Selva con ley

ABEL GONZÁLEZ MELO
cultura@granma.cip.cu

No es con Vientos de Cuaresma que el director Tony Díaz teatraliza por primera vez la obra de Leonardo Padura. Hace algunos años la novela Máscaras sirvió de eje al espectáculo Muerte en el bosque, con el cual Díaz se adentraba en el universo de las tramas policiales.

Si bien este género puede mantener activa la atención del espectador, en Vientos... se evidencia una indagación no exenta de dramatismo y humanidad. El personaje de Mario Conde, teniente de la policía, es focalizado en el presente montaje desde su arista profesional y el ajetreo de su existencia individual. Mefisto Teatro se estrena como grupo con esta pieza. La escritura del libreto ha corrido a cargo del propio Díaz y de Amado del Pino.

Más allá de las ligaduras del suspense, la fábula superpone el plano de lo policial y la agitada relación que establece Conde con Karina, nexo que nace y muere dentro de la historia, como el mismo proceso de pesquisa policíaca. El asesinato de Liset, joven profesora de tecnológico, y los pasajes que lo rodean, gestan espejismos que la propuesta escénica resuelve dentro de una atmósfera onírica, como la obcecada mente del policía.

Con Tony Díaz se tiene siempre la certeza del buen gusto. La escenografía de Israel Rodríguez quiebra los ángulos de la realidad en pos de un discurso fragmentario, donde las pistas falsas y ciertas se amalgaman. Los telones, en especial el que representa el baño de la escuela, deslíe los carteles obscenos copiados en las paredes en un ámbito gris, idea esta que se desplaza, en la gama cromática de blancos y negros, a través de toda la obra. Varios paneles móviles que aún necesitan engrasar sus mecanismos de desplazamiento, sirven para los cambios de escena. Muchos elementos de utilería no poseen el vuelo poético del andamiaje escenográfico. Por otra parte, la relación con los telones no debería ser nunca tan directa o realista como cuando los muchachos insisten en orinar en los inodoros pintados, ya que ello le resta dimensión al universo visual, coronado por el rico diseño de luces del propio Díaz. Si en algunas zonas la banda sonora acompaña con tino la acción, en otras acentúa con demasiada obviedad los extremos del debate textual.

La dirección de actores tiende, con efectividad, a rechazar el naturalismo, sin caer en falsa teatralidad. Los intérpretes se distancian, hablan a su interlocutor de turno o al público, sin poses y sin temor. Tanto Omar Franco como Roberto Salomón resuelven sus puntos de vista de Mario Conde desde la verdad, aunque la complejidad del rol les ha ofrecido resistencia. Ni Andrés Serrano ni Reinier González han escarbado hasta lo profundo en Manolo. Sarahí Viñas se manifiesta con frenesí y sinceridad en su Karina. Eduardo Fernández, como el joven asesino, da muestras del desconcierto que en él provoca un hecho tan violento e inusitado, producto de las drogas y el alocado curso de su adolescencia. Ramón Ramos y Teresita Rúa entregan serios trabajos de caracterización. Alina Molina defiende con frescura su Liset. Mis palmas para Salvador Palomino como El Flaco Carlos, muy bien de tono. También René de la Cruz se destaca en sus papeles.

Dentro de una gran pecera vacía vive Rufino, el pececito, el amigo de Conde. Sin embargo, a Rufino nunca se le presiente sino en los monólogos del policía, abandonado en su casa, aguardando la llamada de Karina que no llega. Es acaso el destino de un hombre que siempre se equivoca y que, de un modo extraño, advierte su felicidad en su rutina. Vive y muere para su profesión y para sí, parece decirnos la poderosa imagen final de Vientos de Cuaresma: Conde rendido dentro de la pecera. Dormirá, como insinúa Shakespeare, quizás soñará. Y al día siguiente habrá de retornar a la selva terrible y a su ley.

 

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