Barrio Cuba

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT
rolando.pb@granma.cip.cu

Naturalista, realista, neorrealista, melodramático, por momentos rayando lo operístico en su desbordamiento, buscando la emotividad como el gran arrastre ante una audiencia a la que le estruja los corazones y hasta hace llorar, Humberto Solás entrega con Barrio Cuba la crónica sincera de una realidad que como artista no quiere dejar pasar.

De esta manera sigue en buena medida los rumbos expresivos de Miel para Ochún, filmada hace cuatro años y primera parte de lo que él pretende sea una trilogía sobre su país y sus gentes. Pero si de comparar se trata, desde ya hay que decirlo: Barrio Cuba supera a la primera en varios rubros. Entre ellos, un guión más sólido y mejor estructurado y del que emana un sostenido tono dramático muy afín con esos personajes al borde del límite que integran sus historias. Un dramatismo en el que por suerte las pocas pinceladas risueñas no están "puestas" para relajar tensiones y ganar la risa fácil del espectador, sino que surgen como desprendimientos veraces de los conflictos y gracias al admirable desempeño de un cuadro de actores (¡todos!) volando alto.

Barrio Cuba es una película dura (quizá demasiado dura), pero honesta en torno a valores éticos y sociales relacionados con una difícil etapa económica. Cuando se presentó recientemente en el Huelva, donde fue premiada y aplaudida, unos pocos críticos, de manera equivocada, hablaron de "mirada pesimista". Todo lo contrario. Si un valor tiene el filme es que sabe retratar esa multiplicidad nuestra en conflicto, no con los tonos sombríos de una angustia existencial, sino en lucha perenne por salir adelante.

Es cierto que el filme repite temáticas recurrentes en el entramado social y no en todos los casos originales en su planteos. Pero son asuntos que obsesionan al director y no importa que tras Miel para Ochún vuelva sobre algunos de ellos, siempre y cuando tenga algo que aportar.

Todas las encrucijadas de las varias historias que integran su trama, excepto una, son resueltas con verosimilitud. Y esa una hasta pudiera acreditarse por el hecho de que conecta con el drama íntimo que atraviesa el carpintero ya envejecido, pero de ningún modo retirado de la lidia amorosa (grande Mario Limonta en la construcción del personaje). Él, enamorado de una mujer mucho más joven (Luisa María Jiménez) solo podrá poseerla por una noche y luego ella le dirá, con toda franqueza, que la pasó bien, pero prefiere hombres jóvenes. Sin embargo, al final y sin que esté justificado por la dramaturgia que se tejía en torno al personaje, ella, enfermera, buena trabajadora y hasta ejemplar, reprochadora de un novio bisnero y tarambana, acepta casarse con un extranjero mucho mayor que el carpintero y cruzar mares. Captable el guiño cáustico (viejo por viejo, aunque viejo con billetes), pero el giro de la muchacha está violentado y hace pensar que en su abarcadora mirada, los realizadores necesitaban de todas maneras abrirle un espacio en el argumento al tema de las llamadas jineteras.

Realizada dentro de los parámetros del llamado "cine pobre", del que Humberto Solás es un abanderado, Barrio Cuba fue realizada en digital y luego pasada a celuloide. Escaso presupuesto para una película bien fotografiada, en la que sin embargo las escenas nocturnas, o de predominantes tonos sombríos, carecen de la nitidez necesaria.

Película de desgarramientos y con excelentes diálogos, en la que los actores lloran y hacen llorar (y en tal sentido la música juega el papel de inflamar corazones que pretende el director), suerte de arrebato sensible al que quizá algunos hubieran pedido un poco de contención, pero que responde a un estilo y propósitos perfectamente pensados, Barrio Cuba es un testimonio tan necesario como apreciado por aquellos que también ven en el arte una respuesta inmediata y una manera de construir algo bello desde lo problemático, y a partir de una estética para discutir, pero que en la vieja disputa entre razones y sentimientos, prefiere apuntar, y no yerra, al medio del pecho.

 

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