El presidente George W. Bush será
hoy el principal protagonista de uno de los más teatrales rituales
políticos que anualmente celebra el gobierno de Estados Unidos: el
Discurso sobre el Estado de la Unión.
Cuando esta noche aparezca el
gobernante en el Congreso, los legisladores lo saludarán con un
cronometrado aplauso prolongado. Luego el jerarca de la Casa Blanca
cumplirá con el guión, y distribuirá abrazos y exagerados
apretones de manos.
Finalmente W. Bush marchará hasta el
podio, y una vez instalado junto al vicepresidente Richard Cheney,
se percatará del comienzo de la parte difícil de la ceremonia:
consolar al apesadumbrado público estadounidense.
Desde el zócalo, el estadista
observará la alfombra roja que separa a Republicanos y Demócratas
en la sede del Senado, y quizás —por asociación espontánea—
recuerde la multitud de problemas que ha desgastado a su gobierno
durante el último año.
Voceros del Ejecutivo adelantaron que
Bush pronunciará "un discurso optimista sobre la Unión".
Según el anuncio, el Presidente
prevé centrarse en dos temas bastante polémicos: la democracia en
el exterior y la prosperidad en Estados Unidos.
Se supone que el primer mandatario
analice además el desarrollo de la guerra en Iraq —donde murieron
hasta hoy unos dos mil 250 soldados del Tío Sam— la dependencia
norteamericana del petróleo extranjero, y la creación de puestos
laborales.
Pero como los temas de la salud
pública, la austeridad presupuestaria y la inmigración ilegal no
podrán quedar fuera, analistas coinciden en que se tratará de una
conferencia bien extensa y variopinta.
Bush no olvida a las encuestas que
hablan de dos tercios de norteamericanos que perdieron la fe en su
Presidente, están descontentos con la dirección del país o
pesimistas sobre el futuro de la nación.
El último sondeo realizado por The
Washington Post y la cadena de televisión ABC, reflejó que el Jefe
de Estado tiene el más bajo nivel de aprobación (42 por ciento)
entre los Presidentes al inicio del sexto año de poder.
Comentaristas aseveran que el
escándalo del ex cabildero Jack Abramoff por tráfico de
influencias en el Congreso, en el que están implicados varios
asesores del Partido Republicano, es una muy dura prueba para la
popularidad de la administración federal.
El ex mediador se declaró culpable
de tres delitos. Admitió haber cometido fraude por decenas de
millones de dólares contra tribus indígenas, sobornado a
funcionarios del gobierno, y haber evadido numerosos impuestos.
A raíz de este caso, uno de los
mayores episodios fraudulentos de la historia nacional, legisladores
confirmaron la redacción en el Congreso de un proyecto para
modificar los procedimientos y el sistema de cabildeo.
Las reformas adelantadas en ambas
cámaras parlamentarias contienen, entre otras regulaciones, una
interdicción precisa para que congresistas no puedan aceptar
viajes, comidas u obsequios de los cabilderos.
El gobierno de Bush rehusó difundir
detalles de sus presuntos nexos con el corrupto confeso y ex
intercesor de Washington, decano del fraude financiero en Estados
Unidos.
Se conoce que Abramoff mantuvo una
serie de reuniones con funcionarios cercanos a la Casa Blanca,
comentó el portavoz Scott McClellan. "Pero no vamos a iniciar
ahora una expedición pesquera", agregó el vocero.
No obstante, el senador Harry Reid y
otros tres demócratas exhortaron públicamente al Presidente a
explicar ante la ciudadanía las razones de los contactos personales
del acusado con funcionarios federales.
El pueblo de Estados Unidos necesita
estar seguro de que la Casa Blanca no está a la venta, subrayaron
Reid y otros legisladores de la oposición partidista.
En ese sentido, el sexto discurso de
W. Bush sobre el Estado de la Unión podría brindar una oportunidad
de redención para el político tejano. Pocos apuestan por el éxito
de la gastada estratagema. (PL)