Cama y sexo

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT
rolando.pb@granma.cip.cu 

Comentan los espectadores por estos días la abundancia de actos sexuales, a todo tren, que se está viendo en pantalla y no puedo menos que recordar los años de la adolescencia en que cazar "algo caliente" en el cine se convertía en una obsesión para los muchachos del barrio. ¡Qué banquetazo nos hubiéramos dado ahora!

En la cama, del chileno Matíaz Bize.

No hay un reproche en la anterior aseveración, sino más bien el propósito de subrayar la transformación, en materia del sexo, que ha experimentado el cine. Bertolucci y su El último tango en París (1972) abrieron una importante vía en Occidente en favor del cine serio afincado en el erotismo. Luego, el lecho se llenaría de todo: desde el sórdido oportunismo comercial, hasta títulos verdaderamente creativos, donde la trascendencia de un desnudo espiritual es algo más revelador que cualquier gimnasia amatoria. Y es en este apartado donde clasifica En la cama, del chileno Matíaz Bize, una cinta que en sus primeros veinte minutos, tanto por lo que se ve como por lo que se oye, pareciera estar correteando en las praderas de la pornografía, pero que luego, gracias a los destapes de un guión que no da margen al punto muerto, deviene verdadera obra artística.

Es una lástima que algún que otro espectador, saturado por cintas en las que el sexo, sin ser precisamente comercial se convierte en un abuso de imágenes, se levante en los primeros minutos y busque la salida ante la creencia de que En la cama es más de lo mismo. Hay que estar atento a los diálogos de esa pareja que apenas sin conocerse y gradualmente, una vez consumados los primeros bríos de la atracción física, comienza a empujar puertas. Atento no solo por lo que se dice, sino por lo que se insinúa y hasta por lo que no se hace explícito en palabras, pero está ahí, flotando como un pez debajo del agua. Revelaciones y embozos múltiples, relacionados lo mismo con el supuesto papel de controlador que en el "ligue" ejerce el hombre sobre la mujer, como con un pasado sentimental (no solo en menesteres del sexo) acarreando huellas hasta el presente y que saldrá a relucir en esa cama convertida en confesionario. Excelente pareja de actores, en especial Blanca Lewin.

La argentina Géminis, de Albertina Carri, también fundamenta en el sexo el peso de su trama, en esta ocasión un incesto entre hermanos, tema que desde los griegos hasta nuestros días se transita con el reto que ya supone el tratamiento de un asunto moralmente tortuoso. Aquí el sexo entre la pareja perteneciente a una familia burguesa está dado mediante un enamoramiento loco y sin énfasis explicativos, algo que la directora, inteligentemente y nada interesada en jugar a Freud, evita. Hay una línea de intenciones que cuaja, aunque con evidente subrayado: asuntos tan chocantes como esos no pertenecen por exclusivo a las llamadas clases bajas de la sociedad. Una buena factura fílmica la de la Carri para una cinta que sin embargo se resiente de un guión sin más complejidades que el único rumbo hacia el que se encamina: ¿Qué sucederá cuando la familia se entere?

Y de México, compitiendo en ópera prima, una de esas películas que algunos califican de "raras", pero interesante: Sangre, de Amat Escalante, apoyada en lo fundamental en la brillante actuación de su protagonista, un hombre apocado y convencional dominado por el sexo de su mujer. Unas relaciones amatorias justificadas plenamente en imágenes. La trama se centra en las dudas de este hombre en cuanto a decirle a su esposa que una hija drogadicta de él pretende irse a vivir con ellos. Morosa, con pocos diálogos, por momento filmada en tiempo real, como el desayuno completo que ingiere el pusilánime, los realizadores juegan entre lo que será o no la verdadera personalidad del protagonista y lo que este pudiera hacer o no como venganza de una muerte. Un final abrupto que a no pocos sorprende y hasta molesta, pero Sangre es una cinta para pensarla desde una perspectiva estética nada convencional y hasta reveladora.

 

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