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Tres en competencia
ROLANDO PÉREZ
BETANCOURT
rolando.pb@granma.cip.cu
Tres
países y tres estéticas diferentes en filmes concursantes, uno en
ópera prima y los otros dos en el concurso general.
Se extrañarán los
espectadores de que no obstante presentarse en el apartado de ópera
prima, los actores del filme mexicano Carambola (Diego Luna
entre ellos) luzcan más jóvenes que en cintas vistas en los
últimos dos o tres años. La causa es que desde el primer golpe de
manivela, hasta estar lista la película, transcurrieron cinco años
para su director Kart Hollander, un estadounidense afincado en
México y dueño, durante bastante tiempo, del mismo billar que
aparece en el filme. Una estancia entre bolas multicolores que le
llenaron la cabeza de ideas y reflexiones sobre "la vida"
y exteriorizadas mediante el juego.
Carambola es una
comedia de personajes arquetípicos, menos uno, el nuevo dueño del
billar (El vago), que desde una impronta de perdedor se convertirá
en un tejedor de urdimbres solo reveladas al final. El filme combina
un cierto sentido didáctico relacionado con el juego (declaraciones
en video de los protagonistas) con un guión ingenioso en el papel,
pero no plasmado de la mejor manera, tanto en imágenes como en la
articulación dramática de la historia. Destacan las actuaciones,
el mundo sórdido de algunos personajes vinculados de por siempre
con el taco y la mesa verde y por supuesto, la magia de las
carambolas, en la que participa como actor el mismísimo Gabriel
Fernández, cinco veces campeón mundial de la especialidad.
La venezolana Maroa
ha permitido apreciar las mismas virtudes y defectos del cine de
Solveig Hoogesteijn, holandesa residente en ese país. De nuevo una
historia interesante a partir de un entramado social que vuelve a
poner en evidencia las seculares diferencias sociales prevalecientes
en América Latina, a ratos bien contada esa historia y a ratos
dejando ver lagunas inherentes a la dramaturgia. Una trama de niños
de la calle representada por sus mismos protagonistas, pero no en
todos los casos ni bien seleccionados para sus papeles ni bien
dirigidos, algo que resalta principalmente cuando se han visto otros
filmes que con características similares sí se coronan en ese
rubro, y el ejemplo más recordable sería la colombiana La
vendedora de rosas.
Se aprecia que la
Hoogesteijn no quiere transitar los mismos caminos de dureza de los
filmes con argumentos similares y aunque su película y su niña de
11 años conmueven a ratos, la línea argumental tiene bastante de
cuento de Cenicienta forzado por el interés de complacer a una
audiencia que quiere realidades, pero no demasiado cruentas, algo
atendible siempre y cuando se haga con la necesaria solidez
creativa. Y es así que luego de un principio prometedor, la cinta
discurre por senderos previsibles y no poco dulzones. Mozart y la
música como reeducadores de niños extraviados, perfecto; pero la
intención social y humana sin quedar bien diluidas en el plano
artístico.
Monobloc es la
segunda película del argentino Luis Ortega y necesita de un
espectador con deseos de participar en un despliegue estético
alejado de un realismo "masticable". Interpretar su mundo
de símbolos no es tarea fácil, pero tampoco cargante. No hay duda
de que en esta película de mujeres hay un rico universo visual que
a ratos recuerda recursos teatrales mediante una poética que incita
a abrir puertas y desentrañarla, pero que a la vez se reitera en
algo sin aportar nada nuevo en sus insistencias. El uso del color en
los decorados desérticos recuerda viejas maneras europeas,
Antonioni, entre otros, pero funciona en una trama integrada por
tres mujeres en exclusivo: una madre enferma a la que constantemente
hay que cambiarle la sangre, una hija lisiada y prostituta y una
madrina que pareciera aportar las únicas sustancias a una vida
indecorosa. Filosofía y arte en una película a ratos densa y no
para todos los gustos, pero sí para ciertos gustos que saben
reconocer el esfuerzo de abordar mundos desde proposiciones
artísticas nada desdeñables.
Recomendaciones para
hoy: En la cama, de Matías Bize, en el Chaplin. La
existencia, sus trampas y aprendizajes a partir de una pareja de
jóvenes que se conocen y desde la horizontalidad del lecho abren
puertas y ventanas.
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