El arte de moler las piedras

Ni picapedreros ni robots, sino un experimentado colectivo en explotación de canteras sostiene el desarrollo inversionista de la provincia de Sancti Spíritus

JUAN ANTONIO BORREGO
nacionales@granma.cip.cu

CABAIGUÁN, Sancti Spíritus.—Muy cerca del poblado de Guayos, específicamente en la zona de La Esperanza, la cantera Nieves Morejón, un filón de piedra caliza que comenzó a explorarse hace medio siglo, hoy sostiene en buena medida el desarrollo inversionista de la provincia de Sancti Spíritus.

Foto: ROBERTO RIVEROLa Nieves Morejón fue la primera cantera del país en certificar su producción con las normas ISO 9000.

Expertos coinciden en que la piedra de la zona, con un ínfimo contenido de hierro y arcilla y rica en carbonato —hasta un 95%— figura entre las más selectas del país para la fabricación de áridos.

Según estudios, el yacimiento dispone de reservas para ser explotado durante un siglo. 

Por esa razón, por su envidiable posición geográfica y su fácil acceso, constructores de la región pusieron los ojos en el lugar desde mediados del siglo pasado. Al inicio fueron los "toperos", una suerte de picapedreros asalariados, los encargados de fragmentar la piedra a mandarria; después la tecnología se iría refinando hasta llegar a nuestros tiempos, cuando un molino devorador puede convertir en polvo rocas de hasta casi un metro.

RESERVAS PARA UN SIGLO

En el difícil arte de moler las piedras intervienen no pocas partes: primero debe hacerse el barrenado para la colocación del explosivo; después de ubicada la carga, con rigurosas medidas de seguridad, efectúan la voladura. Entonces buldózeres y otros medios hacen lo suyo para acceder a los fragmentos que deben ser transportados en camiones "burras" hasta el molino, a su vez dotado de un sistema de zarandas que permite decantar la producción de acuerdo con su tamaño.

A fuerza de repetir esta rutina, los hombres de la cantera Nieves Morejón (unos 76 en total) obtienen el polvo de piedra, con un diámetro de cero a cinco milímetros, la gravilla fina (de cinco a 10), la media (de 10 a 19), la gruesa (de 19 a 38), la base pétrea, considerada un desecho de utilidad en la construcción, y la macadam, si existe algún pedido específico.

Aquí nos adaptamos al suministro de energía —comenta Alfredo Rodríguez, administrador del centro—; si falta la corriente de día, trabajamos de noche y no se afecta la producción. Ya la gente se ha ido preparando para eso.

La Nieves Morejón se mantiene como única abastecedora de caliza para la producción de todo el cemento blanco que demanda el país, da respuesta a las crecientes prioridades inversionistas de la provincia y exporta anualmente unas 35 000 toneladas hacia países del Caribe.

Adalberto Sicilia, director de la Unidad Básica, precisa, no obstante, que la explotación se realiza con absoluto rigor científico, respetando las exigencias medioambientales y de manera planificada: "Sabemos que a este ritmo hay reservas para 100 años; pero, por ejemplo, la veta que se emplea en el cemento blanco solo durará unos 30, por ello no la usamos en otra cosa, y también hemos abierto varias areneras para no abusar del polvo de piedra".

EL HOMBRE, LA MEJOR TECNOLOGÍA

El molino de la cantera ya tiene 35 años de explotación, "pero aquí la mejor tecnología que tenemos es el hombre", asegura Luis Sosa, el jefe técnico productivo de la Unidad Básica.

Emérito Muíña, un buldocero de siete décadas —que esta mañana se ha encaprichado en barrer la terraza con la cuchilla de su equipo—, hace un alto en la jornada: "En la cantera el trabajo es muy duro, todo es al sol, con ruido, polvo y muchos peligros, pero la gente no se va; esto ya es como una familia".

El ronquido de una "burra" cargada rumbo al molino casi interrumpe la conversación, pero la agenda sigue llenándose de nuevas historias: la de Francisco Cruz, el jefe de mantenimiento que luego de retirado se sintió niño cuando lo fueron a buscar al parque de diversiones de Cabaiguán; la de Osmín Gutiérrez, quien se amarraba por la cintura para poder barrenar las piedras; la de Miguel Labrada, el ayudante que primero se hizo operador de grúas y después mecánico; la de David Díaz, barrenero a los 22 años...

El buldocero Emérito Muíña las conoce todas, las ha oído contar varias veces en los mediodías calientes, mientras esperaba el almuerzo. Quizás por eso hoy cuando le pido la suya, mira hacia la punta de la terraza más alta, sonríe y prefiere lanzar un desafío:

"¿Tú te imaginas las vueltas que daría por esa loma para abajo si allá arriba nada más me equivoco un centímetro con este bicho?"

 

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