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Por conquistar toda la justicia lucharemos hasta la
victoria siempre
Intervención de
Ricardo Alarcón de Quesada, presidente de la Asamblea Nacional del
Poder Popular, en el Acto Solemne Conmemorativo del Aniversario 111
del Inicio de la Guerra Necesaria organizada por Martí.
Tribuna
Antimperialista, 24 de Febrero de 2006
Comandante
en Jefe
Fidel
Castro Ruz
Compatriotas:
Un
día como hoy, en 1895, frente a obstáculos que parecían
insalvables, arrostrando la peor amenaza que José Martí supo
denunciar en páginas imborrables, nuestro pueblo reanudó el
combate que había iniciado el 10 de Octubre de 1868. Esta vez la
contienda empezaría simultáneamente en todo el territorio nacional
dirigida por un Partido y un mando militar único que tratarían de
lograr rápidamente la victoria para impedir la intervención del
imperialismo norteamericano que durante un siglo afilaba sus garras
en la sombra.
Pero nuestros abuelos no
pelearon solamente por librarse del yugo colonial. Su lucha no
buscaba sólo la independencia y la soberanía. Ese sólo objetivo
era ya un desafío colosal a su brega solitaria, aislados del resto
del continente y enfrentando desde el principio la oposición
abierta de quien siempre quiso avasallarnos.
Ellos se atrevieron a
soñar y a pelear hasta morir por mucho más. Era "la bandera de
la guerra por la justicia" la que se había levantado, según
Antonio Maceo, el 10 de Octubre en La Demajagua.
Alcanzar "la perfecta
igualdad" entre todos sus hijos era para Céspedes el objetivo
de la Patria que él fundó ese día. A "conquistar toda la
justicia" convocó Martí el 24 de febrero de 1895. Una Patria
absolutamente libre e independiente, sustentada en la plena igualdad
y solidaridad entre los hombres, fue siempre el ideal que movió a
los cubanos, la fuerza que dio origen a la nación y forjó al
pueblo en el empeño por hacerla realidad.
Por conseguirlo fue
necesario pagar un precio muy alto. Ríos de sangre fluyeron a lo
largo del camino, fueron muchas las derrotas y las frustraciones. El
dolor y la amargura lo acompañaron siempre, pero el pueblo cubano
perseveró en su marcha.
Frente a él como
enemigo principal estuvo siempre el nuevo imperio que desde su
origen mismo se propuso aniquilar la Nación cubana. "Apoderarse
de Cuba" era "el secreto de su política" advirtió
Carlos Manuel de Céspedes cuando la Patria apenas daba sus primeros
pasos. La lucha de nuestros antepasados fue sumamente dura porque el
colonialismo contó en todo momento con el activo apoyo de Estados
Unidos en todos los terrenos. Apoyaron materialmente al ejército
español, impidieron la solidaridad internacional con nuestra causa,
persiguieron a los patriotas emigrados y esperaron que Cuba, aislada
en su lucha solitaria, se desangrara para intervenir en la Guerra y
apropiarse del país. Actuaron siempre guiados por el cálculo
cínico y la maldad más fría que denunciara a tiempo el Apóstol.
Nuestro pueblo combatió
siempre en el terreno de la acción heroica y en el de las ideas.
Tuvimos que librar la lucha más prolongada, sangrienta y
devastadora. Al mismo tiempo nuestros antecesores crearon
instituciones y normas legales que regirían en los territorios
liberados, se empeñaron por establecer, en medio de la guerra más
cruel, un estado peculiar, la República de Cuba en armas, cuyas
fronteras y funcionamiento sufrían las consecuencias que imponía
el conflicto bélico, pero dentro de sus límites hicieron florecer
la democracia con organización de la vida civil, un sistema de
gobierno y legislaciones en muchos aspectos más avanzados que los
que se conocían en el decadente imperio y en los países
capitalistas.
Guáimaro, Baraguá,
Jimaguayú y La Yaya, rincones sagrados de la Patria, son testimonio
de las profundas raíces de un patriotismo que se esforzó en la
búsqueda del consenso y en la incorporación real de todos a la
plenitud de los derechos ciudadanos y a la participación política
sin distingos de raza, credo o condición social.
Bayamo, nuestra primera
capital, abolió completamente la esclavitud en 1868, convirtió en
gobernantes a negros y trabajadores manuales y estableció un
gobierno cuyos integrantes se reunían con el pueblo en la plaza
pública a discutir abiertamente los principales problemas del
momento. En ningún sitio del prepotente, racista y elitista mundo
desarrollado de la época se admitía, siquiera en el plano
teórico, la igualdad de derechos civiles y políticos entre todos
los hombres. Esa aspiración que nuestros abuelos hicieron realidad
es todavía hoy una quimera que parece inalcanzable para miles de
millones de seres humanos en todo el mundo.
