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El segundo matrimonio de Silveria Reyes
En la noche, cuando el majestuoso Orinoco oculta su abundante flora y fauna, esta maestra venezolana regresa a casa tras visitar los
“ambientes” fluviales, donde estudian los indígenas de la etnia Warao
MARIELA PÉREZ
VALENZUELA y RENÉ PÉREZ MASSOLA (Foto) Enviados especiales
DELTA
AMACURO, Venezuela.—El calor del Sol es más fuerte cuando en
horas del mediodía Silveria Reyes recorre varias veces en la semana
cientos de kilómetros del río Orinoco para visitar a algunas
familias de la etnia Warao, que viven a orillas de los caños
(canales), en chozas o palafitos (casas de madera construidas sobre
postes en el agua).
En una curiara,
embarcación de madera construida deltronco de un árbol y que para
los indígenas Warao que habitan en el Delta del Orinoco es un medio
de vida, Silveria se traslada desde Caño La Horqueta hasta los “ambientes”
fluviales, espacios donde reciben clases los nativos incorporados a
los programas sociales de la Revolución.
Allí supervisa ocho
ambientes y casi siempre retorna de noche a casa, cuando la
oscuridad se adueña del río y se ocultan la caña brava, la palma
de coco, la flor del platanillo; el movimiento por el Orinoco es
escaso y los bohíos, apagados, se confunden con la abundante
vegetación.
Durante el trayecto de
casi dos horas, hasta el sector de Buenaventura, de la parroquia
Virgen del Valle, Silveria recuerda los días en que ayudada por sus
alumnos trasladó los televisores y los equipos de video en curiara,
“halando kanaletas” (remos), hasta los lugares donde había
electricidad.
“Fue
un trabajo fuerte, pero se requería que la educación llegara a la
zona fluvial”, afirma esta mujer, que con dos hijos pequeños se
incorporó a la misión educativa desde su inicio en el año 2003 y
con el método cubano Yo sí puedo, alfabetizó a una veintena de
indígenas Warao.
Para ello, explica, fue
necesario traducir la cartilla a su lengua nativa, pues la mayoría
desconocía el castellano. Trabajé con mucho gusto con ellos, y
tuve que apelar a decenas de “trucos” para que comprendieran,
refiere.
Cuenta que en los videos
de alfabetización los profesores trazan las letras en una pizarra.
Si se refieren a la o, esbozan un círculo, pero los indígenas,
dice, cuando yo les hacía la figura con la mano no sabían decir “o”
en español, entonces me decían que era una pelota.
“Yo
le preguntaba: ¿qué es esto?, ya lo aprendimos, es una letra, la
conseguimos dentro de las vocales, ¿cual letra será? Se las
enseñé por número, la a es el 1, la e es el 2, y así
sucesivamente, y entonces me decían, la pelota representa el 4 y
eso para mí era grandioso. Así les enseñé todas las vocales”,
recuerda.
“Cuando
ellos aprendieron me hablaban con señas, las vocales las
`fabricaban' en el aire pero no las pronunciaban, entonces a manera
de susto yo les decía ¡eh!, y ellos se sorprendían y lo
repetían, e, e, hasta que con mucha paciencia logré que las
escribieran en la pizarra.
“También
hacíamos un juego, y eso los estimulaba. Les indicaba: vamos a
formar una palabra, tú te llamas a, tú serás la m, entonces la m
corría para ponerse detrás de la vocal, y así logré que se
alfabetizaran y se mantuvieran en las aulas, en tanto ahora se
preparan para alcanzar el sexto grado.”
Una de las emociones
más grandes de su vida fue la de alfabetizar a su mamá. “Mi
mamá vivía en uno de los caños y enseñarle a leer y a escribir
fue algo que me motivó mucho”, dice Silveria, quien con nostalgia
recuerda que su madre siempre ocultó su condición de iletrada.
“Ella
tomaba un periódico y por las fotografías comentaba la noticia;
sus hijos pensábamos que sabía leer y escribir, hasta un día que
nos percatamos que tenía el diario al revés”, recuerda.
Para ella fue muy
emotivo el momento en que su madre, en los últimos días de su
vida, le dictó una carta de agradecimiento al Presidente Hugo
Chávez por la posibilidad de alfabetizarse. Por esa, y por otras
muchas razones, afirma, estoy “casada” con este programa de la
Revolución.
Para Silveria, quien
forma parte de la estructura municipal de la Misión Robinson y
cursa la licenciatura en Educación en la Misión Sucre, la palabra
descanso no existe.
“Ahora
estamos alfabetizando a los que quedaron rezagados en las
comunidades indígenas. Lo grandioso fue que los mismos indígenas
que yo alfabeticé ahora son `facilitadores'. Esa, fue otra de las
grandes metas que logramos en esta Misión.” |