Consagración y juventud en un mismo puerto

AMADO DEL PINO

Casi nunca juntos dos montajes en una misma reseña. Pero en las últimas semanas asistí a un par de acontecimientos que se me enlazan. Nuestro gran dramaturgo Abelardo Estorino reestrenó Parece blanca, su personal y brillante versión (o debemos decir visión) de Cecilia Valdés o la loma del ángel, esa novela clásica de nuestra literatura y de la educación sentimental de varias generaciones. Noches después asistí a un montaje de graduación de la Escuela Nacional de Arte, que me ratifica la certeza de que esta tierra de Milanés, Virgilio Piñera, Vicente Revuelta y de Estorino puede seguir apostando por un teatro vigoroso y un público cómplice de sus búsquedas.

Parece blanca, de Abelardo Estorino.

De Parece blanca —estrenada en 1994— he dicho que es el mejor espectáculo del Estorino director. Suele suceder que la inmensa obra del dramaturgo pone en desventaja al teatrista que ha ido perfilando sus espectáculos con un crecimiento nada despreciable. En Parece... el maestro establece un lumínico juego con la novela de Villaverde que se cumple en la pulcritud y la fuerza del verbo, pero su arte brilla también en la flexibilidad de las composiciones, el encanto aparentemente muy improvisado de la dirección de actores. La puesta cuenta además con una música ejemplarmente integrada a la acción, de Juan Piñera y una primorosa selección de los objetos a cargo de Carlos Repilado.

Judith Carreño asume el reto de interpretar el mito Cecilia que en su estreno fue bordado por nuestra excelente actriz Adria Santana. Yudith demuestra vigor, ligereza, sabe mezclar el candor y la furia. Es en el plano de la emisión de la voz donde podrá perfilar más su desempeño. En el resto del elenco sobresale la sobriedad de Arístides Naranjo, el soberbio decir de Mayra Mazorra. Monse Duany ratifica su talento, pero con la sucesión de las funciones es de esperar que caracterice más, alejándose de su propia atractiva personalidad. Es en el hondo monólogo de su personaje que consigue emocionar cabalmente. Pancho García y Miriam Learra, veteranos del elenco de estreno, dan una lección de profesionalidad, encanto y rigor. En nuestro contexto resulta admirable y poco usual la variedad y densidad de los roles que ha interpretado Pancho en las últimas temporadas.

Maykel Chávez propició con Puerto de Coral la graduación de tres estudiantes de la Escuela Nacional de Arte. Confieso que esperé más complejidad sentimental del texto, pero aplaudí la fluidez en el tránsito de las situaciones, la gracia auténtica y perenne que caracteriza a este joven dramaturgo. El experimentado director Ariel Bouza llevó la puesta en escena más allá de un ejercicio de graduación y se permitió un montaje dinámico, rico en variaciones espaciales y con un ambicioso diseño de luces. Pero queda claro que el objetivo cardinal es dejar ver las posibilidades y el aprendizaje de las nuevas profesionales. Liset Jiménez llama la atención por el partido que saca a una imagen agradable y singular. Claudia Alvariño demuestra un excelente aprendizaje a la hora de desplazarse con gracia por el escenario y —al igual que sus compañeras de escenario— saca espectacularidad de cada momento del montaje, sin desaprovechar los momentos de mayor carga emotiva. Claudia López se suma a la agradable y casi delirante atmósfera de juego, pero se aprecia un tanto menos segura en la valoración de los textos y la expresión de sus contradicciones.

Mención aparte merece la presencia de Corina Mestre en este espectáculo de graduación. Ver a Corina, compartiendo las tablas con las diplomantes, y a Judith, estrenando con Estorino, son síntomas de que el diálogo generacional sigue siendo posible, deseable, y, claro está, imprescindible.

 

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