabaco, y lleno de euforia dijo: “Ya está todo. Mañana a primera hora redacto la orden, porque ahora voy a leer”.

Al día siguiente, 19 de agosto de 1958, atendió temprano a “Paco” Cabrera, que le traía unos informes, a Ricardo Martínez, y a un dirigente del Movimiento, creo que de Palma Soriano.

Cuando salió, Fidel le dijo a Celia: “Que no me interrumpan ahora, a no ser para algo importante”. Me llamó. “Siéntate ahí”; es en el borde de la cama, él está en un taburete. Tomó un block de papel chico, en el que usualmente hacía las anotaciones, y comenzó a escribir:

Territorio Libre de Cuba.

Sierra Maestra.

Agosto 19 de 1958.

Se comisiona a...” Se interrumpió, me miró, y exclamó: “No sé si poner tu nombre de guerra —Agustina— o tu verdadero nombre, porque es bastante riesgoso; tu nombre es conocido”. Le contesté: “El riesgo es igual, Fidel, pon el que resulte más efectivo”. Se quedó pensando un breve instante y... “tienes razón, el riesgo está en llegar a los centrales azucareros, cualquiera que sea el que vaya. Voy a poner tu nombre”, y redactó:

Se comisiona a la compañera Pastora Núñez a fin de que con otras personas integre una Comisión con el objeto de visitar a todos los propietarios de ingenios azucareros de la provincia de Oriente para informarles que por disposiciones militares del Ejército Rebelde se establece la contribución de quince centavos por cada saco de azúcar de 250 libras producido en la zafra de 1958, de los cuales, diez centavos corresponden al central y cinco centavos al colono, debiendo el central abonar la parte correspondiente al colono para facilitar el cobro de la contribución y descontarla al colono en su oportunidad.

Esta contribución deberá ser satisfecha en su totalidad antes del próximo 15 de octubre.

El cumplimiento de esta obligación por parte del contribuyente lo hace acreedor a las garantías que solo el Ejército Rebelde puede hoy brindar a las cañas y a las instalaciones industriales de todos los centrales de la provincia.

El no cumplimiento de la misma en el tiempo y forma indicados dará lugar a sanciones que serán irrevocables a partir de dicha fecha, pues no admitirá aplazamiento alguno ni aceptaremos su cobro posterior.

Fidel Castro.

Comandante en Jefe.

Leyó la orden dos veces. “Así está bien”, dijo, y me la entregó. “¿Me voy ahora mismo?”, le digo. “No, qué va. Sales mañana, pues todavía tengo que explicarte los detalles de su aplicación y las variantes que puedan presentarse. Pero ahora tengo que atender otras cosas”.

Esa noche mientras comíamos, y como para darme seguridad en el éxito del cumplimiento de la misión, me dijo: “Cuando regreses te voy a mandar para que ayudes a Almeida en la organización del Tercer Frente”.

Después empezó con una larga explicación de advertencias, detalles y consejos sobre el comportamiento que debía observar en el cobro del impuesto.

Por la mañana, cuando me disponía a salir, dijo: “Espérate un poquito para que le lleves a Raúl un mensaje”. Llegó la hora de la partida. Nos abrazamos. Celia trajo café para los dos. Otro abrazo. “Hasta dentro de un mes, Jefe...”.

Esperamos verte muy pronto, Pastorita”, me contestó, y ya lejos del campamento me volví, miré hacia la Comandancia. Su figura legendaria ocupaba la ancha entrada. Al unísono levantamos los brazos y nos dijimos adiós.

 

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