El mejor Mignona
ROLANDO
PÉREZ BETANCOURT
rolando.pb@granma.cip.cu
Estuve tentado a titular "Grande
Mignona", pero la segunda rápida reflexión en torno a su película
(ese precipitado "decir" que exigen los Festivales) me hizo bajar un
tanto el adjetivo. No obstante, El viento es el mejor Eduardo
Mignogna, el realizador argentino que con esta, su última cinta, ha
sabido trasponer en imágenes una sólida densidad narrativa
practicada primero como novelista y más tarde en su obra fílmica.
El viento, del argentino Eduardo Mignona.
El peso de una culpa, que pudiera no
serlo tanto con el transcurrir de los años, es uno de los factores
dramáticos sustanciales de El viento, una película que a
partir de dos factores indispensables sale por la puerta ancha: el
guión y las actuaciones. Nunca antes había visto a un Federico Luppi
tan contenido y exacto en el papel del abuelo que, muerta su hija en
la Patagonia, emprende un viaje a Buenos Aires en busca de la nieta
doctora (hija sin padre conocido) que lo repele a causa de un pasado
vinculado con su nacimiento. Y a su lado, una "dibujada" Antonella
Casta en el papel de la nieta envuelta en unos amores que en cierta
medida recuerdan los que una vez tuvo su madre (actuaciones ambas que
deben estar en punta a la hora de decidir premios).
Un guión el de El viento que
gradualmente irá soltando las prendas de un misterio que el director
sabe dosificar en medio de unos conflictos humanos a los que desviste
de esos tonos sensibleros que, no pocas veces, lastran las mejores
intenciones del cine argentino. Un guión equilibrado en
acontecimientos y principalmente en el difícil trazado de unos
personajes que a lo largo de la trama se revelan múltiples y
contradictorios, como suele ser la vida misma. Sin olvidar la música,
que no es menos en el sostenido interés dramático de esta película,
a la que habría que reprocharle el remache de la mano directriz sobre
algunos asuntos tratados desde una óptica de "lo moralmente correcto".
No grande Mignogna, pero sin duda lo mejor de él en El viento.
Cortázar a medias en un atractivo
filme que lleva por título Juego subterráneo, también en
competencia. El brasileño Roberto Gervitz se basó en el relato Manuscrito
hallado en un bolsillo, del escritor argentino y cierto es que en
la primera hora traspone de manera admirable los mundos de un obsesivo
personaje empeñado en encontrar a la mujer de su vida mediante un
juego de persecuciones por el metro de Sao Paulo. Después aparece una
clásica mujer fatal que aunque no responde a los derroteros del
juego, es lo suficientemente atractiva y enigmática como para que el
protagonista se olvide de las reglas enfermizas que rigen su
pasatiempo.
¿Y qué sucede? Pues que la historia,
aunque sin perder el gancho del interés, se va convirtiendo poco a
poco en una trama ya sin enigmas (aunque pretenda tenerlos) y bastante
manoseada por un tipo de cine que habla de prostitutas de lujo
dispuestas a escapar de su entramado perverso. Buenas actuaciones para
una película que a mitad de camino enrumba, al igual que algunas de
las mujeres que en el metro se pierden, por un sendero que la despega
de lo casi magnífica que pudo haber sido.
Claro que hay de American pie y
otras producciones del cine norteamericano en la peruana Mañana te
cuento, de Eduardo Mendoza, compitiendo en el apartado de ópera
prima. Pero esta cinta de adolescentes de buena posición enfrascados
en enredos sexuales con prostitutas pretende, después de una primera
parte bastante verbosa y llena de chistecitos, subir la parada y
entrar de manera más o menos seria en "el alma" de sus protagonistas
masculinos. Entonces lo que se quiere no se puede, porque ya en esas
aguas no basta con mostrar y volver a mostrar cuerpos sin ropa y actos
sexuales. Ahí el desnudo es de otro tipo y con su articulación
dramática los realizadores no pueden. Una cinta en el tono de "lo
comercial sexual" que seguramente exigía su producción, pero con
aspectos rescatables en su trasfondo social y también en algunas
actuaciones.
Recomendaciones para hoy: El viento,
sin duda, en el Yara.
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