|

Guerrero de cielo y tierra
ROLANDO PÉREZ
BETANCOURT
rolando.pb@granma.cip.cu
Dos
años después de ser estrenada y de recibir internacionalmente la
rápida calificación de "western chino", Guerrero de cielo y
tierra —exhibiéndose ahora en nuestras salas— permite
ratificar que sin ser un oeste americano, ni un western spaghetti,
ni japonés, como lo concibiera Akira Kurosawa en Los siete
samurais, el director He Ping incorporó detectables variantes
del género, provenientes de esas tres visiones, para adaptarlas a
una historia medieval de su país, según se asegura, con un alto
por ciento de contenido real.
Los hechos sobre la que
He Ping (Pólvora roja, pólvora verde) se basó para crear
su filme con ribetes de megaproducción y gran espectáculo, se
ubica en la llamada Ruta de la seda, durante el siglo VII antes de
nuestra era. Una caravana debe atravesar el duro desierto de Gobi y
en el trayecto sus conductores se las tienen que ver no solo con las
inclemencias del tiempo, sino también con los forajidos que
pretenden apoderarse de lo que no es suyo, entre ello, una valiosa
reliquia transportada por un monje y que, según se asegura, tiene
poderes sobrenaturales.
Gigantescos escenarios
naturales, un pueblo de la época especialmente construido, combates
no siempre tomados por la cámara con un mismo nivel de eficiencia,
jinetes que parecen salidos de un circo por la espectacularidad con
que montan, y en el centro de esta trama interesada también en
tratar una interrelación cultural, dos figuras categóricas: un
chino y un japonés, enemigos acérrimos, ambos en la caravana y
luchando desde diferentes posturas éticas contra los bandidos que
atacan, pero a sabiendas de que al final deberán enfrentarse, como
indican las reglas del clásico western.
El filme clasifica como
un espectáculo para disfrutar dentro del género de aventura, pero
diluye su evidente deseo de profundización histórico-cultural en
un guión al que le sobran los lugares comunes, y que toma demasiado
tiempo para despegar hacia la cabal comprensión del espectador.
Aunque provenientes de
culturas en retroalimentación, gracias a un fuerte enlace
religioso, y de un pasado bastante distante, los personajes y los
hechos que se narran, algunos derivados de la realidad y otros
tomados de fábulas muy conocidas, adquieren valores universales en
su proyección fílmica.
Llama la atención cómo
la cinta deja a un lado los consabidos recursos del cine dramático
y de aventuras relacionados con el quehacer asiático y apuesta
desde un principio por los cánones estéticos del western como
género.
Con buenas actuaciones,
música del indio A.R. Rahman, el mismo de la éxitosa Lagaan
y una visualidad en su conjunto digna de elogios, Guerrero de
cielo y tierra es de esos espectáculos llenos de
entretenimiento que, aunque a medias en su trascendencia artística,
pocos lamentan haber visto.
|