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Mapplethorpe en Cuba
Confrontación con el arquetipo
ANDRES D. ABREU
cultura@granma.cip.cu
Cuando
a principios de los años noventa la fotografía cubana volvió a
refrescar sus referentes para generar otro momento de ruptura y
continuidad dentro de su riqueza histórica como manifestación
visual, uno de los paradigmas mundiales que influyó sobre esa nueva
generación de fotógrafos fue el legado del ya para ese entonces
desaparecido artista norteamericano Robert Mapplethorpe (1946-1989).
Mapplethorpe tuvo una rara intuición poética en la captación de la naturaleza.
Basta mencionar los
nombres de Eduardo Hernández y sus series Homo Ludens o A
propósito de las flores, y de René Peña con sus fotos de Man
Made Materials para comprobar acercamientos estéticos y
temáticos de estos autores con el arquetipo fotográfico generado por
Mapplethorpe, un genial retratista de la expresividad del rostro y del
cuerpo, polémico y militante ensayista de la sexualidad toda, y
exquisito exaltador de la belleza tanto natural como objetual.
Comenzando el presente
milenio, una biografía suya editada por Circe apareció en una de las
Ferias Internacionales del Libro de La Habana. Con este libro, la
historia, los presupuestos y los personajes que alimentaron los
ángeles y demonios que acompañaron la vida, obra y muerte del famoso
fotógrafo ampliaron su difusión en el ámbito cultural cubano donde
ya la estela de vecindades a su obra también había crecido
heterogéneamente entre el gremio de hacedores de la fotografía, con
matices atendibles en lo mordaz por parte de Nadal Antelmo Vizcaíno,
la erótica conjugación clásico-contemporánea entre cuerpo y objeto
de Cirenaica Moreira o la manera de capturar al cuerpo danzante de
Ricardo Rodríguez.
También en los inicios
del siglo la fotógrafa inglesa Angela Taylor nos trajo algunos
retratos del bailarín cubano Carlos Acosta con evidente influencia
del estilo Mapplethorpe y en el 2004 la Fototeca de Cuba una
exposición titulada Formas de la naturaleza: paisajes y cuerpos
acogió a Craig Cowan, otro fotógrafo norteamericano víctima del
SIDA, a quien me atrevo a catalogar de axiomático discípulo de sus
desnudos masculinos.
Mapplethorpe no es por
tanto, ante la actual llegada de su obra original a La Habana, un
total desconocido e inexplorado sujeto artístico que pueda pasar
inadvertido para un público cubano sensibilizado con el buen arte
universal. Sin embargo la cercanía a su legado que propicia la
exposición Sagrado y profano que ahora muestra la Fototeca de
Cuba es un hecho sin igual para enriquecer ese proceso de su
tangencial presencia en nuestra Isla.
Hasta febrero estarán sus
fotos en vivo, gracias al interés del Centro Wilfredo Lam y el
Consejo Nacional de las Artes Plásticas de favorecer el intercambio
con figuras del mejor arte norteamericano y a una cuidadosa selección
de 48 piezas pertenecientes a la colección de la Fundación que lleva
su nombre. Un exquisito conjunto impreso para la ocasión donde se
muestra al artista en todas sus facetas.
La muestra, pensada por su
curador Larratt-Smith como un "juego con la polaridad de lo masculino
y femenino, personal o político, subjetivo u objetivo, blanco y negro
y por supuesto sagrado y profano", funciona excelentemente como
mediación, logrando atemperar la cercanía entre el espectador y ese
convulso y plural mundo de preocupaciones intelectuales, raciales,
sexuales, sociales y estéticas que Mapplethorpe dejó en magníficas
instantáneas para una posteridad que aún no lo supera como el más
auténtico y controvertido creador de su ambigua y antinómica
naturaleza.
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