Nadie estudió como
Martí las causas de la terrible derrota en la Guerra Grande y las
dolorosas consecuencias de la división del movimiento patriótico.
A restañar las heridas, a unir a todos, a los viejos combatientes y
a los pinos nuevos y a enseñarles a unos y otros las razones del
fracaso y los medios para remediarlo dedicó su vida entera. Una
vida ejemplar, desdichadamente breve pero que nos dejó un tesoro de
lecciones preciosas que hoy conservan tanta validez como en su
tiempo. Ante todo la necesidad de la unión entre todos los
patriotas y la clara comprensión de que nuestro pequeño país para
ser libre tenía que vencer a un poderoso enemigo que él llamó por
su nombre: el imperialismo norteamericano.
Para cumplir el supremo
objetivo de su vida Martí fundó un Partido, uno solo, el Partido
de la Revolución, el Partido de la Patria. Con él organizó,
paciente y afanosamente la Guerra Necesaria, la guerra que quería
breve, rápida, para evitar la intervención norteamericana, para
impedir a tiempo que se apoderasen de Cuba los imperialistas y
cayeran con esa fuerza más sobre nuestros pueblos de América.
Tras treinta años de
corajuda y admirable pelea cuando ya España no podía sostener su
dominio se produjo la invasión norteamericana. Los imperialistas
consiguieron lo que se habían propuesto. Cuba quedó reducida a un
apéndice infeliz del imperio brutal que siempre despreció la
larga, noble y generosa lucha de nuestro pueblo.
Pero los cubanos no se
sometieron a la nueva servidumbre ni renunciaron jamás a la
búsqueda incesante de la libertad y la justicia, la independencia
absoluta y la justicia toda.
El pueblo siguió
luchando por esos ideales en medio de la tiranía, la corrupción y
el dominio extranjero. Por eso hoy conmemoramos también otro
glorioso aniversario. Hace exactamente medio siglo desde la invicta
Colina universitaria llegó el mensaje de aliento y esperanza de
nuestra juventud. José Antonio, Fructuoso y sus compañeros
anunciaban un día como hoy en 1956 la creación del Directorio
Revolucionario, instrumento de unión y de combate que surgiría de
la FEU para impulsar la lucha armada y la unidad de una nueva
generación que seguiría levantando esa bandera, que no
renunciaría a la pelea, que la continuaría hasta el final sumando
a ella su sangre pura y generosa.
Finalmente llegó la
aurora con la victoria de Enero. Nos enfrascamos todos, sin
descanso, en realizar los sueños, en hacer realidad la Patria que
varias generaciones habían defendido durante tanto tiempo con
torrentes de sacrificio.
Hace treinta años al
promulgar nuestra Constitución Socialista, la Revolución entraba
en una nueva fase en la que la dirección del Estado sería ejercida
por instituciones elegidas directamente por el pueblo. Se instauraba
a escala nacional el sistema del Poder Popular que había sido
establecido dos años antes en la provincia de Matanzas.
No fue un acto formal ni
el resultado de la decisión tomada por un grupo de especialistas o
por un cuerpo restringido de legisladores. Nuestra Constitución fue
fruto de la acción colectiva real, consciente y libre del conjunto
de la población. El anteproyecto había sido discutido en decenas
de miles de reuniones a las que fueron convocados todos los
ciudadanos y en las que participaron 6 216 000 personas que hicieron
16 mil proposiciones de cambios y modificaron 60 de los 141
artículos del texto original. Nunca antes habían conocido los
cubanos semejante experiencia en el ejercicio de sus derechos
ciudadanos, pocas veces se había practicado, antes o después, en
cualquier parte del mundo, ejemplo parecido de democracia,
manifestación tan cabal de soberanía popular. El documento así
elaborado fue sometido a referendo el 15 de febrero de 1976 en el
que votó el 98% de los electores y el 97,7% lo hizo a favor de la
Constitución.
Ese proceso fue
expresión de la madurez alcanzada por la Revolución en apenas 15
años.
Pudimos hacerlo porque
habíamos creado las bases indispensables para un ordenamiento
verdaderamente democrático cimentado en las profundas
transformaciones que la Revolución había llevado a cabo y que
permitían al pueblo por primera vez ser actor libre y responsable,
participante real en la conducción de la sociedad.
