Silencio, que están tocando las bandas 

ANETT RÍOS JÁUREGUI y GABRIEL DÁVALOS

Corría el 2004. Después de cumplir los primeros 33 años de su vida encima de tractores o guataca en mano, Juan Álvarez García, machetero y jefe de brigada en la agricultura, en Bartolomé Masó, se presentó a las pruebas de aptitud para convertirse en músico de la nueva banda municipal. Contra los más severos pronósticos, incluso los suyos, aprobó los exámenes de ritmo y entonación. Entonces decidió experimentar los misterios de la musica, viajó a Bayamo y se presentó en la Escuela Provincial de Bandas. Sin consultarle, le asignaron un extraño instrumento de viento, con el cuerpo enrevesado y parecido a una nota musical: la trompa.

Foto: OTMARO RODRÍGUEZJuan Álvarez García: de machetero a trompista.

Juan sostuvo aquella trompa en las manos como si fuera la primera abstracción de su nueva vida. Era feo y quería cambiarlo, apunta. Pero aprendió a vibrar los labios contra la embocadura y a sacar melodía de aquel amasijo metálico. "Me di cuenta de que en realidad era hermoso, poco conocido y muy rico musicalmente. Es uno de los instrumentos más complicados, tiene los sonidos pegados y difíciles de controlar. Tras cinco meses de clases sentí que ya lo dominaba, pero me queda mucho por aprender".

Mozart escribió cuatro conciertos para trompa y orquesta que quizás Juan algún día intente interpretar. En julio del 2004, después de solo seis meses de clases, los muchachos de la banda municipal de Masó ya cumplían con dignidad los rigores de tres partituras: el Himno Nacional, la Marcha del Miliciano y el Rico vacilón.

Tranquilamente, ocurrió el milagro. Decenas de jóvenes salidos de oficinas, caseríos, peluquerías, surcos, escuelas y esquinas de aburrimiento, quisieron aprender música. Regresaron a sus casas con un instrumento, sueldo mensual de artistas, y luego, uniformados, se sentaron en los parques para protagonizar conciertos y aplausos.

Foto: OTMARO RODRÍGUEZLa Banda Municipal de Masó durante un ensayo al atardecer.

"Los muchachos surgieron de la nada", señala Raúl Martínez, instructor de arte, músico profesional de la Orquesta Sonoridad y director de la banda en Masó. "Una banda es un solo ser y un solo sonido", aclara. Formar a sus músicos, según Martínez, requiere un estricto ejercicio de disciplina y constancia.

La Escuela de Bandas de Bayamo comenzó las clases en enero del 2004 para jóvenes con aptitudes y no necesariamente conocimientos musicales. El objetivo del primer periodo era que los alumnos aprendieran a tocar marchas e himnos. A cada conjunto municipal se le dio la oportunidad de interpretar una obra en la celebración provincial por el 26 de julio de ese año.

A Niquero le tocó ejecutar La batea, de Tony Taño, recuerda Yunier Osmany Labrada Sánchez (22 años de edad), el director de la banda en este municipio. Yunier pasó el nivel elemental de guitarra en la Escuela de Arte Manuel Muñoz Cedeño. Fue al preuniversitario, después al servicio militar y la música quedó pendiente en su vida hasta que apareció esta convocatoria provincial. "Asistí porque era una forma de seguir en la música. Me dije: Voy a ir a ver qué me espera. Resultó que el único de Niquero con previos conocimientos musicales en la Escuela fui yo, y terminé como director".

Foto: OTMARO RODRÍGUEZYunier Osmany Labrada director del conjunto en Niquero, junto a uno de sus músicos.

Después del primer año de clases, la Escuela organizó un plan de estudio que comprende 15 días de superación en Bayamo y otros 15 de permanencia en los municipios. Durante este segundo tiempo cada grupo organiza sus actuaciones en diferentes barrios y plazas. Los sábados son días de retreta. En Media Luna, suena la música a mitad del día en el parque junto a la Terminal; en Niquero, organizan las sillitas en el parque Ricardo de Céspedes. En Masó, lo mismo actúan en una plaza, que suben a músicos e instrumentos en el lomo de un camión, y viajan a San Lorenzo, Las Vegas de Jibacoa, Las Mercedes, Minas del Frío... hasta donde el transporte y la montaña los deje.

El director de la banda de Masó, considerada el conjunto más integral de la Escuela en este momento, recuerda la primera presentación, en la comunidad de San Juan II, como el concierto de mayor éxito. "Fue un impacto absoluto", exclama, "el pueblo y los dirigentes quedaron maravillados".

De aquellas primeras presentaciones a hoy, y con la asesoría de los maestros Carlos Puig y Salvador Alarcón, el repertorio ha llegado a casi 30 obras en todos los casos. En la antigua y restaurada planta de hielo en Niquero, sede de la banda municipal, Yunier destaca que ahora son capaces de interpretar 28 números que incluyen música popular cubana, marchas, himnos y algunas piezas clásicas. El repertorio tiene una aceptación inmensa, cuenta. La gente gana cultura, escucha, aplaude. A mí, por ejemplo, me gusta particularmente como nos queda el Gato montés. Pero quisiera tocar obras clásicas. Tenemos un movimiento de Beethoven. Deberíamos tocar otros.

Laritza Hernández Rey (28 años) y Yoleidis Fuentes Mompié (27 años), tocan la flauta y el clarinete, respectivamente, en el conjunto de Media Luna. No hay muchas mujeres en las bandas, pero no encuentran una razón especial para esa desigualdad. De algún lugar me tiene que venir la música, dice Laritza, mi mamá compone y ha participado en varios concursos. Yoleidis cantaba y trabajaba como instructora de un círculo infantil.

Tienen un sueño similar al de Yunier. El anhelo de todo músico es tocar grandes obras, comenta Laritza. Tenemos que cumplir ocho años de servicio social en la banda y espero que en ese tiempo lo podamos hacer.

Son las tres de la tarde en Media Luna. Hay silencio y sol en el pueblo. Laritza y Yoleidis, en primera fila para el ensayo semanal, comienzan los ejercicios de respiración, la vocalización con los instrumentos. Saxos, flautas, trompetas, oboes, tumbadoras, baterías. Jorge Hernández, el director, orienta a los 29 músicos el orden de las ejecuciones. Este no es cualquier ensayo. En unos días serán evaluados en la escuela de Bayamo para el pase de nivel (ahora están en el cuarto). A estas alturas todavía no deciden qué obra del repertorio van a presentar. Los exámenes exigen una obra obligatoria, otra que escoge el claustro académico y una última, de elección completamente libre. En realidad lo que queremos es pasarlo como corresponde, explica Hernández, y en caso de que lo hagamos, sera una epopeya.

En realidad, otra epopeya.

 

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