A propósito de lo que ocurrió en el Latino

¿Olvidamos la disciplina?

ALFONSO NACIANCENO
alfonso.gng@granma.cip.cu

La afición cubana —de un extremo a otro de la Isla— se ha caracterizado por su respeto hacia los atletas, sean del patio o foráneos, como muestra inequívoca de disciplina al presenciar un espectáculo.

A un movimiento deportivo grande como el nuestro, reconocido extrafronteras durante décadas, le corresponde ese público que siempre ha antepuesto la caballerosidad y el aplauso sincero a cualquier otra demostración criticable. El lanzamiento de objetos al terreno y proferir repetidas ofensas tanto a los jugadores como a los árbitros son algunas actitudes vistas en los últimos meses, no solo en los terrenos de béisbol.

En diciembre, uno de los partidos de la Liga Superior de Baloncesto entre Capitalinos y Matanzas, terminó abruptamente en la polivalente Ramón Fonst, por la indisciplina social, y también el quinteto anfitrión fue declarado perdedor.

Las victorias que esta Isla comenzó a forjar desde tiempos tan tempranos como los del Cerro Pelado, en 1966, y las posteriores proezas en la arena internacional, abonaron el terreno para que ese mismo pueblo, cada vez más instruido, conocedor de los valores del deporte, admirara a sus esforzados atletas, quienes responden a esas simpatías con humildad desde la cumbre del Olimpo.

Porque tenemos una afición que sabe apreciar un espectáculo de primerísima calidad como el encuentro entre Santiago de Cuba e Industriales, resultan inaceptables indisciplinas similares a la ocurrida la noche del miércoles en el estadio Latinoamericano. El deporte es un derecho del pueblo. Es caudal inextinguible de virtudes, proveedor de alegrías en tanto modela el espíritu y la conducta, dibujando en el ser humano sentimientos de nobleza, amistad y respeto por el rival, este último aspecto desconocido por quienes se comportan de forma despreciable en una sala o estadio.

Si desde el graderío hemos aplaudido las hazañas de equipos extranjeros en ese mismo estadio Latinoamericano y en otras plazas del país; si a la hora de seleccionar a Cuba como organizadora de Juegos Centroamericanos, Panamericanos, Campeonatos Mundiales y otras lides de altísima calidad se han ponderado la valía, conocimientos de las distintas disciplinas y la hospitalidad de sus hombres y mujeres; si no hemos reparado en permanecer una noche en vela delante del televisor para seguir los detalles de la decisión de una medalla olímpica en tierra tan lejana como Sydney; ¿acaso ahora, cuando se trata de apoyar a las figuras locales, permitiremos hechos reprobables que pudieran estar alentados por elementos inescrupulosos interesados en lucrar por mediación del deporte?

El pueblo, que respalda a sus deportistas y acude por millares al estadio, merece presenciar los eventos con tranquilidad. Podría aumentarse el número de policías en las instalaciones e intentar así erradicar tan desagradables y peligrosos incidentes, pero ahí no está la solución. El camino eficaz es que los aficionados impongan la disciplina, contra esos grupúsculos que pretenden impedir el pleno disfrute del espectáculo. Esa es la mejor manera de garantizar en los predios deportivos la hospitalidad y el respeto característicos del cubano.

 

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