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El profesor sigue dando lecciones
ALBERTO NÚÑEZ
BETANCOURT
alberto.enb@granma.cip.cu
Sus
alumnos de las más variadas edades lo recuerdan cual surtidor de
enseñanzas, lo mismo en la consulta cotidiana que en el quirófano,
el salón de reuniones, el aula, e incluso en un pasillo de
cualquiera de nuestras instituciones hospitalarias, donde supo
fomentar el Programa Nacional para la Lucha contra la Retinosis
Pigmentaria.
Dar buenos ejemplos fue
ocupación importante en la vida de Orfilio Peláez Molina. Así se
hizo rico al acumular incalculable fortuna de amor en el ámbito
social y familiar.
Su vida estuvo
fuertemente abrazada a la ciencia confirmando cuán grande fue la
vocación del eminente médico, al anteponer al propio su interés
por los demás.
En cada latido de los 77
años vividos regaló lo que consideró valor de salvación: el
humanismo, con el propósito de llevar a la mínima expresión las
dolencias y limitaciones de sus pacientes. La muerte —inoportuna
siempre— se asomó en la madrugada del 15 de enero del 2001 para
golpearlo con un infarto cerebral que terminó con su existencia dos
días después.
Justo el Día de la
Ciencia Cubana, hace cinco años, los colegas lo esperaban para
intercambiar sobre los actuales desafíos del mundo. El Profesor lo
tenía todo listo; con la humildad de siempre había preparado una
intervención en que ratificaba su responsabilidad política y
profesional. Allí hablaría de las preocupaciones que lo
acompañaban: la tremenda inequidad existente en el mundo, la
elevación del nivel del mar y el peligro para los estados
insulares, la polución del aire, la deforestación, la escasez de
agua potable...
No conforme con crear
una técnica quirúrgica para detener el avance de la retinosis
pigmentaria, Peláez reiteraría en ese encuentro su sueño de
derrotar totalmente a la enfermedad, incluso la posibilidad de
lograr diagnosticarla de manera precoz y quizás desde el estado
prenatal para evitar su desencadenamiento, tal como dejó escrito en
lo que se ha considerado su testamento de hombre comprometido.
Así de inmensa fue su
visión, la más apropiada para quien desde los años mozos
encontró en el combate contra la ceguera el sentido de su vida.
En el encuentro,
frustrado por la muerte, de seguro Orfilio regalaría a los
presentes nuevas lecciones, porque nunca vio en otro profesional de
la ciencia a un competidor, porque su mayor satisfacción —y la
sentía deber— era poner al alcance de la humanidad cada hallazgo
que la ciencia fuera capaz de conquistar. |