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Hollywood despide
ROLANDO PÉREZ
BETANCOURT
rolando.pb@granma.cip.cu
Los
grandes estudios de Hollywood han comenzado a despedir personal
después de que el 2005 resultara adverso en recaudaciones, se asegura
que el peor en los últimos 15 años.
Capote, filme de Bennett Millar.
Se debaten disímiles
causas por parte de algunos especialistas de esa industria, pero la
principal de todas —aunque en aras de cuidar la imagen pública se
le trate de convoyar con otras—, no es un secreto para nadie: la
mala calidad de las películas, responsabilidad achacable no tanto a
los directores como sí a los mismos estudios, empeñados en apostar
fuertes sumas solo a la realización de filmes considerados "sin
riegos", ya sean remakes de viejos éxitos, o fórmulas
emotivas que vienen jugando con el espectador desde los tiempos de las
primeras manipulaciones fílmicas, que es como decir, hace más de un
siglo.
La fórmula, sin embargo,
enriquecida en colorido y espectacularidad gracias al desarrollo de
los efectos especiales y sobre todo la infografía, ha fallado en
buena medida en los dos últimos años.
Sabido es que cuando una
de esas superproducciones millonarias logra aunar éxitos de taquilla
con algunos redondeos artísticos, el camino hacia el Oscar se le abre
como las aguas al paso de Poseidón: desde Titanic hasta la
última parte de El señor de los anillos, para hablar solo de
tiempos cercanos. Pero tanto en el 2005, como todo hace indicar serán
también los Oscar del 2006, ninguna de esas películas tan caras a
Hollywood fueron ni serán coronadas.
A juzgar por la entrega de
premios de los sindicatos del cine y los codiciados Globos de Oro,
antesalas probadas de los Oscar, este año las estatuillas serán
disputadas, en esencia, por cuatro películas en las que prevalece "el
seso" por encima del espectáculo acostumbrado. Todos son filmes
independientes y con un pre-supuesto insustancial si se comparan con
las cifras astronómicas del Hollywood comerciable:
Esas punteras son Brokeback
mountain, una historia de vaqueros homosexuales, del taiwanés
Ang Lee; Good night, and good luck, de George Clooney, basada
en hechos rea-les a partir de un periodista que se enfrentó en los
años cincuenta a la cacería de brujas del senador Joseph McCarthy; Capote,
de Bennett Millar, una biografía del célebre escritor norteamericano
y Crash, de Paul Hagáis, filme muy crudo sobre las tensiones
raciales en Los Ángeles, realizado con "cuatro pesos", sin dinero
tampoco para propagandas y que, sin embargo, gracias a su calidad, ha
recaudado 55 millones de dólares hasta el momento.
Las grandes apuestas de
los estudios para llenarse este año de estatuillas no parecen tener
cabida por la puerta ancha, entre ellas King Kong, de Peter
Jackson; Munich, de Spielberg, y Memorias de una geisha,
de Ron Marshall. Para no hablar ya de otras costosas producciones,
como es el caso del último Batman, que ni siquiera aportaron
para cubrir gastos.
Se sabe que al ganar un
Oscar, un filme puede aumentar su recaudación hasta un 25%. De ahí
el profundo chasco que hoy tamborilea en el corazón de los grandes
estudios, al tiempo que voces críticas y conocedoras del medio
alertan sobre un cambio en la mente de un número nada despreciable de
espectadores, tradicionalmente adormilados en sus preferencias por el
Hollywood más ramplón.
¡Hay que cambiar la
estrategia de producción e ir en busca de una mayor creatividad,
porque el futuro puede ser trágico para la industria radicada en Los
Ángeles!, advierten esas voces, en tanto algunos, para reducir
costos, ya se están yendo a otros estados, o a Canadá, donde
encuentran mejores condiciones impositivas.
Y mientras el Hollywood de
los potentes estudios saca cuentas y convoca ideas productivas para
trazar las estrategias de sus próximas decisiones, sus ejecutivos
hacen lo que nunca deja de hacer cualquier factoría en estos casos:
cerrar puertas y dejar a la gente cesante.
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