Ya no vivíamos en un
país de analfabetos y desempleados, de campesinos sin tierra, de
niños abandonados, de negros y mujeres discriminados, de ancianos
sin amparo. Habíamos conquistado la sociedad más justa y libre
hasta entonces conocida. En un país que había alcanzado
importantes logros en su desarrollo económico y admirables
resultados en la salud pública, la educación y la cultura, el
pueblo trabajador, artífice de esa obra, habría de ser
protagonista principal en la creación del sistema institucional que
la consolidaría y serviría de cauce a su constante
perfeccionamiento.
En aquellos años
iniciales habíamos conseguido también la más importante victoria
de la nación cubana: la primera derrota militar del imperialismo en
Playa Girón y habíamos frustrado sus constantes ataques
mercenarios, sus sabotajes y la subversión y la guerra sucia que
junto a la feroz guerra económica impuso a nuestro pueblo desde el
primer día de Enero de 1959 y habíamos vencido igualmente en el
terreno diplomático frente a sus intentos de aislarnos con el
auxilio de sus testaferros en muchos países del Continente y de su
servil instrumento la llamada Organización de Estados Americanos.
Esa proeza se debió
ante todo al heroísmo de nuestro pueblo y su invencible capacidad
de resistencia y a la sabia, firme y consecuente dirección del
compañero Fidel Castro Ruz. Contamos también con la solidaridad de
los pueblos de América Latina y el Caribe, los del Tercer Mundo, de
China y de la Unión Soviética, y otros países que entonces se
identificaban con el socialismo.
Pero nuestra
Constitución y el sistema político que ella consagraba eran
enteramente nuestros, cubanos. No abandonamos los símbolos patrios,
ni reprodujimos aquí concepciones o mecanismos foráneos. Sin
abjurar del internacionalismo y el espíritu solidario o los
principios universales del socialismo —que para nosotros como
quería Mariátegui no era "calco ni copia sino creación heroica"—
diseñamos un sistema que reflejaba nuestra realidad, respondía a
sus necesidades y sobre todo se fundaba en la rica trayectoria del
movimiento revolucionario cubano. Un movimiento único que se
inició hace 138 años como recuerdan esas banderas que hoy como
ayer se alzan frente a la ignominia y la estúpida arrogancia, esas
banderas que levantan la memoria siempre viva de una historia de
lucha y sacrificios y también de sueños, virtudes y victorias.
La Constitución de 1976
es también una Constitución mambisa. Como las otras cuatro fue
concebida, discutida y aprobada bajo el fuego enemigo, en medio del
combate. Ese mismo año, el 6 de octubre, el terrorismo promovido
por Washington destruía en pleno vuelo un avión civil cerca de
Barbados y asesinaba cobardemente a 73 seres humanos indefensos.
Ellos no han sido ni serán jamás olvidados.
El infame crimen sigue
sin castigo. Los asesinos disfrutan todavía de la protección y la
impunidad que les da la camarilla corrupta, terrorista y torturadora
instalada hoy en la Casa Blanca.
Este año se cumplen
también treinta del asesinato de Orlando Letelier y de Ronnie
Mofitt a plena luz del día en la capital norteamericana y de
Santiago Mari Pesquera en Puerto Rico. Sus asesinos andan sueltos
porque forman parte de la misma pandilla que permitió al señor
Bush disfrazarse de presidente.
Mientras tanto siguen
padeciendo injusta y cruel prisión Cinco valerosos hijos de esta
tierra que supieron pelear y levantar esas banderas en las entrañas
mismas del monstruo.
Gerardo, Ramón,
Antonio, Fernando y René son la mejor prueba de que este pueblo no
será jamás derrotado, que este país jamás se rendirá, que para
los cubanos cada día es y será siempre 10 de Octubre, 24 de
Febrero, Baraguá.
Lo proclamamos en
ejemplar ejercicio democrático mediante la firma pública y
voluntaria de 8 198 237 electores y en la Ley de Reforma
Constitucional aprobada por la Asamblea Nacional el 26 de junio del
2002.
"El
socialismo y el sistema político y social revolucionario
establecido en esta Constitución, probado por años de heroica
resistencia frente a las agresiones de todo tipo y la guerra
económica de los gobiernos de la potencia imperialista más
poderosa que ha existido y habiendo demostrado su capacidad de
transformar el país y crear una sociedad enteramente nueva y justa,
es irrevocable, y Cuba no volverá jamás al capitalismo".
Juremos a nuestros
mártires que ni ellos, ni sus sacrificios, ni sus ideales serán
olvidados jamás.
Sí, Maestro,
conquistaremos toda la justicia. Por conquistarla lucharemos hasta
la Victoria siempre.
¡Viva
Cuba libre!
¡Independencia
o Muerte!
¡Viva
la Patria!
¡Viva
el Socialismo! |